Durante años fue sencillo explicar por qué Rusia estaba fuera: dopaje de Estado, manipulación institucional, luego la invasión de Ucrania. Ahora ya no lo es tanto. La sanción por dopaje terminó en 2023, el COI ha empezado a abrir la puerta al regreso ruso y, sin embargo, World Athletics mantiene uno de los vetos más duros del deporte mundial.
La última batalla se libra en Lausana. La Federación Rusa de Atletismo ha vuelto al Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) para tratar de desmontar unas restricciones que van bastante más allá de impedir a un saltador o a una velocista ponerse un dorsal. Según Reuters, Rusia denuncia que sus representantes tampoco pueden intervenir con normalidad en los procesos de decisión de World Athletics ni participar en reuniones, votaciones, congresos de entrenadores, seminarios o programas internacionales de formación. La federación ya había recurrido en julio la decisión de prolongar el veto y ahora amplía el frente jurídico.
World Athletics no tiene intención de ceder. Su Consejo ratificó el pasado 3 de julio la exclusión de atletas rusos y bielorrusos, vigente desde marzo de 2022. Su presidente, Sebastian Coe, argumentó que no se había producido ningún movimiento tangible hacia unas negociaciones de paz y añadió otro elemento: mientras Rusia siga atacando Ucrania, las condiciones para los atletas ucranianos están lejos de ser normales. Instalaciones destruidas, carreras interrumpidas y deportistas obligados a entrenar fuera del país forman también parte del tablero.
La invasión rusa no necesita eufemismos. Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022 y el conflicto sigue abierto cuatro años después. Tampoco necesita Rusia una rehabilitación artificial de su historial deportivo: durante años sostuvo uno de los mayores sistemas de dopaje institucional conocidos, con el escándalo de Sochi 2014 como gran punto de ruptura. Pero precisamente por eso conviene distinguir las sanciones. Porque son distintas.

Mariya Lasitskene celebra el oro olímpico de salto de altura en Tokio. La rusa no ha vuelto a competir en un gran campeonato internacional desde la invasión de Ucrania
La sanción que sobrevivió a la sanción
Con Rusia existe, además, una confusión interesada que merece aclararse. Su atletismo arrastra un historial de dopaje institucional suficientemente grave como para no necesitar maquillaje. La federación rusa estuvo suspendida durante años por el enorme escándalo relacionado con su sistema antidopaje y las manipulaciones descubiertas después de Sochi 2014. Pero esa sanción y la actual no son la misma cosa.
En marzo de 2023, World Athletics levantó finalmente la suspensión de la Federación Rusa por su caso de dopaje. Al mismo tiempo decidió mantener fuera a rusos y bielorrusos por la invasión de Ucrania. El castigo deportivo había terminado; comenzaba —o continuaba— el castigo geopolítico. La propia federación internacional distingue ambas cuestiones.
Esto importa porque el paisaje ha cambiado. El COI, presidido ahora por Kirsty Coventry, levantó provisionalmente en julio la suspensión del Comité Olímpico Ruso. Como explicó El País, el organismo considera actualmente que “la participación de un deportista en competiciones internacionales no debería verse limitada por la implicación de su gobierno en una guerra o conflicto”. La recomendación abre la puerta a que Rusia vuelva con equipo, símbolos y bandera en Los Ángeles 2028, aunque cada federación internacional conserve capacidad de decisión.
El giro venía cocinándose desde antes. En mayo, al retirar las restricciones a Bielorrusia, el COI formuló un principio difícil de discutir sobre el papel: la participación de los deportistas no debería estar limitada por las actuaciones de sus gobiernos, incluida su implicación en una guerra o conflicto. La propia organización olímpica lo dejó por escrito.
No fue ese el criterio aplicado en París 2024. Allí los deportistas rusos y bielorrusos solo podían competir como Atletas Individuales Neutrales después de superar un procedimiento de elegibilidad que excluía, entre otros, a quienes hubieran apoyado públicamente la guerra o mantuvieran determinados vínculos con las fuerzas armadas. De los centenares de atletas que Rusia había enviado a ediciones anteriores, solo 15 rusos llegaron a competir en París. En Milán-Cortina 2026 el modelo neutral siguió vigente, aunque distintas federaciones ya habían empezado a recorrer caminos diferentes.
El mapa actual es, por tanto, difícil de explicar con una sola regla. La gimnasia ya ha readmitido a rusos y bielorrusos con bandera e himno, según recogió El País. El COI camina hacia la normalización. El movimiento paralímpico también ha ido levantando restricciones. El atletismo, en cambio, continúa considerando que la guerra justifica una exclusión absoluta.
