Gianni Infantino se ha refugiado en Marruecos en el momento más delicado de su década al frente de la FIFA. Allí, en Rabat, ha reunido a dirigentes y colaboradores para tratar de recomponer las alianzas que sostienen su presidencia. Y allí se ha abierto también un nuevo frente: la sospecha de que la final del Mundial de 2030 podría formar parte de la negociación política para garantizar su continuidad.

Según una información publicada por el diario británico The Times, Infantino habría ofrecido a Marruecos la celebración de la final de 2030 en el futuro estadio Hassan II, cerca de Casablanca. El supuesto movimiento buscaría asegurar el apoyo de las federaciones africanas antes de las elecciones presidenciales de la FIFA, previstas para el 18 de marzo de 2027.

La FIFA ha rechazado la información y la ha calificado de “falsa y engañosa”. También la federación marroquí ha negado que exista un acuerdo, mientras que la Real Federación Española de Fútbol asegura que no tiene constancia de que se haya decidido la sede del partido. Según la respuesta de la FIFA recogida por la Cadena SER, la elección se producirá “a su debido tiempo” y no guarda relación con el proceso electoral.

No hay, por tanto, confirmación oficial de que Infantino haya prometido la final. Sí hay un escenario político que convierte la información en verosímil y relevante: el presidente de la FIFA necesita reconstruir urgentemente su mayoría, Marruecos se ha convertido en uno de sus aliados más visibles y la Confederación Africana de Fútbol puede resultar decisiva para su supervivencia.

La pregunta ya no es únicamente dónde se disputará el último partido del Mundial. La pregunta es si la principal decisión pendiente del torneo puede terminar mezclada con la campaña por el control de la FIFA.

Una rebelión provocada por 4.200 millones de dólares

La crisis comenzó con un proyecto llamado FIFA Forward Enterprise, una nueva estructura comercial a través de la cual la organización pretendía agrupar parte de los derechos vinculados a sus grandes torneos.

El plan de Infantino contemplaba vender aproximadamente un 20% de esa sociedad a inversores privados y obtener unos 4.200 millones de dólare. La propuesta afectaba al principal activo comercial de la FIFA: los ingresos futuros generados por competiciones como la Copa del Mundo.

La operación provocó una reacción extraordinariamente dura dentro del fútbol internacional. UEFA, Concacaf y dirigentes de la Confederación Asiática cuestionaron tanto el contenido del proyecto como el procedimiento seguido para impulsarlo. Varias ligas europeas denunciaron falta de transparencia y ausencia de consultas a clubes, jugadores, competiciones nacionales y confederaciones.

Infantino terminó retirando la propuesta, pero la retirada no cerró la crisis. Al contrario: dejó al descubierto una ruptura interna que hasta entonces se había desarrollado de manera menos visible.

Carlos Cordeiro, hasta entonces asesor principal del presidente, dimitió después de preguntarse por qué una organización con miles de millones en reservas y sin deuda necesitaba vender una parte de su activo más valioso. Otros altos cargos se distanciaron del proyecto y varias federaciones comenzaron a reconsiderar su apoyo a la reelección de Infantino.

La ruptura también llegó a las confederaciones. Concacaf rechazó la operación, UEFA endureció su posición y la Confederación Asiática mostró divisiones internas. El bloque que durante años permitió a Infantino gobernar sin una oposición organizada comenzó a resquebrajarse.

El presidente reaccionó convocando reuniones en Marruecos. La elección del lugar no es un detalle menor.

Marruecos, el refugio político

Marruecos es uno de los países que mantiene una relación más estrecha con Infantino. Será coorganizador del Mundial de 2030 junto con España y Portugal y ha convertido el deporte, especialmente el fútbol, en una herramienta central de proyección internacional.

El país prepara además el estadio Hassan II, un recinto de nueva construcción en las proximidades de Casablanca con una capacidad prevista de alrededor de 115.000 espectadores. Sobre el papel, sería el estadio más grande del torneo y uno de los mayores del mundo. Su tamaño constituye el principal argumento marroquí para reclamar la final.

España defiende fundamentalmente la candidatura del Santiago Bernabéu, con una capacidad superior a los 80.000 espectadores, mientras Barcelona aspira a situar el renovado Camp Nou —proyectado para superar los 100.000— dentro de la discusión. Portugal también participa en la organización, aunque sus estadios tienen menor capacidad.

