El conflicto en Oriente Medio ya no depende solo de lo que hagan los protagonistas directos de la guerra. Depende también de los actores que todavía intentan no entrar del todo, aunque cada vez tengan menos espacio para mantenerse al margen. Arabia Saudí es el principal de ellos. Su posible implicación abriría un escenario nuevo, mucho más amplio y difícil de contener, porque no solo pondría en tensión a Irán e Israel, sino al conjunto del Golfo y a la red de alianzas que sostiene buena parte del equilibrio regional.

Hasta ahora, Riad ha intentado moverse en una franja incómoda. Lo bastante cerca de Washington como para seguir siendo uno de sus socios centrales en la zona. Lo bastante lejos de una implicación directa como para no convertirse en objetivo prioritario de una represalia iraní a gran escala. Ese cálculo se está estrechando. Arabia Saudí ya ha recibido ataques con misiles balísticos sobre Riad, que la población fue alertada por primera vez de una “amenaza hostil” y que el ministro de Exteriores saudí, Faisal bin Farhan, aseguró que el reino se reserva el derecho a responder militarmente contra Irán.

Ese punto importa porque marca un cambio de tono. Arabia Saudí no está hablando ya solo de condena diplomática o de contención. Está diciendo que la represalia militar ha entrado en el menú. Y cuando Riad se coloca en ese terreno, el Golfo entero deja de mirar la guerra como algo que sucede a su alrededor para empezar a asumir que puede convertirse en frente directo. Reuters recoge que Irán ha amenazado instalaciones energéticas concretas en Arabia Saudí, Emiratos y Qatar, y que el conflicto ha alcanzado ya puertos, aeropuertos, hubs comerciales y centros petroleros de los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo.

El dilema estratégico de Riad

Hay una razón por la que Arabia Saudí pesa más que otros actores de la zona. No es solo una cuestión de tamaño o de presupuesto militar. Es que su entrada plena cambiaría la naturaleza del conflicto. Una guerra que hoy sigue teniendo como eje visible a Irán, Israel y Estados Unidos pasaría a convertirse en una guerra regional abierta, con implicación directa de la principal potencia árabe del Golfo. Y eso arrastra varias cosas a la vez: más presión sobre Emiratos, Bahréin o Kuwait para alinearse; más exposición de bases estadounidenses; más riesgo para el estrecho de Ormuz; y más tensión sobre el mercado energético mundial.

Para entender por qué la posición saudí pesa tanto en esta guerra hay que mirar más atrás. Arabia Saudí e Irán llevan décadas disputándose la primacía regional desde dos legitimidades distintas. Una, la de la gran monarquía suní del Golfo y guardiana de los lugares santos del islam. La otra, la de la república islámica chií que convirtió su revolución en una herramienta de proyección exterior. Esa pugna no se ha librado solo en el terreno religioso, pero la división entre suníes y chiíes ha funcionado durante años como una frontera política útil para movilizar alianzas, justificar bloques y extender influencia en conflictos ajenos.

En los últimos años, Arabia Saudí había intentado bajar la temperatura con Irán. La reapertura diplomática de 2023 respondía a una lógica sencilla: rebajar el riesgo de choque directo y estabilizar una región en la que Riad también necesita vender seguridad, inversión y capacidad de modernización. Ese deshielo está hecho añicos. Reuters cita fuentes y analistas saudíes que hablan de una confianza “completamente destrozada” después de los ataques de este mes. El razonamiento que empieza a imponerse en buena parte del Golfo es que dejar a Irán con capacidad de golpear infraestructuras energéticas, puertos y rutas marítimas supone aceptar una amenaza permanente.

Ahí aparece el verdadero dilema saudí. Responder puede incendiar más la región. No responder puede consolidar la idea de que Irán puede castigar al Golfo cuando quiera. Esa es la trampa estratégica en la que se mueve Riad. Reuters explica que varias fuentes del Golfo están presionando ya a Washington para que no deje la operación a medias y degrade de forma mucho más profunda la capacidad militar iraní. En paralelo, Estados Unidos presiona a los países del Golfo para que respalden más claramente la campaña. Es decir, Arabia Saudí no solo calcula frente a Teherán. También calcula frente a Washington y frente a sus propios vecinos.

Ese equilibrio se vuelve todavía más frágil porque Riad no puede actuar como si solo estuviera en juego su orgullo estratégico. Está en juego su economía. Está en juego la estabilidad del reino. Está en juego su imagen de fortaleza. Y es que, los ataques no solo golpean instalaciones concretas, sino también la idea de seguridad y previsibilidad con la que los países del Golfo llevan años intentando atraer comercio, turismo y capital. Y Arabia Saudí, con toda su agenda de diversificación, es probablemente el país al que más le duele que esa imagen se resquebraje.

Petróleo, Ormuz y el miedo a una guerra sin bordes

Si Arabia Saudí entra de lleno, el conflicto dejaría de tener solo una lectura militar. Pasaría a ser también una crisis energética global en toda regla. Como se señalaba en las líneas anteriores, las amenazas iraníes ya apuntan a instalaciones energéticas saudíes, emiratíes y qataríes, y de que el Brent se ha disparado hacia los 110 dólares por barril. Al mismo tiempo, Qatar ha visto alterada su producción de gas natural licuado y el riesgo sobre el estrecho de Ormuz sigue creciendo. Por esa vía pasa alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas del mundo.

Eso cambia mucho las cosas. Mientras la guerra se mantenga relativamente contenida, el mercado todavía puede leerla como una escalada dura pero regionalizada. Si Arabia Saudí entra, el centro de gravedad se desplaza al corazón energético del planeta. Riad no es un actor simbólico. Es el gran productor que, junto a sus vecinos, sostiene una parte decisiva del suministro global. Y además es el país que encarna la idea de que el Golfo puede seguir funcionando incluso en contextos tensos. Si esa pieza salta, ya no se trataría solo de precios más altos de la gasolina. Habría impacto en transporte marítimo, inflación, industria, gas y cadenas de suministro muy lejos de Oriente Medio.

Aun así, el paso saudí no es automático. Según apuntan diferentes medios, dentro del Golfo no hay todavía consenso para una intervención coordinada y que muchos líderes temen desencadenar una conflagración todavía más difícil de controlar. Emiratos, por ejemplo, sigue enviando señales de cautela. Incluso en Arabia Saudí, la lógica dominante no es la de precipitarse, sino la de calibrar. El problema es que las guerras no siempre respetan los tiempos del cálculo. Y cuando un país recibe impactos sobre su capital, sus instalaciones o sus rutas vitales, el margen político para seguir conteniendo se reduce muy deprisa.

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