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Entre las banderas rojas del Partido de los Trabajadores y los abrazos de una victoria que semanas antes parecía lejana, un hombre vestido con la camiseta amarilla de la selección brasileña encontró su sitio junto a Luiz Inácio Lula da Silva. No era un ministro, ni uno de los históricos dirigentes que han acompañado al presidente durante sus décadas de trayectoria política. Era André Janones, un diputado de 42 años que acababa de pasar tres semanas organizando desde un teléfono móvil una de las mayores movilizaciones digitales de la izquierda brasileña. Cuando Lula celebró su reelección el pasado 25 de octubre, lo señaló ante sus seguidores y lo llamó "nuestro general". La guerra electoral había terminado, pero el protagonista de aquella escena llevaba tiempo librando otra batalla: la de disputar al bolsonarismo un espacio que la extrema derecha había aprendido a dominar mucho antes que sus adversarios.
La imagen contenía algo más que una anécdota de campaña. El amarillo de la camiseta, convertido durante años en uno de los símbolos reconocibles del movimiento encabezado por Jair Bolsonaro, aparecía ahora junto al presidente que había derrotado a su hijo, Flávio Bolsonaro, en las urnas. Y quien lo vestía tampoco encajaba del todo en los moldes tradicionales del progresismo brasileño. Evangélico, antiguo cobrador de autobús y político de lenguaje áspero, Janones ha construido buena parte de su carrera lejos de la solemnidad institucional. Su manera de entender la comunicación pasa por la provocación, la confrontación y una relación casi permanente con las redes sociales. No pretende combatir a la extrema derecha desde una posición de superioridad discursiva, sino entrar en el terreno que esta ha ocupado y disputárselo.
Su protagonismo se disparó después de la primera vuelta de las presidenciales del 4 de octubre, cuando Lula quedó por detrás de Flávio Bolsonaro y la izquierda brasileña afrontó tres semanas decisivas. Janones convirtió entonces un canal de WhatsApp, bautizado como "Exército do Lula" (Ejército de Lula), en una maquinaria de movilización que terminó reuniendo cerca de 11 millones de seguidores. Desde allí distribuía instrucciones, proponía acciones coordinadas y animaba a miles de simpatizantes a intervenir en una conversación digital en la que el bolsonarismo llevaba años desenvolviéndose con ventaja. Lula terminó imponiéndose con aproximadamente el 51,8% de los votos válidos, aunque sería aventurado atribuir aquella remontada exclusivamente al diputado. La campaña también recuperó presencia territorial, elevó la participación y encontró nuevas formas de conectar con el electorado.
Un evangélico incómodo para la derecha brasileña
Para entender a André Janones hay que viajar hasta Ituiutaba, una ciudad del interior de Minas Gerais donde nació en 1984. Hijo de una empleada doméstica, costeó sus estudios de Derecho trabajando como cobrador de autobús. Antes de alcanzar notoriedad política también ejerció como abogado y se dio a conocer en internet ayudando a pacientes que reclamaban tratamientos a la sanidad pública. Su trayectoria no discurre por los círculos tradicionales del poder brasileño, sino por un territorio social en el que la precariedad, la religión y las dificultades cotidianas forman parte de la conversación política.
Fue durante la huelga de camioneros de 2018 cuando comprendió hasta dónde podía llegar su exposición digital. Sus intervenciones en las redes multiplicaron su audiencia y lo proyectaron hacia la Cámara de Diputados, donde obtuvo un escaño ese mismo año. Desde entonces, su carrera ha estado marcada por una particular combinación de activismo digital, ambición política y lenguaje popular. Un perfil que se aleja de las intervenciones cuidadosamente medidas de los portavoces tradicionales y que encuentra en la espontaneidad, incluso cuando resulta incómoda, una de sus principales señas de identidad.
Su condición de evangélico añade otra dimensión a esa trayectoria. Las iglesias evangélicas constituyen un espacio político y social especialmente disputado en Brasil, donde el bolsonarismo ha encontrado apoyos relevantes. Janones pertenece a ese universo religioso sin compartir el proyecto de la derecha radical. Su presencia cuestiona la idea de que la identidad evangélica deba traducirse automáticamente en adhesión al conservadurismo político y permite entender parte de su empeño por dirigirse a sectores populares a los que considera insuficientemente atendidos por la izquierda.
La relación con Lula tampoco nació en 2026. Cuatro años antes, Janones retiró su precandidatura presidencial para apoyar al líder del PT en las elecciones que terminaron con la derrota de Jair Bolsonaro. Su participación en aquella campaña ya anticipaba el papel que volvería a desempeñar después: el de un aliado que no comparte necesariamente las formas del aparato tradicional del partido, pero que conoce los resortes de una comunicación política más visceral y menos institucional.
