Benjamin Netanyahu ha puesto fecha a una idea que hasta hace no tanto habría sonado impensable: Israel debe dejar de depender de la ayuda militar de Estados Unidos. El primer ministro israelí afirmó este domingo, en una entrevista en el programa 60 Minutes de la cadena CBS, que quiere “reducir a cero” el componente financiero de la cooperación militar con Washington durante la próxima década. La cifra no es menor: Israel recibe cada año 3.800 millones de dólares de Estados Unidos, una ayuda que durante décadas ha simbolizado la solidez de una alianza estratégica casi intocable.
Netanyahu presentó la propuesta como una cuestión de soberanía nacional. A su juicio, ha llegado el momento de que Israel deje de depender económicamente de su principal aliado. El proceso, dijo, debería desarrollarse a lo largo de los próximos diez años, aunque también añadió que podría avanzar “muy rápido”. La frase busca transmitir fortaleza: un país militarmente poderoso, tecnológicamente avanzado y capaz de sostener por sí mismo su defensa. Pero el contexto en el que llega el anuncio obliga a una lectura menos épica y más política.
Israel no solo quiere parecer más independiente. También parece prepararse para un escenario en el que la ayuda estadounidense sea cada vez más difícil de justificar en Washington. El dato que sobrevuela la entrevista es contundente: según una encuesta del Pew Research Center citada durante la conversación, el 60% de los adultos estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel. La guerra en Gaza y Líbano ha erosionado la imagen del país ante una parte creciente de la sociedad estadounidense, y esa caída de apoyo empieza a transformar la ayuda militar en algo más que una partida presupuestaria: la convierte en un problema político.
Los 3.800 millones que ya no compran consenso
Durante décadas, el respaldo a Israel fue uno de los grandes consensos de la política exterior estadounidense. Republicanos y demócratas podían discrepar en impuestos, inmigración, sanidad o guerras concretas, pero la alianza con Israel permanecía blindada. La ayuda militar anual formaba parte de ese consenso. Era presentada como una inversión estratégica, una garantía de seguridad para el principal aliado de Washington en Oriente Medio y un pilar de la arquitectura regional de poder.
Ese marco empieza a resquebrajarse. No necesariamente en los despachos del poder, donde Israel mantiene fuertes apoyos, sino en la opinión pública. Y en democracia, tarde o temprano, la opinión pública acaba presionando a los despachos. Si una mayoría de adultos estadounidenses mira a Israel con desconfianza, el envío anual de miles de millones de dólares en ayuda militar puede dejar de ser un asunto técnico para convertirse en una pregunta incómoda: ¿por qué debe financiar el contribuyente estadounidense a un Gobierno cuya actuación rechaza una parte creciente del país?
Netanyahu parece haber leído ese cambio de clima. Su anuncio puede interpretarse como una maniobra preventiva: mejor presentar la reducción de la ayuda como una decisión soberana de Israel que esperar a que el debate se imponga desde Estados Unidos. En otras palabras, mejor decir “nos vamos” antes de que alguien empiece a discutir si conviene seguir pagando la factura.
La paradoja es evidente. Israel plantea dejar de depender de Washington justo cuando más necesita defender su legitimidad ante la sociedad estadounidense. La guerra en Gaza, la reactivación de las hostilidades en Líbano y el elevado número de víctimas civiles han deteriorado una imagen que durante años contó con un blindaje político y mediático considerable en Occidente. Netanyahu no ignora esa erosión; la combate cambiando el encuadre. Donde otros ven pérdida de apoyo, él habla de propaganda. Donde otros ven rechazo por la devastación de la guerra, él señala a las redes sociales.
El “octavo frente” de Netanyahu
En la misma entrevista, el primer ministro israelí definió las redes sociales como el “octavo frente de guerra”. No es una frase menor. Netanyahu no se limitó a lamentar el deterioro del apoyo a Israel en Estados Unidos; lo vinculó casi por completo al crecimiento de las plataformas digitales y a la supuesta manipulación de varios países. Según su relato, Israel no solo combate en Gaza, Líbano o frente a sus enemigos regionales. También libra una guerra por la percepción pública, una batalla propagandística en la que admite que su Gobierno no ha sido eficaz.
La explicación tiene utilidad política. Si el rechazo a Israel procede de una guerra comunicativa, entonces el problema no es la actuación militar israelí, sino la forma en que esa actuación es contada. Si las redes son el frente decisivo, entonces las imágenes de destrucción, los balances de muertos y las denuncias internacionales quedan desplazadas por la acusación de manipulación. Netanyahu traslada así el centro de gravedad: de los hechos sobre el terreno al relato sobre los hechos.
Pero esa estrategia tiene límites. El propio texto de la entrevista recoge que, de acuerdo con las autoridades de Gaza, alrededor de 850 palestinos han muerto por ataques israelíes contra el enclave pese al alto el fuego en vigor desde octubre de 2025. En Líbano, el Ministerio de Salud cifra en 2.846 los muertos y 8.693 los heridos desde la reactivación de los bombardeos israelíes el pasado 2 de marzo. Netanyahu sostiene que Israel ha hecho “todo lo humanamente posible” para proteger a civiles, mediante mensajes de texto, llamadas telefónicas, folletos y panfletos. Pero el coste humano de la guerra sigue siendo el factor que más pesa sobre la percepción internacional.
Ahí está el nudo político. Netanyahu puede culpar a las redes sociales, a la propaganda extranjera o a una campaña coordinada contra Israel. Sin embargo, la pérdida de apoyo no se explica solo por TikTok, X o Instagram. Se explica también por la acumulación de imágenes, cifras y testimonios que han hecho visible el impacto de la ofensiva israelí. La novedad no es que haya propaganda en una guerra; la novedad es que el relato oficial de Israel ya no circula sin oposición en la sociedad estadounidense.
No significa que la alianza vaya a romperse. Estados Unidos e Israel comparten intereses estratégicos, vínculos militares, cooperación tecnológica y una relación política profundamente arraigada. Pero sí significa que el viejo automatismo empieza a sufrir desgaste. Israel sigue siendo un aliado central para Washington, aunque ya no es un aliado incuestionable para una parte creciente de los ciudadanos estadounidenses.
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