Hasta aquí puede discutirse si Coe tiene razón o no. Lo verdaderamente difícil empieza cuando la norma deja de mirarse únicamente desde Moscú.
Hay guerras y hay guerras
Y aquí aparece el elefante con acreditación olímpica.
Israel ha seguido compitiendo internacionalmente mientras destruía Gaza. Sus equipos mantienen bandera, nombre y símbolos nacionales, y sus deportistas no han tenido que pasar por el filtro de “neutralidad” impuesto a rusos y bielorrusos. En septiembre de 2025, una Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio contra la población palestina de Gaza; Amnistía Internacional llegó también a esa conclusión.
El propio COI defendió públicamente la participación israelí. Y la diferencia de trato quedó todavía más clara durante los últimos Juegos de Invierno: Reuters contó en febrero que el COI reconoció que las normas destinadas a impedir competir a atletas que apoyasen activamente una guerra se aplicaban específicamente a rusos y bielorrusos. No a israelíes.

La contradicción es difícil de esquivar. Si un deportista israelí puede competir independientemente de las decisiones de su Gobierno, ¿por qué ese principio no debía aplicarse también a un ruso? La Associated Press recordaba en mayo que el propio COI sostiene ahora que los atletas no deberían ser limitados por la implicación de sus gobiernos en una guerra o conflicto, mientras sigue rechazando sanciones equivalentes contra Israel.
Y el problema no termina ahí. Estados Unidos y Reino Unido invadieron Irak sin que sus atletas tuvieran que competir como neutrales. Arabia Saudí intervino durante años en Yemen y hoy es uno de los grandes centros de gravedad del deporte mundial. Turquía mantiene presencia militar en Siria y tampoco ha visto a sus deportistas apartados por ello. Las guerras de determinadas potencias rara vez terminan convirtiendo a sus atletas en apátridas deportivos.
Se pueden buscar más ejemplos y la lista pronto resulta incómoda porque la historia de las grandes potencias está llena de guerras, ocupaciones e intervenciones que nunca provocaron una exclusión deportiva equivalente. Lo excepcional no es que el deporte haya convivido con ellas: lo excepcional fue la rapidez y profundidad con la que decidió que, en el caso ruso, sí debía convertirse en herramienta de castigo político.
Nada de esto hace menos grave la invasión de Ucrania. Rusia invadió un país soberano, ha utilizado el deporte como instrumento de poder y arrastra además un historial de dopaje de Estado que hace difícil presentarla como víctima inocente de cualquier conspiración internacional. Los deportistas ucranianos han perdido compañeros, instalaciones y carreras enteras por una guerra que ellos no comenzaron.
Pero precisamente por eso merece la pena separar las cosas. Se puede condenar la invasión rusa y preguntarse al mismo tiempo por qué el castigo deportivo depende tanto del pasaporte del agresor. Si representar a Israel no significa representar las decisiones de Netanyahu, representar a Estados Unidos no significó respaldar Irak y competir por Arabia Saudí no equivale a responder por Yemen, resulta difícil justificar que durante años cada atleta ruso tuviese que demostrar que no era Putin.
La cuestión no necesita mucha más filosofía. O los deportistas responden por sus gobiernos o no responden. Y si la respuesta cambia según el país, entonces estamos hablando menos de neutralidad deportiva que de geopolítica aplicada al medallero.
Los campeones que desaparecieron con la bandera
El veto tampoco ha sido una abstracción administrativa. Ha cortado carreras concretas en plena madurez y ha sacado del escenario internacional a deportistas que ya estaban entre los mejores del mundo. Mariya Lasitskene, campeona olímpica de salto de altura en Tokio y triple campeona mundial, desapareció de los grandes campeonatos después de haber pasado ya años compitiendo como neutral por el anterior escándalo de dopaje ruso. Anzhelika Sidorova, campeona mundial de pértiga en Doha 2019, plata olímpica en Tokio y una de las pocas mujeres que habían superado los 5,00 metros, quedó también fuera cuando atravesaba el mejor momento de su carrera. Lo mismo ocurrió con Sergey Shubenkov, campeón mundial de 110 metros vallas en 2015 y dueño de un registro de 12,92 segundos, récord ruso.
Fuera del atletismo, París 2024 dejó otros nombres de enorme peso. El doble campeón olímpico de lucha Abdulrashid Sadulaev y el campeón mundial Zaurbek Sidakov quedaron fuera de la lista de neutrales invitados por el COI; la federación rusa de lucha terminó renunciando a enviar a los deportistas que sí habían sido admitidos. En disciplinas como lucha, gimnasia, patinaje artístico o atletismo, la exclusión no supone únicamente perder una bandera: significa sacar temporalmente del circuito a escuelas deportivas que han ayudado a definir esas modalidades durante décadas.