La batalla contra el elitismo de la izquierda
La idea que sostiene su estrategia apareció con especial claridad durante una entrevista concedida a SBT News en agosto de 2026. Janones reprochó a la izquierda brasileña haber desarrollado una suerte de elitismo intelectual que la había llevado a despreciar los mensajes sencillos. Mientras una parte del progresismo miraba con recelo los formatos populares de internet, la extrema derecha descubría su potencial para llegar a ciudadanos que antes se reconocían en otras tradiciones políticas.
Su diagnóstico contiene una crítica que va más allá de Brasil: la claridad del lenguaje no equivale necesariamente a pobreza de pensamiento, del mismo modo que la complejidad de un discurso no garantiza su capacidad para llegar a quienes pretende representar. El bolsonarismo hizo de los vídeos cortos, los mensajes emocionales y las comunidades digitales una infraestructura de movilización política. Janones sostiene que la izquierda no puede resignarse a observar ese fenómeno desde fuera, confiando en que la fuerza de sus argumentos termine abriéndose paso por sí sola.
Pero su propuesta no consiste simplemente en producir mejores vídeos o ganar seguidores. Janones quiere convertir la atención digital en acción organizada. Donde otros dirigentes ven plataformas en las que publicar declaraciones, él encuentra comunidades a las que asignar tareas, establecer objetivos y dar un sentido de pertenencia. Una interpretación de la militancia que no sustituye necesariamente a la movilización en la calle, sino que intenta prolongarla a través de los teléfonos móviles.
La experiencia de octubre lo ilustra. Los seguidores del Ejército de Lula recibían instrucciones para difundir publicaciones, impulsar etiquetas, compartir vídeos, atraer a nuevos participantes o evitar interacciones que pudieran aumentar la visibilidad de los mensajes bolsonaristas. Las consignas, a menudo breves y urgentes, convertían la participación en una sucesión de pequeñas acciones. El simpatizante dejaba de ser únicamente un receptor de propaganda para convertirse en un agente de distribución del mensaje.
La apuesta resultaba especialmente significativa frente a una derecha radical que llevaba años aprovechando las posibilidades de WhatsApp, Instagram y otras plataformas para construir redes de afinidad política. En apenas tres semanas, el canal impulsado por Janones pasó de contar con decenas de miles de seguidores a aproximarse a los once millones. La cifra mide el tamaño de aquella comunidad, aunque no permite saber cuántos de sus integrantes participaron activamente ni cuántos electores modificaron su voto por influencia de la campaña digital.
La operación tampoco se limitó a internet. Las convocatorias y consignas distribuidas por las redes acompañaron una movilización que volvió a llenar las calles brasileñas durante los últimos días de campaña. La frontera entre la militancia presencial y la digital se hizo más difusa: el teléfono servía para convocar, organizar y amplificar lo que ocurría fuera de la pantalla.
La cara incómoda del método Janones
Sin embargo, la trayectoria de Janones también expone las contradicciones de su propia estrategia. La frontera entre utilizar un lenguaje directo y recurrir a la manipulación política no siempre ha estado clara en sus intervenciones. Durante las elecciones de 2022, la agencia de verificación Lupa documentó publicaciones engañosas y contenidos sacados de contexto difundidos por el diputado contra Jair Bolsonaro y sus aliados. Algunas de aquellas publicaciones fueron retiradas por orden de la Justicia electoral. La voluntad de combatir una maquinaria de desinformación no lo había mantenido al margen de prácticas similares.
Cuatro años después, lejos de renegar por completo de aquellos métodos, Janones reivindicó públicamente el uso de las "medias verdades". En su entrevista de agosto con SBT News defendió las afirmaciones ambiguas como una herramienta para lograr difusión en las redes sociales, aunque negó que se tratara de mentiras. Su razonamiento parte de que las plataformas recompensan los mensajes provocadores y penalizan las discusiones más complejas. En aquella conversación llegó a sostener que, frente a lo que consideraba una amenaza autoritaria, estaba dispuesto a asumir prácticamente cualquier coste político para impedir una victoria bolsonarista.
La declaración permite comprender hasta qué punto Janones ha hecho de la urgencia electoral un argumento para justificar sus métodos. No es lo mismo combatir la desinformación que asumirla como un daño colateral aceptable, y esa diferencia importa especialmente cuando se invoca la defensa de la democracia. El bolsonarismo ha contribuido a normalizar la circulación de falsedades, las sospechas infundadas sobre los procesos electorales y la deslegitimación de las instituciones. Combatir esa práctica no exige tratar como equivalentes a quienes impulsan ataques contra el sistema democrático y a quienes se organizan para frenarlos. Pero tampoco convierte automáticamente en legítima cualquier herramienta utilizada en nombre de esa resistencia.
