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Luiz Inácio Lula da Silva ha vivido lo suficiente para conocer varias versiones de Brasil. La de los militares que encarcelaban sindicalistas, la de los obreros que paralizaban fábricas para reclamar mejores salarios, la de los millones de pobres que encontraron una oportunidad de prosperar y la de una extrema derecha que hizo del anticomunismo y la nostalgia de la dictadura algunas de sus señas de identidad. También ha conocido la derrota, la cárcel y el regreso al poder. Este domingo, a las puertas de cumplir 81 años, el antiguo tornero mecánico ha vuelto a ganar unas elecciones presidenciales. La cuarta vez en su vida. Y lo ha hecho cuando las derechas radicales avanzan en buena parte del continente americano y Donald Trump vuelve a ejercer el poder desde la Casa Blanca.
Su victoria frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, contiene además una circunstancia inédita en la historia democrática brasileña. Lula había perdido la primera vuelta, celebrada el pasado 4 de octubre, por casi dos puntos porcentuales. Tres semanas después, ha conseguido darle la vuelta al resultado y hacerse con el 51,79% de los votos, frente al 48,21% de su adversario. Más de 64 millones de brasileños han vuelto a confiar en un hombre cuya carrera política parecía terminada hace apenas unos años. Ningún candidato había logrado remontar una primera vuelta adversa desde el restablecimiento de las elecciones presidenciales directas en 1989.
Hay algo extraordinario en la longevidad política de Lula. Su nombre comenzó a escucharse en las movilizaciones obreras de finales de los setenta, cuando Brasil todavía estaba gobernado por una dictadura militar. Desde entonces ha negociado con empresarios, disputado elecciones contra la derecha liberal, gobernado durante periodos de prosperidad económica y atravesado algunos de los mayores escándalos políticos de su país. Fue contemporáneo de Fidel Castro, Hugo Chávez y José Mujica, mantuvo relaciones con presidentes estadounidenses de distinto signo y terminó convirtiéndose en una de las voces más reconocibles del Sur Global. Pocos dirigentes latinoamericanos han recorrido tanta historia sin abandonar el centro de la escena política.
Un niño de Pernambuco que aprendió a desafiar al poder
Antes de convertirse en Lula, fue Luiz Inácio da Silva, un niño nacido el 27 de octubre de 1945 en el interior de Pernambuco, una de las regiones históricamente más empobrecidas de Brasil. Su infancia estuvo marcada por las privaciones económicas y por la emigración. En 1952, su madre, Eurídice Ferreira de Mello, conocida como Dona Lindu, emprendió junto a sus hijos un viaje de trece días en camión hacia el estado de São Paulo. Como tantas familias del nordeste brasileño, buscaban en el sur industrializado unas oportunidades que su tierra de origen no podía ofrecerles.
Lula conoció pronto el trabajo. Fue limpiabotas, hizo recados para una tintorería y acabó entrando en la industria metalúrgica, donde se formó como tornero mecánico. En una fábrica perdió el dedo meñique de la mano izquierda, un accidente laboral que acabaría convertido en uno de los rasgos más reconocibles de su biografía. Mucho antes de aprender a moverse por los despachos presidenciales, Lula había conocido la dureza de las cadenas de producción y la precariedad de quienes dependían de ellas para sobrevivir.
Fue precisamente en las fábricas del llamado ABC paulista, el cinturón industrial de São Paulo, donde comenzó a construir su liderazgo. En 1975 alcanzó la presidencia del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema. Brasil llevaba más de una década bajo el dominio de los militares y las protestas obreras se habían convertido en uno de los principales desafíos al régimen. Lula destacó por una capacidad poco habitual para conectar con los trabajadores, hablar su lenguaje y convertir el malestar cotidiano en organización colectiva.
Las huelgas de finales de los setenta reunieron a decenas de miles de obreros y contribuyeron a erosionar el orden impuesto por la dictadura. En 1980, el régimen respondió a una nueva movilización con la intervención del sindicato y el encarcelamiento de varios dirigentes, entre ellos Lula, que permaneció 31 días privado de libertad. Aquel mismo año había participado en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT), una organización que aspiraba a llevar al Parlamento y a las instituciones las reivindicaciones de los sindicatos, los movimientos sociales y las comunidades de base.
Todavía faltaban más de dos décadas para que aquel obrero llegara a la Presidencia de Brasil.
Tres derrotas antes de conquistar el Planalto
La llegada de la democracia abrió a Lula un escenario distinto. En 1986 fue elegido diputado federal y participó en el proceso constituyente que alumbró la Constitución de 1988. Un año después disputó por primera vez la Presidencia, pero perdió en segunda vuelta frente a Fernando Collor de Mello. Volvió a intentarlo en 1994 y 1998, cuando Fernando Henrique Cardoso le cerró las puertas del Palacio del Planalto.
