Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Brasil inventó una manera de jugar al fútbol que terminó convirtiéndose en una forma de reconocerse ante el mundo. De Pelé a Garrincha, de Romário a Ronaldo, de los campos de tierra a Maracaná, el balón ha sido durante generaciones uno de los grandes símbolos compartidos de un país imposible de resumir en una sola imagen. Pero en los últimos años, junto a los escudos, las estrellas y los colores de los clubes, apareció un nuevo protagonista: las casas de apuestas. Primero ocuparon las camisetas, después las vallas de los estadios y finalmente buena parte de la conversación futbolística. En un país de más de 213 millones de habitantes, marcado por profundas desigualdades, el negocio encontró un público gigantesco y una publicidad casi inmejorable. Hasta que Lula decidió prohibirlo. Ahora, con las elecciones presidenciales en el horizonte, las empresas que habían convertido el fútbol en su mejor escaparate están utilizando ese mismo escenario para plantar cara al Gobierno.
Y lo están haciendo sin demasiados rodeos. El pasado 8 de octubre, los jugadores del Flamengo saltaron al césped de Vila Belmiro para enfrentarse al Santos con una camiseta poco habitual. Donde normalmente aparecía el logotipo de Betano, su principal patrocinador, podía leerse una frase: «Proibir não é proteger» («Prohibir no es proteger»). El encuentro terminó con empate a dos, después de que Neymar marcara dos penaltis para el conjunto paulista, pero la protesta del club carioca ya había hecho su trabajo antes del pitido inicial. Uno de los equipos más populares de Brasil había convertido su uniforme en una pancarta contra el presidente de la República.
El Flamengo no estaba solo. El lema había aparecido en las vallas de otros estadios, dentro de una campaña impulsada por las principales organizaciones empresariales del sector. Las casas de apuestas habían encontrado una nueva utilidad para el fútbol: después de invertir millones en camisetas y retransmisiones para atraer clientes, ahora aprovechaban esa misma exposición para presionar al Gobierno. El motivo de semejante ofensiva tenía fecha y firma. El 25 de septiembre, Luiz Inácio Lula da Silva había aprobado la Medida Provisional 1.394, que prohibía la explotación y publicidad de las apuestas deportivas de cuota fija y los casinos online. Una industria multimillonaria quedaba contra las cuerdas y el fútbol, uno de sus principales beneficiarios, entraba de lleno en la disputa.
La decisión llegó, además, en plena campaña electoral. El próximo 25 de octubre, Brasil celebrará la segunda vuelta de unas presidenciales que enfrentarán a Lula con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Las apuestas se han convertido así en otro frente político, mientras los clubes intentan salvar una fuente de financiación que habían incorporado a sus presupuestos como si fuera a durar para siempre.
Mil millones por un sitio en la camiseta
El dinero explica buena parte de la vehemencia de las protestas. Durante años, las casas de apuestas encontraron en el fútbol brasileño una combinación difícil de mejorar: millones de aficionados, una competición de enorme seguimiento y una relación con los clubes que ninguna agencia publicitaria podía fabricar desde cero. Bastaba con colocar una marca sobre una camiseta para entrar en la vida cotidiana de sus seguidores.
Según un estudio de la consultora Convocados publicado por Folha de S.Paulo, las apuestas destinaron aproximadamente 1.030 millones de reales a patrocinar a los equipos de la Serie A en 2025. Un año antes, esa inversión rondaba los 618 millones, lo que supone un crecimiento del 66%. En poco tiempo, las denominadas bets habían conquistado los espacios comerciales más cotizados del campeonato.
El Flamengo es uno de los ejemplos más llamativos. Su contrato con Betano, valorado en unos 268 millones de reales anuales, equivalía aproximadamente al 13,6% de los ingresos registrados por el club en 2025, tomando como referencia las estimaciones publicadas. Incluso para una institución acostumbrada a competir por los grandes títulos y con una de las mayores masas sociales del continente, perder semejante aportación obliga a rehacer las cuentas.
Por apenas R$ 1,99 no primeiro mês (R$ 15/mês depois), você ajuda o Mengão financeiramente e recebe: 100 Vale Bônus por gol do Mengão em lojas parceiras, participa dos sorteios de mais de R$ 1 Milhão em prêmios por mês e ainda pode cancelar quando quiser. Promoção comercial autorizada. https://t.co/lWiVmcoBXF
— Flamengo (@Flamengo) October 13, 2026
Antes de la prohibición, 14 de los 20 equipos de la primera división brasileña llevaban marcas de apuestas en el espacio principal de sus camisetas. El dinero ayudaba a pagar fichajes y salarios, mientras las empresas conseguían algo más valioso que unos segundos de publicidad: asociar sus nombres a escudos que millones de personas llevan toda la vida defendiendo. Su presencia terminó siendo tan habitual que costaba imaginar una retransmisión del Brasileirão sin referencias al juego.