La FIFA confirmó oficialmente que el Mundial de 2030 será organizado por Marruecos, Portugal y España, con tres partidos conmemorativos en Argentina, Paraguay y Uruguay. Sin embargo, todavía no ha anunciado qué estadio albergará la final.

Es en ese espacio de indefinición donde aparece la información de The Times. Según el diario británico, la designación de Casablanca habría sido ofrecida como contrapartida política para mantener el respaldo africano a Infantino.

La versión ha sido negada por todas las partes directamente implicadas. Pero su publicación coincide con dos hechos comprobables: Infantino está reuniéndose en Marruecos para contener su crisis y los principales dirigentes del fútbol africano han expresado públicamente su respaldo. Reuters informó esta semana tanto de la reunión de emergencia como del apoyo recibido por el presidente de responsables de la CAF.

El valor de los votos africanos

La FIFA está formada por 211 asociaciones nacionales. En las elecciones presidenciales, cada una dispone de un voto. España, Brasil o Alemania tienen exactamente el mismo peso electoral que pequeñas federaciones con menor población, recursos o tradición futbolística.

UEFA cuenta con 55 asociaciones y puede liderar una rebelión, pero no puede derribar por sí sola a Infantino. Para conseguirlo necesita sumar apoyos en África, Asia, América y Oceanía.

La Confederación Africana agrupa a 54 federaciones reconocidas por la FIFA. Si ese bloque vota unido, puede resultar decisivo. Durante años, Infantino ha consolidado su relación con las federaciones de menor tamaño mediante programas de inversión, ampliación de competiciones, distribución de fondos y presencia constante en congresos nacionales.

Su fortaleza electoral no se construyó prioritariamente en las grandes ligas europeas, sino en las asociaciones que dependen en mayor medida del dinero y de los programas de desarrollo de la FIFA.

El mapa publicado por The Guardian refleja esa fractura. UEFA encabeza la oposición; Concacaf se ha distanciado; Asia aparece dividida; Sudamérica mantiene una posición pragmática, y Oceanía continúa especialmente condicionada por su dependencia económica de la organización. África sigue siendo, de momento, el principal muro de contención del presidente.

Por eso la final de 2030 posee un valor que va mucho más allá del partido.

Concedérsela a Marruecos reforzaría al país como potencia futbolística, proporcionaría a África la primera final mundialista celebrada en el continente desde Sudáfrica 2010 y enviaría una señal a las federaciones que todavía sostienen a Infantino. Pero también privaría a España del acontecimiento más importante de un torneo cuya candidatura comenzó liderando.

La FIFA como regulador y como negocio

La crisis vuelve a colocar sobre la mesa una contradicción estructural de la FIFA. La organización redacta las normas, adjudica los torneos, distribuye fondos, supervisa a las federaciones y, al mismo tiempo, explota comercialmente los acontecimientos que regula. Las ligas europeas llevan tiempo denunciando ese doble papel.

La asociación European Leagues recordó esta semana que ya presentó una queja ante la Comisión Europea por el posible conflicto de intereses de una institución que actúa simultáneamente como reguladora y operadora comercial. También rechazó los planes para estudiar una ampliación del Mundial de 2030 a 64 selecciones, otra propuesta que incrementaría partidos, ingresos y presión sobre el calendario.

La venta parcial de los derechos comerciales, la ampliación de las competiciones y la discusión sobre las sedes responden a la misma lógica: aumentar el tamaño económico de la FIFA y reforzar la capacidad del presidente para distribuir recursos y construir alianzas.

Por eso la crisis no terminaría necesariamente con la salida de Infantino. Cambiar al presidente sin modificar el sistema podría conservar intactas las mismas prácticas.

Entre los posibles aspirantes empiezan a aparecer el presidente de Concacaf, Victor Montagliani, y la dirigente noruega Lise Klaveness, una de las voces más críticas con el funcionamiento de las instituciones futbolísticas. Ninguna candidatura está todavía consolidada y, para derrotar a Infantino, cualquier alternativa necesitará salir del espacio europeo y convencer a las federaciones africanas, asiáticas y americanas.

La información sobre Casablanca convierte el Mundial de 2030 en parte de esa batalla. No demuestra que la final haya sido prometida, pero obliga a preguntar si una de las decisiones deportivas más importantes de los próximos años puede convertirse en moneda de cambio.

Infantino se juega su futuro en una elección de 211 votos. España y Marruecos se juegan la final de un Mundial. La credibilidad de la FIFA depende de demostrar que ambas cosas no forman parte de la misma negociación.

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