Lula tuvo que perder tres elecciones presidenciales antes de aprender a ganarlas. Durante aquellos años, el dirigente sindical fue transformándose en un político capaz de dirigirse a sectores mucho más amplios que las bases tradicionales de la izquierda. Su discurso fue abandonando algunas de sus posiciones más rupturistas y comenzó a incorporar compromisos con la estabilidad económica y la iniciativa privada.
La culminación de ese proceso llegó en 2002. Lula presentó una candidatura respaldada por una amplia alianza política y eligió como compañero de fórmula al empresario José Alencar. Su conocida carta al pueblo brasileño trató de disipar los temores de los mercados ante una eventual llegada del PT al Gobierno. El sindicalista que había encabezado huelgas contra los grandes empresarios estaba dispuesto a sentarse a negociar con ellos.
Aquella evolución le granjeó críticas entre los sectores más izquierdistas, pero terminó abriéndole las puertas del poder. El 27 de octubre de 2002, el día de su 57 cumpleaños, Lula derrotó a José Serra y se convirtió en el primer presidente brasileño procedente directamente del movimiento obrero. Su llegada al Planalto representó una ruptura simbólica con una historia política dominada durante décadas por militares, grandes propietarios y dirigentes de las élites económicas.
El presidente que convirtió la lucha contra el hambre en una bandera
Los dos primeros mandatos de Lula, entre 2003 y 2010, coincidieron con una etapa de crecimiento económico favorecida, entre otros factores, por el auge internacional de las materias primas. Su Gobierno aprovechó parte de aquella prosperidad para ampliar las políticas de protección social, impulsar el empleo y combatir la pobreza.
Programas como Bolsa Família, que integró distintas ayudas sociales condicionadas a la escolarización y la atención sanitaria de los menores, se convirtieron en símbolos de su gestión. Millones de brasileños experimentaron mejoras en sus condiciones materiales de vida durante aquellos años. Lula hizo de la lucha contra el hambre una prioridad política y reforzó una relación con las clases populares que ha sobrevivido a las sucesivas crisis del país.
Sin embargo, aquella etapa también estuvo atravesada por contradicciones. El crecimiento económico dependía en buena medida de condiciones internacionales favorables, mientras que las desigualdades estructurales de Brasil, especialmente las territoriales y raciales, estaban lejos de desaparecer. Su Gobierno combinó políticas redistributivas con una relación pragmática con los grandes grupos empresariales y el sector financiero. El antiguo sindicalista había comprendido que gobernar Brasil exigía acuerdos con poderes económicos a los que antes combatía desde la fábrica.
Tampoco consiguió mantener al PT al margen de las prácticas políticas que había prometido combatir. El escándalo del mensalão, una trama de pagos a parlamentarios a cambio de apoyo legislativo, golpeó duramente a su primer Gobierno y provocó la caída de dirigentes próximos al presidente. Años después, la operación Lava Jato volvería a situar la corrupción en el centro de la vida política brasileña y terminaría alcanzando al propio Lula.
Pese a esos episodios, el presidente conservó una enorme popularidad y logró dejar el poder en 2011 con una sucesora de su confianza, Dilma Rousseff. Parecía entonces que su legado iba a prolongarse a través de una nueva generación del Partido de los Trabajadores. La historia acabaría tomando otro rumbo.
Quinientos ochenta días para una resurrección
La década siguiente fue probablemente la más convulsa de su trayectoria. La crisis económica, el deterioro del Gobierno de Rousseff y los escándalos de corrupción erosionaron el predominio político del PT. En 2016, la presidenta fue destituida mediante un juicio político que dividió profundamente al país. Dos años después, Lula ingresó en prisión tras ser condenado por corrupción y blanqueo de capitales en el marco de la operación Lava Jato.
El hombre que había llegado a la Presidencia desde las fábricas pasó 580 días encarcelado. Su condena le impidió concurrir a las elecciones de 2018, que terminaron con la victoria de Jair Bolsonaro, un antiguo capitán del Ejército que había hecho de la reivindicación de la dictadura, el discurso de mano dura y el enfrentamiento con la izquierda elementos centrales de su carrera política.
La situación judicial de Lula cambió en 2021. El Tribunal Supremo Federal anuló sus condenas al determinar que el tribunal de Curitiba carecía de competencia para juzgar aquellas causas. La justicia brasileña también reconoció la parcialidad del entonces juez Sérgio Moro en el procedimiento del apartamento de Guarujá. Las decisiones restituyeron sus derechos políticos, aunque las anulaciones procesales no equivalían a una sentencia absolutoria sobre el fondo de todas las acusaciones.
Para entonces, la política brasileña había cambiado radicalmente. El bolsonarismo había conseguido articular una poderosa coalición de sectores conservadores, parte del empresariado, organizaciones evangélicas y movimientos de extrema derecha. La polarización atravesaba las instituciones y las calles. Lula regresó a la competición electoral en 2022 y consiguió derrotar por un estrecho margen al presidente saliente.