En octubre, la actividad del Ejército de Lula llegó hasta el Tribunal Superior Electoral (TSE). La campaña de Flávio Bolsonaro solicitó la suspensión del canal, alegando que difundía informaciones falsas. El 11 de octubre, el presidente del tribunal, Kassio Nunes Marques, ordenó su bloqueo, aunque la decisión fue revertida. Posteriormente, un informe técnico de la Justicia electoral no encontró, entre las publicaciones examinadas del 2 al 11 de octubre, los mensajes falsos denunciados por la candidatura bolsonarista. El análisis sí advirtió sobre el carácter coordinado de la movilización y el uso de un lenguaje polarizador. La propia Meta comunicó después que no había detectado incumplimientos de sus políticas en el funcionamiento del canal.
El episodio mostró otra faceta de aquella guerra comunicativa: el intento de la derecha de llevar a los tribunales una herramienta de movilización del adversario, sin que las acusaciones concretas quedaran acreditadas en el examen técnico realizado. La investigación no equivalía a una revisión exhaustiva de todas las publicaciones históricas del canal, pero tampoco avalaba presentar aquella comunidad de millones de usuarios como una estructura dedicada a difundir noticias falsas.
Las controversias de Janones, en cualquier caso, no se limitan a sus campañas digitales. En marzo de 2025, el Tribunal Supremo Federal de Brasil homologó un acuerdo entre el diputado y la Fiscalía en una investigación por la denominada rachadinha, una práctica que consiste en apropiarse de parte de los salarios de los asesores parlamentarios. Janones reconoció los hechos investigados y aceptó obligaciones económicas por un total de 157.800 reales, entre reparación y multa, en el marco de un acuerdo de no persecución penal. Se trata de un antecedente relevante para un dirigente que ha construido parte de su proyección pública sobre la denuncia de los abusos de poder.
También existe una paradoja en su propio rendimiento electoral. Mientras su exposición nacional crecía durante la campaña presidencial, Janones consiguió renovar su escaño por Minas Gerais con 78.780 votos, muy lejos de los 238.967 obtenidos en 2022. Una caída cercana al 67% que convive con su protagonismo en la movilización digital de Lula. El diputado atribuyó parte de esa diferencia a su decisión de priorizar la candidatura presidencial frente a su propia campaña, aunque los resultados recuerdan que la notoriedad en las redes y el arraigo electoral no son necesariamente la misma cosa.
La batalla que Janones quiere librar desde la izquierda
Con Lula reelegido para un cuarto mandato, el papel de Janones abre una discusión que ya no pertenece únicamente a los equipos de campaña. El presidente ha anunciado que la comunicación digital tendrá un mayor protagonismo en su próxima etapa de gobierno, mientras su aliado aparece situado en el centro de una experiencia que ha logrado reunir a millones de simpatizantes alrededor de una estructura de movilización política. La cuestión es qué parte de ese modelo puede mantenerse más allá de una segunda vuelta marcada por la urgencia y la polarización.
La experiencia brasileña tampoco ofrece una receta que pueda trasladarse mecánicamente a otros países. Las diferencias entre sistemas políticos, medios de comunicación y comportamientos electorales impiden convertir el Ejército de Lula en una explicación universal sobre cómo enfrentarse a la extrema derecha. Pero el fenómeno sí deja al descubierto un problema compartido por distintas fuerzas progresistas: la dificultad para transformar sus propuestas políticas en mensajes capaces de circular fuera de sus públicos habituales, especialmente cuando compiten con organizaciones que llevan años construyendo comunidades digitales propias.
Janones ha respondido a ese desafío desde una posición que incomoda incluso a una parte de sus aliados. Desconfía de los discursos excesivamente elaborados, utiliza la confrontación como herramienta de movilización y considera que la política ha dejado de disputarse exclusivamente en los espacios institucionales. Su lenguaje puede ser brusco, sus métodos discutibles y su trayectoria contradictoria, pero su ascenso también obliga a observar un fenómeno que la izquierda brasileña no había conseguido resolver con sus mecanismos tradicionales de comunicación.
El antiguo cobrador de autobús que terminó convertido en «general» de Lula ha encontrado en WhatsApp un nuevo lugar desde el que intervenir en la política de su país. Su protagonismo no demuestra que todas sus tácticas sean eficaces ni que deban asumirse sin reservas. Sí refleja hasta qué punto el bolsonarismo ha obligado a sus adversarios a reconsiderar la manera de disputar la conversación pública. Janones ha decidido hacerlo sin pedir permiso a las viejas convenciones de la política. Y mientras Brasil se prepara para otro mandato de Lula, la discusión sobre los métodos de ese combate continúa abierta.





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