Hay pocos dirigentes que resulten tan incómodos para Occidente y, al mismo tiempo, tan imprescindibles para sus intereses como Recep Tayyip Erdogan. La cumbre de la OTAN celebrada en Ankara vuelve a situar al presidente turco en el centro de una fotografía que resume como pocas el nuevo equilibrio geopolítico. Europa necesita a Turquía para contener la presión rusa sobre el mar Negro, gestionar los flujos migratorios y mantener abierta una vía de interlocución con un Oriente Próximo en permanente combustión. Estados Unidos tampoco puede permitirse prescindir de un aliado que controla el acceso al mar Negro y dispone del segundo mayor ejército de la Alianza Atlántica. Erdoğan lo sabe y juega sus cartas con una habilidad que ha perfeccionado durante más de dos décadas en el poder.

El contexto internacional le ofrece, además, una oportunidad política difícilmente mejorable. Mientras el Gobierno de Benjamin Netanyahu atraviesa uno de los momentos de mayor aislamiento diplomático por la devastación provocada por la guerra en Gaza, el presidente turco ha encontrado el escenario perfecto para reinventarse. Ya no quiere ser únicamente el hombre fuerte de Turquía. Aspira a convertirse en el dirigente que habla en nombre de un mundo musulmán que considera insuficiente la respuesta de las grandes potencias ante el sufrimiento palestino.

No es una transformación improvisada. Erdogan lleva años cultivando la imagen de una Turquía llamada a recuperar parte de la influencia que ejerció el antiguo Imperio otomano sobre Oriente Próximo. Sin embargo, pocas crisis le habían brindado una plataforma tan poderosa como la guerra de Gaza. Sus acusaciones contra Israel, sus durísimos discursos contra Netanyahu y sus referencias constantes al genocidio contra la población palestina han reforzado su perfil internacional y le han permitido ocupar un espacio que otros líderes de la región han preferido abordar con mucha más prudencia.

Sin embargo, cuanto mayor es la autoridad moral que intenta proyectar hacia el exterior, más visibles resultan las contradicciones que arrastra dentro de sus propias fronteras.

La batalla por liderar el mundo musulmán

Reducir la posición de Erdogan sobre Palestina a una cuestión de solidaridad sería quedarse solo en la superficie. Detrás de cada intervención pública existe una estrategia mucho más ambiciosa: convertir a Turquía en la referencia política del islam suní y en el principal portavoz de la indignación que la guerra de Gaza ha despertado en buena parte del mundo árabe y musulmán.

La competición es mucho más silenciosa de lo que aparenta, pero también mucho más intensa. Arabia Saudí sigue siendo la gran potencia económica de la región y custodia los principales lugares santos del islam, lo que le otorga una autoridad religiosa indiscutible. Egipto conserva un peso diplomático esencial gracias a su frontera con Gaza y a su papel histórico como mediador en el conflicto palestino-israelí. Catar, por su parte, ha construido una influencia desproporcionada para su tamaño gracias a su capacidad para hablar con todos los actores, desde Washington hasta Hamás.

Turquía ha optado por otra vía. Mientras Riad negocia, El Cairo administra equilibrios y Doha media entre enemigos irreconciliables, Ankara ha decidido convertir la confrontación política en su principal instrumento de influencia. Erdogan no quiere ser recordado como el intermediario de una tregua. Quiere ser el dirigente que levanta la voz cuando otros callan. Esa diferencia explica buena parte de su creciente popularidad en amplios sectores del mundo musulmán y también la enorme incomodidad que provoca en numerosas cancillerías occidentales.

La guerra de Gaza le ha permitido construir un relato en el que Turquía aparece como heredera de un liderazgo regional que, durante décadas, parecía definitivamente perdido. En ese relato, Netanyahu desempeña un papel esencial. No solo como adversario político, sino como el antagonista perfecto que hace posible la construcción del propio personaje.

El enemigo perfecto

Resulta paradójico, pero Netanyahu le ha ofrecido a Erdogan una oportunidad que pocos dirigentes habrían desaprovechado. Cuanto mayor ha sido el descrédito internacional del primer ministro israelí, mayor ha sido el margen del presidente turco para presentarse como la alternativa moral frente a la ofensiva sobre Gaza.

