Pitido final. Entre las lágrimas, la emoción, los gritos ensordecedores de 47 millones de personas, suenan las notas del Alice'sTheme de Danny Elfman mientras Ferrán Torres golpeaba con todas sus fuerzas el balón para ser el Iniestadela Segunda Estrella. Ni tan siquiera la red de seguridad de la FIFA ha podido con el impulso de todo un país. Los protagonistas de la película esta vez no son Vicente del Bosque, Andrés Iniesta o Iker Casillas; sino Luis de la Fuente – al que pido disculpas desde estas líneas -, Rodrigo Hernández Cascante y un larguísimo etcétera de futbolistas históricos que han tomado por derecho propio la anhelada estrella, grabando el nombre de España en la constelación de la Copa del Mundo por segunda vez en su historia.

Dieciséis años después de Johannesburgo, la historia volvió a elegir el tiempo suplementario y a un futbolista que había comenzado la final en el banquillo. Iniesta necesitó 116 minutos para derribar a Países Bajos. Ferran empleó diez menos para romper una noche espesa, física y desesperante. Su zurdazo, después de una dejada de cabeza de Nico Williams, atravesó la portería de Emiliano Martínez y todo lo que España llevaba dos horas intentando superar: el repliegue argentino, las interrupciones y la sensación de que cada jugada debía vencer también al silbato.

España quiso jugar la final

La Selección de Luis de la Fuente entró en el partido como había entrado en todo el Mundial: queriendo la pelota y sin pedir permiso. Lamine Yamal avisó primero. Una pared con Dani Olmo le dejó frente al Dibu Martínez, que sostuvo a Argentina cuando la final apenas despertaba.

España ocupaba el campo contrario, movía a su rival de lado a lado y buscaba las grietas de una defensa que tenía clara su estrategia: cerrar espacios, cortar el ritmo y esperar una pérdida. El susto llegó cuando Unai Simón tuvo que abandonar su área y correr prácticamente hasta el centro del campo para apagar una transición de Messi. Julián Álvarez no aprovechó el despeje y la amenaza se diluyó.

Fue casi todo el bagaje ofensivo argentino durante los primeros 90 minutos. La Albiceleste llegó a la prórroga con 0,00 goles esperados, frente a los 1,20 de España. La Roja acumuló 15 disparos y nueve saques de esquina, mientras su rival no generó una sola ocasión verdaderamente clara. Dominio casi absoluto, aunque sin el premio del gol.

Porque una final no siempre la gana quien propone más. Argentina convirtió el partido en un territorio incómodo y Slavko Vincic colaboró con un criterio excesivamente permisivo. Mac Allister golpeó con dureza a Dani Olmo en los primeros minutos sin recibir tarjeta. Después llegaron más contactos, interrupciones y protestas toleradas. España tenía que jugar mejor y, además, sobrevivir a una vara de medir que beneficiaba a quien deseaba que pasaran menos cosas.

El árbitro inutiliza al VAR

Lamine volvió a rozar el tanto al final del tiempo reglamentario. Su lanzamiento de falta superó la barrera, pero encontró otra estirada del Dibu. Enzo Fernández, ya amonestado, vio la segunda amarilla en el descuento y dejó a Argentina con diez antes de la prórroga.

España salió lanzada. Nico Williams obligó al guardameta argentino a intervenir y, en el minuto 97, mandó finalmente el balón a la red. El estadio explotó, pero la alegría apenas duró unos segundos. Vincic había señalado antes del remate una supuesta falta de Mikel Merino sobre Otamendi en el origen de la acción.

Ferrán no controló ni dudó. Armó la pierna izquierda y fusiló al Dibu por debajo del larguero. Esta vez Vincic no encontró ninguna excusa. Esta vez el gol era gol

Hubo un pisotón leve dentro de una disputa y una caída aparatosa del defensa argentino. Lo más grave, sin embargo, fue la precipitación del colegiado. Al pitar antes de que Nico disparase, impidió que el VAR pudiera revisar posteriormente la jugada y pronunciarse sobre la validez del gol. España había derribado el muro, pero el árbitro lo reconstruyó antes de que la tecnología pudiera comprobar si su decisión era correcta.

No fue la única decisión discutible, pero sí la que mejor resumió la noche: la selección española debía marcar más de una vez para que le concedieran un gol. Cualquier otro equipo habría confundido la indignación con la ansiedad. España protestó, respiró y volvió a empezar.

Ferrán encuentra la grieta

Luis de la Fuente miró al banquillo y encontró al hombre que iba a entrar en la historia. Ferrán Torres había esperado su oportunidad y apareció cuando las piernas pesaban, los espacios escaseaban y la final exigía un último acto de fe.

En el minuto 106, Nico Williams atacó el segundo palo y ganó el balón por arriba. Su dejada cayó en el lugar exacto. Ferrán no controló ni dudó. Armó la pierna izquierda y fusiló al Dibu por debajo del larguero. Esta vez Vincic no encontró ninguna excusa. Esta vez el gol era gol.

El estallido liberó toda la tensión acumulada. España no solo había roto el empate: había expulsado de golpe los fantasmas de una final en la que había hecho casi todo y recibido muy poco a cambio. Argentina adelantó líneas y buscó una última oportunidad alrededor de Messi, pero la Roja ya no estaba dispuesta a entregar aquello que había conquistado contra el cansancio, el cerrojo y el arbitraje.

Rodri mandó, Cubarsí resistió, Unai Simón transmitió calma y cada futbolista entendió que ya no defendía únicamente un resultado. Defendían 16 años de espera y el derecho de una generación, campeona de la Nations League y de la Eurocopa, a ocupar definitivamente su lugar en la historia.

El pitido final confirmó que España es campeona del mundo por segunda vez. También se convierte en el primer país que posee simultáneamente los títulos mundiales masculino y femenino. Ya no hay una única estrella sobre el escudo. Hay dos.

Una pertenece a Iniesta, Casillas, Xavi, Villa y Del Bosque. La otra lleva los nombres de Ferrán, De la Fuente, Rodri, Lamine, Nico y todos los que se negaron a aceptar que aquella final estuviera destinada a Argentina.

España ganó porque jugó mejor, insistió más y no permitió que el arbitraje escribiera el desenlace. Contra el muro argentino y contra el muro levantado desde el silbato, la Roja encontró una grieta. Ferran Torres la convirtió en eternidad.

 

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