Su victoria no puso fin al enfrentamiento. El 8 de enero de 2023, apenas una semana después de su investidura, miles de seguidores radicalizados de Bolsonaro asaltaron las sedes de los tres poderes en Brasilia. El episodio se convirtió en una de las mayores crisis institucionales desde el retorno de la democracia y acabaría teniendo consecuencias judiciales para el expresidente.
El viejo sindicalista frente a la nueva extrema derecha
Cuatro años después, Lula ha vuelto a enfrentarse al apellido Bolsonaro. Esta vez, frente a Flávio, el hijo mayor del expresidente, que había logrado imponerse en la primera vuelta y aspiraba a devolver a su familia al Palacio del Planalto. La campaña se ha desarrollado en un contexto internacional muy diferente al de las primeras victorias del PT. Donald Trump gobierna nuevamente Estados Unidos y las derechas radicales han ganado presencia institucional en distintos países de América Latina.
La remontada de Lula adquiere una dimensión política especial precisamente por la fortaleza de su adversario. Flávio Bolsonaro ha obtenido casi 60 millones de votos y su Partido Liberal ha salido reforzado de las elecciones legislativas, con 121 diputados y 28 senadores. El presidente ha conservado el Gobierno, pero tendrá enfrente un Congreso en el que las fuerzas conservadoras cuentan con una posición determinante.
Su nueva victoria tampoco puede explicarse exclusivamente como una reacción frente a la extrema derecha. Lula continúa disponiendo de una base electoral sólida en el nordeste, conserva una identificación histórica con los sectores populares y ha demostrado una notable capacidad de movilización. Durante las tres semanas que separaron ambas vueltas, su candidatura logró ampliar sus apoyos hasta superar por más de 4,4 millones de votos al aspirante bolsonarista.
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En política exterior, su continuidad supone además la permanencia de una voz partidaria de la autonomía estratégica brasileña en un momento de creciente presión estadounidense sobre América Latina. Lula mantiene relaciones con Washington, pero también con Pekín y con los principales países emergentes. Su apuesta por los BRICS y por un orden internacional menos dependiente de Estados Unidos forma parte de una tradición diplomática brasileña que ha encontrado en él a uno de sus principales exponentes.
Esa proyección internacional no ha estado exenta de polémicas. Sus posiciones sobre Venezuela y Rusia, así como algunas declaraciones sobre conflictos internacionales, han suscitado críticas dentro y fuera de la izquierda. Lula nunca ha sido un dirigente de contornos ideológicos sencillos. Su política exterior combina principios, intereses económicos y un pragmatismo que también ha caracterizado sus alianzas internas.
El último baile del gigante de Pernambuco
El próximo 27 de octubre, apenas dos días después de su nueva victoria, Lula cumplirá 81 años. Ha ganado cuatro elecciones presidenciales, ha gobernado durante periodos de prosperidad y de crisis, ha sufrido derrotas que parecían definitivas y ha conseguido volver a ocupar el centro de la política brasileña. Su trayectoria abarca desde los últimos años de la dictadura militar hasta la consolidación de una extrema derecha que sigue reivindicando parte de aquel pasado autoritario.
A estas alturas, Lula se ha convertido en una de las figuras más importantes de la historia política latinoamericana contemporánea. Su influencia no se explica únicamente por sus victorias electorales o por el alcance de sus programas sociales, sino por haber construido una identidad política capaz de atravesar generaciones muy diferentes de votantes brasileños.
También deja una paradoja dentro de su propio partido. El PT nació como una organización colectiva de trabajadores, intelectuales y movimientos sociales, pero casi medio siglo después continúa dependiendo electoralmente de su fundador más célebre. Ni los años de Gobierno ni los de oposición han alumbrado una figura capaz de ocupar su lugar.
La victoria de este domingo le garantiza un cuarto mandato, aunque no una legislatura sencilla. Deberá negociar con un Congreso fortalecido a su derecha, responder a las preocupaciones por el coste de la vida y la seguridad, y afrontar las limitaciones económicas de un país que continúa arrastrando profundas desigualdades. El bolsonarismo, lejos de desaparecer, ha demostrado que conserva una enorme capacidad de movilización.
Cuando Lula comenzó a organizar huelgas en las fábricas de São Bernardo do Campo, Brasil estaba gobernado por unos militares que llevaban años reprimiendo a la oposición. Casi cinco décadas después, aquel obrero de Pernambuco vuelve a ocupar la Presidencia tras derrotar por segunda vez en las urnas a un miembro de la familia Bolsonaro. Entre ambas imágenes caben una dictadura, una transición democrática, cuatro presidencias, una condena anulada y buena parte de la historia reciente de América Latina.





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