No significa que ambos representen modelos políticos opuestos. De hecho, comparten algunos rasgos que ayudan a explicar su longevidad. Los dos han construido buena parte de su liderazgo sobre un fuerte discurso nacionalista, apelan con frecuencia a amenazas existenciales, convierten la seguridad en el eje de la acción política y mantienen una relación cada vez más tensa con los contrapoderes institucionales y los medios de comunicación críticos.

La diferencia reside en el papel que cada uno desempeña ante la opinión pública internacional. Mientras Netanyahu intenta convencer al mundo de que Israel libra una guerra por su supervivencia, Erdoğan pretende presentarse como el dirigente que denuncia las consecuencias humanitarias de ese conflicto sin las reservas que, a su juicio, muestran otros líderes occidentales y árabes.

Ese discurso le ha permitido proyectarse como una referencia para millones de musulmanes, pero también ha servido para reforzar su posición dentro de Turquía. La política exterior y la política doméstica nunca han estado separadas en el universo político de Erdogan.

El otro Erdogan

Cada vez que el presidente turco endurece el tono contra Israel consigue desplazar, al menos parcialmente, el foco del debate nacional. Turquía continúa lidiando con una economía castigada por una inflación persistente, una pérdida continuada del poder adquisitivo y un creciente malestar social. A ello se suma una preocupación cada vez mayor por el deterioro de la calidad democrática del país.

Turquía cerró 2023 con una inflación anual del 64,8%, según los datos oficiales del Instituto Turco de Estadística, y en 2024 llegó a superar el 75% en términos interanuales. Aunque el Gobierno ha intentado reconducir la situación con subidas de tipos y un giro hacia políticas económicas más ortodoxas, el coste de la vida sigue siendo uno de los grandes puntos débiles del erdoganismo. El encarecimiento de la vivienda, los alimentos y la energía ha golpeado especialmente a las clases medias urbanas, precisamente aquellas que en los últimos años han reforzado el voto opositor en ciudades como Estambul, Ankara o Esmirna.

A ese desgaste económico se suma el frente político. Tras el intento de golpe de Estado de julio de 2016, Erdogan impulsó una amplia purga contra funcionarios, militares, jueces, profesores, periodistas y opositores acusados de vínculos con la red de Fethullah Gülen. Decenas de miles de personas fueron detenidas o apartadas de sus puestos, y el estado de emergencia permitió al Ejecutivo gobernar durante meses con poderes extraordinarios. La posterior reforma constitucional de 2017 transformó Turquía en un sistema presidencialista que concentró en el jefe del Estado competencias antes repartidas entre el Gobierno y el Parlamento.

El deterioro democrático también se ha medido en las urnas y en los tribunales. En las municipales de 2019, la oposición arrebató a Erdogan las alcaldías de Estambul y Ankara, dos símbolos fundamentales de su poder. La victoria de Ekrem İmamoğlu en Estambul fue especialmente dolorosa: Erdogan había sido alcalde de esa ciudad en los años noventa y siempre ha entendido que quien controla Estambul controla buena parte del futuro político de Turquía. Desde entonces, İmamoğlu se ha convertido en uno de sus principales rivales, sometido a procesos judiciales que sus seguidores interpretan como un intento de apartarlo de la carrera presidencial.

Porque Gaza también funciona como un poderoso recurso de política interna. Cuanto más ocupa el conflicto palestino los titulares internacionales, menos espacio queda para hablar de la inflación, del desgaste institucional o del retroceso de las libertades en Turquía.

Armenia, la memoria que divide a Turquía

Pero existe una contradicción todavía más profunda que atraviesa toda la construcción política de Erdogan. Es la que aparece cada vez que pronuncia la palabra genocidio.

