Estados Unidos ha lanzado una nueva oleada de ataques contra Irán en respuesta a las agresiones atribuidas a Teherán contra tres buques comerciales que transitaban por el estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más sensibles para el comercio energético mundial. El Comando Central estadounidense, CENTCOM, ha informado de que sus fuerzas golpearon más de 80 objetivos con munición de precisión, incluidos sistemas de defensa aérea, radares costeros, centros de mando y embarcaciones vinculadas a la Guardia Revolucionaria iraní.

La ofensiva supone un nuevo salto en la tensión entre Washington y Teherán y amenaza con hacer saltar por los aires el frágil alto el fuego alcanzado en las últimas semanas. Según la versión estadounidense, la operación buscaba “degradar” la capacidad de Irán para atacar el tráfico comercial en Ormuz. Irán, por su parte, ha denunciado una agresión directa y ha acusado a Estados Unidos de violar los compromisos asumidos en el marco del acuerdo provisional.

Ormuz vuelve a ser el epicentro de la crisis

El detonante inmediato de la ofensiva ha sido el ataque contra tres embarcaciones comerciales en la zona del estrecho, una vía estratégica por la que circula una parte sustancial del petróleo y del gas mundial. Washington responsabiliza directamente a Irán de esas acciones y sostiene que los ataques contra buques civiles representan una amenaza para la seguridad internacional.

La respuesta estadounidense no se ha limitado al plano militar. La Administración ha revocado también una licencia temporal que permitía a Irán vender petróleo en determinadas condiciones, endureciendo de nuevo el cerco económico sobre Teherán. La decisión añade presión a una economía iraní ya golpeada por años de sanciones y complica aún más cualquier intento de mantener abiertas las negociaciones diplomáticas.

La escalada ha tenido además una lectura regional inmediata. Qatar ha señalado a Irán por el ataque contra un buque gasero, mientras varios países del Golfo observan con preocupación el deterioro de la seguridad marítima. El riesgo es evidente: cualquier interrupción sostenida en Ormuz puede trasladarse rápidamente a los precios de la energía y a la estabilidad de los mercados internacionales.

Un alto el fuego cada vez más frágil

Teherán ha respondido con dureza al ataque estadounidense y ha advertido de que se reserva el derecho a contestar. Medios internacionales apuntan a nuevos movimientos militares iraníes contra posiciones estadounidenses en países del Golfo, una dinámica que eleva el riesgo de una confrontación directa más amplia.

El momento elegido para los bombardeos añade además una fuerte carga política. Los ataques se producen en pleno periodo de duelo por la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, lo que ha aumentado la indignación en la República Islámica y puede reforzar a los sectores más duros del régimen, partidarios de abandonar cualquier negociación con Washington.

La Administración estadounidense insiste en que su objetivo no es romper el proceso diplomático, sino responder a lo que considera una violación iraní del alto el fuego. Sin embargo, la combinación de bombardeos, sanciones petroleras y amenazas cruzadas sitúa las conversaciones en su punto más delicado.

El conflicto vuelve así a una fase de máxima incertidumbre. Estados Unidos intenta presentar sus ataques como una acción defensiva para proteger el comercio internacional, mientras Irán los exhibe como una prueba de que Washington no busca la paz, sino imponer sus condiciones por la fuerza. En medio quedan los países del Golfo, el mercado energético y una comunidad internacional que teme que Ormuz vuelva a convertirse en la chispa de una crisis de consecuencias imprevisibles.

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