No ha transcurrido ni un mes desde la final del Mundial de fútbol y parece que haya pasado una eternidad. Por el camino, han tenido lugar los virulentos incendios de Madrid y Castilla y León, la más que polémica compra del ático de Chamberí por parte del Gobierno regional de Isabel Díaz Ayuso, y lo que seguramente será la noticia más importante del verano: la crisis humanitaria y geopolítica en Ceuta y su repercusión nacional, social e internacional. No deja de ser curioso que este último acontecimiento, sumado a la creciente falta de credibilidad y reputación de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y a las continuas injerencias de Trump, haya provocado que se hable más del Mundial que acogerán España, Portugal y Marruecos en 2030 que de la edición que se ha celebrado este año.

Soy consciente de que el lector que lea estas líneas puede estar pensando que el Mundial de este año ya es agua pasada y que ahora la actualidad viene marcada por cuestiones que afectan mucho más a la realidad presente. Es probable que sea así, pero pienso que el hecho de que esta competición haya dejado de estar en el foco mediático permite analizar las cosas con un poco más de serenidad. Vivimos en una época en la que casi no tenemos tiempo para hacer una buena digestión informativa de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y a menudo, aún menos para hacer un análisis reposado.

Por eso, el objetivo de estas líneas es compartir tres apuntes del Mundial de este año. En este sentido, soy de los que piensa que aquello que permanecerá en el imaginario colectivo, aparte del levantamiento del título por parte de España y del papel de la selección del país de cada uno, son las imágenes o anécdotas que perduran a lo largo del tiempo. Unas imágenes y unas anécdotas que actualmente son una síntesis del creciente autoritarismo político, de las contradicciones sociales, de las desigualdades deportivas y de una alegría colectiva que puede ser más poderosa que el miedo y el odio.

Quizás la fotografía de mayor impacto y alcance fue la vergonzosa llamada de Trump a Infantino, en la que el primero le pedía al segundo que retirara la tarjeta roja que había recibido Folarin Balogun, delantero de Estados Unidos, para que este pudiera participar en el enfrentamiento de octavos contra Bélgica. Afortunadamente, los ‘diablos rojos’ golearon a los norteamericanos, lo que de facto anuló el chanchullo del presidente estadounidense.

Sin embargo, ¿qué habría pasado si Estados Unidos hubiera vencido a Bélgica y al resto de rivales que le quedaban hasta la final? Y, ya puestos a hacer hipótesis, ¿qué habría ocurrido si la selección anfitriona hubiera ganado la final y se hubiera alzado con el trofeo de campeona? Son preguntas sin respuesta. O no. Quizás entonces más federaciones habrían alzado la voz, ya que la realidad es que varias —y no pocas— selecciones aceptaron pasivamente la decisión de Trump. Una aceptación marcada por el silencio de una parte de los futbolistas, que no se atrevieron a plantarse ante una situación que adulteraba la competición y que buscaba favorecer al conjunto norteamericano en su intento de pasar de ronda.

Es la filosofía de Trump: la convicción de que puede hacer y deshacer como si el mundo fuera su finca privada. Un mundo en el que él es el árbitro, el jugador y el espectador. O, si lo trasladamos a la esfera pública, una democracia —en camino hacia la autocracia— en la que él se siente legitimado para asumir funciones de los otros poderes del Estado. El mandatario estadounidense propugna una sociedad sin reglas ni contrapesos, y en la que lo que predomine en cada momento sea su voluntad y su interés personal por ganar más dinero, tener más poder o ser aplaudido continuamente por las masas.

Uno podría pensar que la anulación de la roja es una cuestión anecdótica. El problema es que la retirada de la tarjeta constituye la norma, no la excepción, de una manera de entender la política y la vida pública que ya está dejando muy tocados los fundamentos democráticos de una sociedad que durante décadas había valorado principios como la relevancia de las leyes, el pluralismo, el respeto al diferente o la importancia de los derechos fundamentales. 

La segunda imagen es, probablemente, una de las que quedará en la retina colectiva de muchas personas que, con independencia de su interés por el fútbol, pasaron de la sorpresa al entusiasmo al ver cómo los aficionados de Noruega celebraban los goles y los triunfos de sus jugadores emulando el movimiento de los remos vikingos. Esta coreografía se hizo rápidamente viral, ya que se trataba de una acción inclusiva y espontánea que transmitía fuerza colectiva, pasión, orgullo y, sobre todo, entusiasmo. Durante los días del Mundial era habitual ver imágenes en las redes sociales de ciudadanos noruegos, y del resto del planeta, reproduciendo aquel movimiento y aquel cántico.

En un momento geopolítico más marcado por las diferencias, la división y el odio que por la unión y el respeto a la diversidad, la imagen icónica de los jugadores y aficionados noruegos generó una oleada de simpatías —nada habitual— mayor que la que pueden provocar un himno o determinados discursos políticos en los que predominan eslóganes vacíos o ideas que se alejan de la generación de esperanza o de valores como la fraternidad, la empatía o la solidaridad. Los remos vikingos se convirtieron, de este modo, en los mejores embajadores de una selección que, pese a no llegar a la final, se ganó el cariño y la sonrisa cómplice de muchos ciudadanos fuera de sus fronteras. La población de este país del norte de Europa demostró que la alegría puede ser más contagiosa que el miedo. Quizás eso sea tanto o más importante que levantar el título que te acredita como campeón.

La tercera fotografía fue el sentimiento de orgullo de los jugadores de Cabo Verde después de quedarse a las puertas de eliminar a Argentina en los dieciseisavos de final. En el ámbito deportivo, así como en otras esferas sociales o culturales, hay una parte muy importante de gestión de las expectativas. En otras palabras: ¿qué se espera de este deportista o de este equipo? Las expectativas, sin embargo, responden a un terreno teórico. Es decir, a menudo hay sorpresas o factores que no se pueden controlar de antemano. De lo contrario, los partidos no se disputarían. Les pondré un ejemplo muy claro: muchas quinielas daban a Francia como vencedora antes de que comenzara la competición. Algo similar le sucedía a Cabo Verde, a quien muchos analistas atribuían un papel prácticamente imperceptible durante la fase de grupos del torneo.

El empate contra España fue un primer aviso de que la selección africana no sería una invitada de piedra durante sus enfrentamientos. Su trayectoria y su buen juego justifican que muchos periodistas deportivos la situaran como la revelación del Mundial.

Por otro lado, muchos ciudadanos de nuestro continente conocieron la existencia de Cabo Verde y su localización geográfica gracias a la Copa del Mundo. Los europeos, en este sentido, a veces pensamos que somos el centro del universo. Para muchos, así pues, esta pequeña nación africana ‘entró’ en un mapamundi del que ya formaba parte. Ahora bien, no deja de ser sintomático del momento que vive la humanidad que un país sea más conocido por la calidad de su fútbol que por la solidez de sus instituciones públicas o por las problemáticas y/o los retos que afronta su población.

En síntesis, un Mundial de fútbol, más allá del espectáculo estrictamente deportivo, constituye la carta de presentación de muchos países ante el mundo. Una carta de presentación que puede servir tanto para mostrar la cara más oscura de la política como, por el contrario, para evidenciar que la fuerza del deporte reside en su determinación cívica de generar ilusión colectiva y fortalecer los vínculos entre ciudadanos de territorios diferentes. Y es que, en el mundo del fútbol, ya se sabe que una imagen vale más que mil palabras.

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