La dependencia, sin embargo, tiene matices. Los 1.030 millones de reales representaban el 7,2% de los ingresos totales de los clubes, que alcanzaron los 14.300 millones en 2025. Pero suponían aproximadamente uno de cada tres reales de sus ingresos comerciales. Las apuestas no sostenían por sí solas el fútbol brasileño, aunque sí se habían convertido en un pilar de su negocio publicitario. Y esa exposición tampoco era igual para todos: algunos equipos podían afrontar la retirada de los patrocinadores con mayor margen que otros.
La medida de Lula ha dejado al descubierto hasta qué punto una parte del campeonato había construido su crecimiento reciente alrededor de una industria cuya continuidad daba por descontada. Ahora los clubes buscan nuevos socios capaces de pagar cantidades que pocos sectores están dispuestos a igualar.
Las camisetas cambian de dueño, no de mensaje
La prohibición obligó a las casas de apuestas a cambiar de estrategia. Hasta septiembre pagaban millones por anunciar sus plataformas; ahora parte de esa publicidad se utiliza para defender su regreso. La campaña «Proibir não é proteger», impulsada por la Associação Nacional de Jogos e Loterias (ANJL) y el Instituto Brasileiro de Jogo Responsável (IBJR), llegó a las vallas de nueve de los diez partidos de la jornada 29 del Brasileirão, con mensajes contra el veto y advertencias sobre el posible crecimiento del juego clandestino. El Flamengo fue más allá al llevar la protesta a su camiseta.
El argumento de las empresas es que cerrar las plataformas autorizadas no impedirá apostar, sino que puede empujar a los usuarios hacia operadores ilegales. El riesgo de desplazamiento hacia el mercado clandestino existe, pero quienes están difundiendo ese mensaje son las mismas compañías que se juegan la continuidad de su negocio. Y han escogido los estadios para librar una batalla que también se desarrolla en los tribunales y el Congreso.
Mientras tanto, los clubes buscan salidas. São Paulo y Fluminense recurrieron a Superscore, una plataforma de estadísticas deportivas vinculada al grupo empresarial de Superbet, para sustituir la presencia comercial de las apuestas. Otros dejaron vacíos los espacios de sus patrocinadores o buscaron acuerdos provisionales. La sustitución por una marca de estadísticas no constituye por sí sola una infracción de la prohibición, pero muestra la rapidez con la que los operadores tratan de conservar su presencia en el deporte.
La protesta tampoco terminó en Vila Belmiro. El 11 de octubre, el clásico entre Flamengo y Fluminense volvió a exhibir el lema contra la prohibición, mientras en las gradas de Maracaná aparecían pancartas dirigidas al Gobierno, al Congreso y al Tribunal Supremo. La batalla había salido de los despachos para instalarse en el terreno de juego y en la conversación de los aficionados.
Dos Brasiles, una pelota y el mismo negocio
Para comprender por qué las apuestas encontraron semejante mercado hay que apartar por un momento la mirada de los estadios. Brasil ocupa 8,5 millones de kilómetros cuadrados, casi 17 veces España, y reúne realidades que a menudo parecen pertenecer a países diferentes. Desde los grandes centros financieros de São Paulo hasta las comunidades aisladas de la Amazonía, la riqueza y la pobreza conviven en una nación donde las oportunidades siguen estando profundamente condicionadas por el lugar de nacimiento y la situación económica.
La educación permite asomarse a esas desigualdades. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), 8,4 millones de brasileños mayores de 15 años no sabían leer ni escribir en 2025, el 4,9% de esa población. La tasa había caído por primera vez por debajo del 5% en la serie iniciada en 2016, pero el nordeste concentraba más de la mitad de las personas analfabetas del país.
La pobreza o el analfabetismo no conducen necesariamente a la ludopatía, pero la vulnerabilidad económica sí agrava los riesgos asociados al juego. El propio Ministerio de Salud brasileño señala, a partir de los estudios que acompañaron la prohibición, que el riesgo de desarrollar dependencia es tres veces mayor entre personas socioeconómicamente vulnerables. Perder cien reales no significa lo mismo para quien dispone de una renta holgada que para una familia que necesita ese dinero para terminar el mes.
Y ahí vuelve a aparecer el fútbol. Pocas cosas atraviesan con tanta facilidad las barreras sociales y geográficas de Brasil. La camiseta del Flamengo llega tanto a los barrios acomodados de Río como a los hogares donde cada real cuenta. Para las casas de apuestas, esa pasión compartida ofrecía un vehículo publicitario extraordinario: millones de personas vinculadas emocionalmente a un mismo escudo, independientemente de su capacidad económica.
Los millones que salieron de los hogares más pobres
Una de las grandes señales de alarma llegó en septiembre de 2024, cuando un informe del Banco Central de Brasil reveló que unos cinco millones de beneficiarios del Bolsa Família, el principal programa de ayudas sociales del país, habían transferido cerca de 3.000 millones de reales a plataformas de apuestas durante el mes de agosto.
