Estoy de baja. Es la frase punky de la semana. La vecina del quinto diagnostica desde la terraza mientras tiende la ropa, el cuñado aprovecha la sobremesa de la barbacoa para explicar lo que él habría hecho en lugar del traumatólogo y siempre aparece ese señor que lleva tres cuartos de hora apoyado en la barra del bar con una cerveza caliente que, sin haber abierto un libro de anatomía en su vida, parece saber más que el oncólogo, el psiquiatra y el médico de cabecera juntos.

Siempre hay alguien dispuesto a preguntar si "eso es para tanto", será que una depresión o el dolor de una hernia pudieran medirse con un metro. Feijóo ha decidido situar las bajas laborales en el centro del debate calificándolas como "un cáncer" para la economía - la metáfora, desde luego, no destaca precisamente por su delicadeza y ternura -. El mensaje, aunque se disfrace de frívola preocupación económica, acaba siendo el de siempre, el trabajador enfermo deja de ser una persona para convertirse en un gasto. Qué curiosa manera de defender la dignidad del trabajo, el trabajador, la persona, solo merece respeto o algo que se le parece, mientras siga produciendo.

Es increíble que nunca parece haber urgencia, en el sentido literal, cuando el problema está en otro sitio. Si alguien espera seis meses para una operación porque la sanidad pública está colapsada, el debate de la derecha rara vez gira alrededor de las listas de espera. Si conseguir cita con un especialista requiere que seas paciente en todos los sentidos de la palabra, tampoco parece que ahí esté el verdadero escándalo. Y cuando las bajas relacionadas con la salud mental aumentan porque vivimos en una sociedad cada vez más precaria, más ansiosa y más agotada, la conversación tampoco se dirige hacia las causas. Resulta infinitamente más cómodo culpar al trabajador que preguntarse por qué la derecha deteriora el sistema sanitario, entre otras cosas, mientras fingimos sorprendernos de que cada vez funcione peor.

Por eso la derecha no habla de la espera ni de la falta de recursos. Habla de absentismo, nada que ver con la absenta que os conozco. Una palabra muy útil porque consigue que dejemos de imaginar a una persona con un diagnóstico para empezar a visualizar a un supuesto caradura que ha descubierto el truco definitivo para vivir sin trabajar. Mira justo lo que hacen los de arriba. Es el mismo mecanismo con el que nos han hablan de "paguitas", repiten tantas veces que el sistema está lleno de aprovechados que al final un trabajador que apenas llega a fin de mes termina mirando con más desconfianza a quien cobra una prestación de 500 euros que a quien esconde millones en un paraíso fiscal.

Éxito absoluto del relato de la derecha. El jubilado que cobra una pensión pública indignado con las ayudas públicas. El trabajador que lleva cuatro horas esperando en Urgencias culpando al enfermo que está de baja en lugar de preguntarse por qué faltan médicos. El que no puede pagar el alquiler enfadado con quien recibe una prestación antes que con el fondo de inversión que ha comprado medio barrio. O ese héroe nacional que presume de no haber cogido una baja en treinta años, como si presentarse a trabajar con fiebre, dolores o ansiedad fuera una hazaña digna de una medalla al mérito civil y no el síntoma bastante preocupante de la enfermad real de todo esto, conseguir que el foco siempre apunte hacia quien menos capacidad tiene para defenderse y sanarse. El problema siempre termina siendo (de) quien tiene una nómina, una prestación o un parte médico, nunca los que se sientan en un consejo de administración. Primero fueron las "paguitas", esta semana las bajas y mañana ya encontrarán cualquier otro derecho al que poner en cuestión para que discutamos entre nosotros mientras quienes concentran la riqueza gracias a nuestro trabajo siguen observando el espectáculo desde el palco. Y hay que reconocerles el mérito.

Por eso me resulta especialmente peligroso escuchar discursos que presentan una baja laboral como si fuera una especie de premio con cargo al bolsillo de los demás. Una baja nunca ha sido un privilegio, es un derecho que llega acompañado de dolor, de incertidumbre y, en demasiadas ocasiones, del miedo a que la recuperación no sea tan sencilla como uno esperaba. Todos estamos convencidos de que el cáncer, un infarto, una depresión o una operación complicada siempre les ocurren a otros, hasta que un día el médico pronuncia nuestro nombre y descubrimos que nadie está vacunado para ser inmortal.

Así que convendría recordar antes de convertir al enfermo en el enemigo público de la semana, que una baja laboral no consiste en bajarse del trabajo por capricho adolescente, es intentar recuperar la salud, con garantías y dignidad, para poder volver a él en condiciones. Lo chungo es que haya quien sea capaz de ver antes un coste económico en una persona enferma que un derecho laboral en un trabajador. La productividad, parece que solo deja de importar cuando uno se muere, momento en el que, por fin, ya no hace falta justificar la ausencia, renovar el parte médico ni soportar que alguien insinúe que igual estabas exagerando. Ahí sí. Ahí ya te conceden todos los días libres que necesites.

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