Desde el inicio de la guerra de Gaza, el presidente turco ha acusado reiteradamente a Israel de cometer un genocidio contra la población palestina y ha convertido esa expresión en el eje de su ofensiva diplomática. Sin embargo, el Estado que dirige mantiene una posición oficial diametralmente opuesta cuando el foco se desplaza hacia uno de los episodios más traumáticos de la historia contemporánea: las deportaciones y matanzas masivas de armenios perpetradas entre 1915 y 1917 por el Imperio otomano.

La inmensa mayoría de los especialistas considera aquellos hechos el primer genocidio del siglo XX. Las estimaciones sitúan el número de víctimas entre 800.000 y 1,5 millones de personas, fallecidas durante las deportaciones forzosas, las marchas por el desierto sirio, las ejecuciones y las hambrunas provocadas por la política de expulsión diseñada por las autoridades otomanas. Más de una treintena de países, el Parlamento Europeo y numerosas instituciones internacionales reconocen oficialmente aquellos acontecimientos como un genocidio.

Turquía, sin embargo, mantiene desde hace décadas una posición de rechazo frontal a esa definición. Las autoridades turcas admiten la existencia de matanzas y sufrimiento durante la Primera Guerra Mundial, pero sostienen que no existió un plan sistemático de exterminio contra la población armenia y rechazan la utilización del término genocidio.

Erdogan ha sido uno de los principales defensores de esa posición. En 2008 afirmó que "no cometimos un crimen, por lo que no tenemos que pedir perdón", mientras que años después calificó de "infundadas" las resoluciones internacionales que reconocían el genocidio armenio. Más recientemente volvió a insistir en que la historia de Turquía está "libre de genocidios", reafirmando una línea política que constituye uno de los grandes consensos del nacionalismo turco.

La contradicción no termina ahí. La política de Ankara en el Cáucaso ha reforzado esa lectura de la historia. Durante la guerra de Nagorno Karabaj en 2020, Turquía ofreció un apoyo político, militar y tecnológico decisivo a Azerbaiyán, suministrando drones Bayraktar TB2, asesoramiento militar y respaldo diplomático a Bakú en su ofensiva contra las fuerzas armenias. Ese alineamiento se mantuvo en la operación relámpago de septiembre de 2023 que permitió a Azerbaiyán recuperar el control total del enclave y provocó el éxodo de más de 100.000 armenios, prácticamente toda la población del territorio, que huyó hacia Armenia ante el temor a represalias y a la desaparición de su comunidad histórica.

Para Erdoğan, la alianza con Azerbaiyán responde a razones estratégicas, energéticas y culturales. Ambos países resumen esa relación en una expresión convertida en lema político: "Una nación, dos Estados". Turquía considera a Azerbaiyán un socio esencial para su influencia en el Cáucaso, el acceso a corredores energéticos hacia Asia Central y la consolidación de un espacio de cooperación entre pueblos de origen túrquico. Sin embargo, esa cercanía también ha alimentado las críticas de quienes consideran que Ankara aplica un doble rasero cuando habla de derechos humanos y de protección de las minorías.

Ahí reside probablemente la mayor grieta del relato construido por Erdoğan. El dirigente que exige memoria, justicia y responsabilidades internacionales para las víctimas palestinas continúa defendiendo la posición oficial de un Estado que niega el genocidio armenio y respalda sin fisuras al principal adversario de Armenia en el Cáucaso. No se trata de establecer una equivalencia entre conflictos distintos, sino de constatar una paradoja política: la autoridad moral con la que Turquía pretende erigirse en juez de la tragedia de Gaza encuentra un límite evidente cuando la conversación gira hacia su propia historia y hacia las alianzas que hoy sigue cultivando.

Cuando termine la cumbre de la OTAN y desaparezcan las fotografías de familia, Erdoğan seguirá ocupando ese lugar ambiguo que ha convertido en una de sus mayores fortalezas políticas. Para Occidente continuará siendo un aliado incómodo, pero indispensable. Para buena parte del mundo musulmán seguirá siendo el dirigente que con mayor contundencia desafía a Israel. Y para sus detractores continuará representando la paradoja de un líder que ha construido buena parte de su proyección internacional denunciando las heridas de otros mientras su propio país sigue sin reconciliarse plenamente con algunas de las más profundas de su historia.

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