La cantidad equivalía aproximadamente a una quinta parte del dinero distribuido aquel mes por el programa, aunque el informe no permitía saber si las transferencias procedían directamente de las ayudas ni cuánto habían perdido realmente los usuarios. Eran pagos a las plataformas, no pérdidas netas. Aun así, el dato mostraba hasta qué punto el negocio había penetrado entre los hogares de menores ingresos.
Según recogió Agência Brasil, el Banco Central estimaba que las transferencias mensuales mediante Pix a las empresas de apuestas oscilaban entonces entre 18.000 y 21.000 millones de reales. Mientras los clubes ingresaban fortunas por anunciar sus marcas, millones de brasileños participaban en un mercado donde la expectativa de conseguir dinero rápido podía resultar especialmente atractiva para quienes atravesaban dificultades económicas.
El crecimiento también comenzó a reflejarse en los indicadores sanitarios. Según el Ministerio de Salud, una investigación de referencia de 2023 identificó alrededor de 10,9 millones de personas con patrones de juego de riesgo o problemáticos. No todas padecían una adicción diagnosticada, pero la cifra retrataba la dimensión del problema. Las atenciones sanitarias relacionadas con el juego aumentaron aproximadamente un 140% entre 2018 y 2025, mientras un estudio citado por el Ejecutivo estimaba su coste social en 38.800 millones de reales anuales, incluyendo consecuencias sobre la salud y la calidad de vida.
Detrás de las estadísticas aparecen las deudas, los conflictos familiares y las dificultades para abandonar el juego. Mientras una parte del fútbol profesional defiende los ingresos que recibe de las casas de apuestas, el sistema sanitario intenta atender los daños asociados a esa misma actividad. Los contratos de patrocinio figuran en los presupuestos de los clubes; sus costes sociales, no.
La última apuesta también pasa por las urnas
El conflicto tiene una peculiaridad que explica parte de su dimensión política. Lula no siempre mantuvo una posición prohibicionista. Las apuestas deportivas de cuota fija fueron habilitadas legalmente en 2018, durante la presidencia de Michel Temer, y el propio Gobierno de Lula impulsó una regulación más completa en 2023. El sistema federal de licencias comenzó a funcionar en 2025, permitiendo que las empresas autorizadas operasen bajo supervisión estatal.
Las compañías invirtieron enormes cantidades de dinero, obtuvieron licencias y firmaron contratos con los clubes. Apenas un año después, el Ejecutivo decidió cerrar el mercado. Un cambio de rumbo que ha dado argumentos a quienes cuestionan la seguridad jurídica de la medida, mientras el Gobierno defiende la necesidad de actuar frente al endeudamiento y los daños asociados al juego.
La decisión llegó a pocos días de la primera vuelta electoral. Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL) e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, calificó la prohibición de populista, hipócrita y electoralista. El senador ha defendido el veto a los casinos online, aunque se ha mostrado favorable a mantener las apuestas deportivas bajo determinadas condiciones.
Esa distinción también se encuentra sobre la mesa del Congreso brasileño. Según publicó Folha de S.Paulo, diputados vinculados al denominado Centrão, un bloque parlamentario decisivo para construir mayorías, estudian modificar la medida provisional para permitir las apuestas deportivas mientras mantienen las restricciones sobre los casinos virtuales. Los intereses de los operadores, los clubes y la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) también forman parte de las negociaciones.
La disputa no se resolverá automáticamente el 25 de octubre, cuando Lula y Bolsonaro vuelvan a enfrentarse en las urnas. La Medida Provisional 1.394 continúa vigente, pero necesita completar su tramitación parlamentaria y está sometida a controversias judiciales. De hecho, el Congreso ya había recibido 99 enmiendas al texto hasta este 14 de octubre. Algunas compañías han recurrido a los tribunales y Stake consiguió una resolución provisional que le permite mantener su página operativa hasta la segunda vuelta electoral.
El cierre también afecta directamente a los apostadores. Este 14 de octubre termina el plazo previsto para que las entidades financieras devuelvan los saldos pendientes de las plataformas, conforme al calendario establecido por el Gobierno. Es la cara menos visible de una decisión que ha alterado en pocas semanas el mercado brasileño del juego.
En los estadios, entretanto, la protesta continúa. Los clubes necesitan sustituir unos patrocinios millonarios y las empresas quieren recuperar un negocio que había encontrado en la pasión futbolística su mejor aliado. Durante años, las casas de apuestas pagaron fortunas por aparecer junto a los escudos que movilizan a millones de brasileños. Ahora esos mismos escudos acompañan los mensajes con los que intentan salvar su actividad.
Brasil sigue hablando el idioma del fútbol. Las casas de apuestas han aprendido a utilizarlo para discutir de política.





Comentarios
Solo los socios pueden comentar.
Únete a la comunidad de El Plural para participar en la conversación.