Anzhelika Sidorova en pleno salto con pértiga.
Y ahí es donde los números necesitan nombres. La Unión Soviética acumuló 1.204 medallas olímpicas, 473 de oro, pese a competir durante un periodo mucho más corto que Estados Unidos y las grandes potencias europeas. Detrás de esas cifras estaban figuras como Larisa Latynina, con 18 medallas olímpicas y nueve oros, durante casi medio siglo la deportista más laureada de la historia de los Juegos; Nikolai Andrianov, con 15 medallas y siete oros; o Boris Shakhlin, Viktor Chukarin, Polina Astakhova y Aleksandr Dityatin, todos ellos símbolos de una gimnasia soviética que marcó una época.
La tradición continuó después de la desaparición de la URSS. Yelena Isinbayeva llevó el récord mundial de pértiga hasta los 5,06 metros; Rusia dominó durante años la gimnasia rítmica y siguió siendo una potencia central en lucha, patinaje, atletismo y deportes de invierno. No todo ese legado puede atribuirse exclusivamente a Rusia —la historia soviética pertenece también a Ucrania, Bielorrusia, Georgia, Armenia y otras antiguas repúblicas—, pero tampoco puede contarse la historia del deporte olímpico moderno sin ese espacio deportivo.
Por eso el daño competitivo no es puramente teórico. En lucha olímpica, por ejemplo, la URSS lideró el medallero en prácticamente todas las ediciones en las que participó desde 1952; incluso el Equipo Unificado de 1992 ganó 16 medallas y seis oros. En gimnasia artística, la Unión Soviética sigue figurando con 182 medallas olímpicas y 72 oros, una cifra que habla de algo más que una acumulación de podios: habla de una escuela, una metodología y una tradición contra la que se midieron varias generaciones de campeones.
Se puede borrar una bandera de la clasificación; borrar una tradición deportiva es bastante más difícil.
Un Mundial con un agujero en el podio
Ahí aparece la consecuencia que menos espacio ocupa en las discusiones diplomáticas: qué pierde el propio deporte cuando Rusia desaparece.
Rusia no es una potencia secundaria cuya ausencia apenas cambie una clasificación. En gimnasia, lucha, halterofilia, esgrima, patinaje artístico, natación sincronizada, atletismo o deportes de invierno, las escuelas soviética y rusa han construido algunas de las grandes rivalidades del deporte moderno. En el atletismo bajo techo hay ejemplos especialmente visibles: la propia World Athletics recordaba este año que Rusia sigue siendo una referencia histórica en varias pruebas de los Mundiales indoor.
Por eso un Europeo o un Mundial puede seguir siendo perfectamente válido sin Rusia, pero no siempre es exactamente el mismo campeonato.
Puede haber razones suficientemente graves para asumir ese coste. La guerra puede considerarse una de ellas. Lo que resulta más difícil es fingir que el coste no existe. Una competición de máximo nivel también se construye con los rivales capaces de derrotar al campeón, y cuando durante cuatro o cinco años desaparece una potencia histórica, la jerarquía deportiva se altera inevitablemente.
No significa que haya que recibir a Rusia mañana con bandera, himno y delegación completa. Entre la expulsión absoluta y la normalización total existe mucho terreno: atletas neutrales, controles antidopaje reforzados, exclusión individual de quienes tengan vinculación directa con el Ejército, restricciones a dirigentes políticos o procedimientos transparentes para valorar cada caso. El propio movimiento olímpico ha probado prácticamente todas esas fórmulas desde 2022.
El recurso ruso ante el TAS obligará ahora a discutir hasta dónde puede llegar World Athletics en dirección contraria al resto del sistema olímpico. Y probablemente esa sea la cuestión más interesante del caso. No si Rusia es buena o mala, ni si la guerra debe olvidarse porque hayan pasado cuatro años, sino qué norma pretende aplicar el deporte cuando decide quién merece competir.
Porque si el principio es que un atleta no debe pagar por las guerras de su Gobierno, habrá que aplicárselo también al ruso. Si los Estados que vulneran gravemente el derecho internacional deben sufrir aislamiento deportivo, habrá que explicar por qué la medida no alcanza de la misma manera a Israel y por qué nunca alcanzó a otras grandes potencias.
Y si cada guerra termina recibiendo una respuesta diferente dependiendo de los aliados, los intereses y el momento político, quizá tampoco pase nada por admitirlo.
El deporte lleva décadas asegurando que está por encima de la política. La realidad es bastante menos solemne: no está por encima de ella; selecciona qué política entra por la puerta y cuál se queda fuera. Rusia lleva cuatro años descubriéndolo desde el otro lado de la valla.
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