Las negociacions entre Estados Unidos e Irán no se están jugando solo en una mesa diplomática. Se juegan también en los bancos, en las rutas petroleras, en las bases militares del Golfo y en los despachos de Israel. El posible acuerdo tiene una fórmula tan simple como explosiva: fondos congelados para Teherán a cambio de garantías en el estrecho de Ormuz. Pero detrás de ese intercambio hay una partida mucho más amplia, con Donald Trump tratando de vender una victoria, Irán buscando oxígeno económico e Israel presionando para que cualquier concesión no refuerce a su principal enemigo regional.

El punto de partida es claro. Irán reclama acceso a activos bloqueados en el extranjero, con especial atención a los fondos retenidos en Qatar. Iran International ha cifrado esa exigencia en 12.000 millones de dólares y la presenta como una condición de Teherán para avanzar en un memorando con Washington. Para el régimen iraní, no se trata solo de dinero: es la prueba tangible de que negociar con EEUU sirve para aliviar sanciones, recuperar recursos y resistir sin aparecer derrotado ante su propia población.

Washington, en cambio, necesita otra cosa: que Irán garantice la navegación en Ormuz. Por ese estrecho pasa una parte esencial del comercio energético mundial y su cierre ha elevado el riesgo de una crisis global de precios. Reuters ha informado de que una de las fórmulas sobre la mesa contempla que Irán reabra Ormuz unos 30 días después de un eventual acuerdo de paz y retire minas navales durante ese periodo para permitir el paso seguro de los buques.

Qatar, mediador y caja fuerte

Qatar ocupa una posición clave porque combina dos papeles: mediador político y pieza financiera. Doha puede facilitar el canal de conversación entre Washington y Teherán, pero también aparece como el lugar donde se encuentran algunos de los fondos que Irán reclama. Esa doble condición le permite actuar como intermediario de una fórmula que evite una transferencia directa políticamente tóxica para EEUU, pero que dé a Teherán acceso suficiente al dinero como para seguir negociando.

La arquitectura del pacto tiene que resolver una pregunta central: quién mueve ficha primero. Si Estados Unidos desbloquea fondos antes de que Ormuz quede despejado, Trump quedará expuesto a la acusación de haber pagado por una promesa iraní. Si Irán retira minas y normaliza el tráfico marítimo antes de tocar el dinero, Teherán habrá entregado su principal carta de presión sin una compensación inmediata. Ahí está el nudo de la negociación.

Por eso las conversaciones parecen avanzar por fases. Primero, una prórroga del alto el fuego. Después, la reapertura de Ormuz y algún mecanismo de acceso controlado a fondos iraníes. Más adelante, el asunto más difícil: el programa nuclear. 

Trump y Netanyahu, dos calendarios distintos

El factor más imprevisible sigue siendo Donald Trump. El presidente estadounidense necesita presentar el pacto como una victoria de su presión militar y negociadora, no como una concesión. Ha alternado mensajes de optimismo con amenazas de nuevos ataques si las conversaciones fracasan, una ambivalencia que forma parte de su estilo negociador pero que también complica la confianza mínima que exige cualquier acuerdo.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha admitido que el entendimiento podría tardar todavía unos días, mientras EEUU mantiene operaciones militares que define como defensivas. Reuters informó de nuevos ataques estadounidenses en el sur de Irán al mismo tiempo que continuaban las gestiones diplomáticas, lo que resume la paradoja actual: Washington negocia mientras bombardea.

Para Trump, el equilibrio es especialmente delicado porque la negociación llega con las midterms en el horizonte y con los republicanos obligados a defender su control político en un clima de alta polarización. Si logra reabrir Ormuz y arrancar compromisos sobre el programa nuclear iraní, podrá presentarse ante su electorado como el presidente que doblegó a Teherán desde una posición de fuerza. Pero si el acuerdo se percibe como un desbloqueo de miles de millones sin concesiones verificables, los halcones republicanos, la oposición demócrata y sus aliados regionales lo leerán como una cesión peligrosa.

Israel presiona desde fuera de la mesa

Israel no está en el centro formal de la negociación, pero sí condiciona sus límites. El Gobierno de Benjamín Netanyahu ve con desconfianza cualquier pacto que alivie la presión económica sobre Irán sin desmantelar de forma clara sus capacidades militares y nucleares. Para Tel Aviv, el riesgo no es solo que Teherán recupere dinero, sino que utilice ese margen para reconstruir influencia regional, sostener a sus aliados y ganar tiempo en el frente nuclear.

The Guardian ha informado de que Irán atribuye parte de las dificultades de la negociación a las posiciones cambiantes de EEUU y a la interferencia israelí, mientras que la cuestión de los 12.000 millones de dólares en activos congelados sigue siendo uno de los puntos más controvertidos en Washington.

La presión israelí tiene una lógica estratégica. Si Trump firma un acuerdo limitado —Ormuz, fondos y alto el fuego— pero deja para más adelante el núcleo nuclear, Netanyahu podrá denunciar que Washington está aplazando el problema de fondo. Y esa crítica pesa: Israel conserva capacidad de influencia sobre sectores del Congreso estadounidense, sobre el Partido Republicano y sobre la opinión pública conservadora que Trump necesita mantener movilizada.

Una partida regional mucho más amplia

La capa geopolítica va más allá de EEUU, Irán e Israel. Las monarquías del Golfo quieren que Ormuz vuelva a la normalidad porque su estabilidad económica depende de que el petróleo y el gas salgan sin sobresaltos. Qatar y Omán aspiran a consolidarse como mediadores imprescindibles. Arabia Saudí observa con una mezcla de alivio y recelo: necesita estabilidad energética, pero no quiere que Irán salga reforzado de la crisis.

China también aparece de fondo. Como gran comprador de energía del Golfo, tiene interés en que Ormuz permanezca abierto y en que la región no entre en una espiral que encarezca sus suministros. Rusia, por su parte, puede beneficiarse de la tensión energética, pero tampoco quiere una guerra regional que reduzca su margen diplomático o empuje a Teherán a aceptar condiciones diseñadas por Washington.

Europa mira el conflicto desde otra vulnerabilidad: la inflación energética. Una escalada en Ormuz puede encarecer petróleo, gas y transporte marítimo en un momento en el que muchas economías siguen expuestas a los vaivenes del mercado global. Por eso, aunque la negociación sea bilateral en apariencia, sus efectos se reparten por todo el tablero internacional.

El precio de la desescalada

La dificultad del acuerdo es que todos necesitan algo, pero nadie puede parecer débil. Irán necesita liquidez. EEUU necesita Ormuz. Israel necesita garantías contra Teherán. Qatar necesita que la mediación funcione. El Golfo necesita estabilidad. Y Trump necesita una foto de victoria, no una factura política.

Ese es el verdadero fondo de la negociación. Los fondos congelados no son un detalle técnico, sino el instrumento que puede hacer viable la desescalada o hacerla saltar por los aires. Si el dinero se libera sin controles, Washington perderá margen político. Si no se libera, Irán tendrá pocos incentivos para ceder en Ormuz. Si Israel considera que el pacto fortalece a Teherán, aumentará la presión para endurecerlo o bloquearlo.

El acuerdo, si llega, será menos una paz que una tregua comprada a plazos. Un intercambio de necesidades inmediatas: dinero por navegación, alivio por contención, tiempo por garantías. La pregunta es si esa fórmula basta para apagar la crisis o si simplemente congela el conflicto hasta la próxima explosión.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora