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Primero llegaron Cristiano Ronaldo, Karim Benzema y Neymar. Después el golf, el boxeo, la Fórmula 1, el Mundial de 2034 y una sucesión de proyectos que parecían confirmar que Arabia Saudí no tenía límites cuando se trataba de utilizar el deporte como herramienta de transformación, influencia y proyección internacional.
Ahora empiezan a llegar las cuentas. LIV Golf busca dinero para sobrevivir a una reestructuración, la Saudi Pro League introduce mecanismos de control financiero y algunos de los símbolos más ambiciosos de Vision 2030 han dejado de ser intocables. Arabia Saudí no está abandonando el deporte, pero sí empieza a preguntarse con más insistencia cuánto retorno obtiene de todo lo que compró.
El cambio resulta especialmente visible en LIV. El circuito que nació en 2022 respaldado por el Public Investment Fund (PIF) y dispuesto a desafiar al PGA Tour con contratos multimillonarios se encuentra cuatro años después bajo protección del Chapter 11 estadounidense. Sus activos se sitúan entre 100 y 500 millones de dólares, mientras que sus pasivos oscilan entre 500 y 1.000 millones. Reuters detalla la reestructuración y la entrada de hasta 300 millones de dólares de BC Partners Credit. Entre los acreedores aparecen además nombres como Jon Rahm, Bryson DeChambeau, Dustin Johnson y Cameron Smith.
El problema no es que Arabia Saudí se haya quedado sin dinero. El PIF cerró 2025 con más de 900.000 millones de dólares en activos bajo gestión, unos ingresos de 120.000 millones y un beneficio neto de 17.000 millones, según sus propias cuentas. El informe anual del PIF cifra así su músculo financiero. La cuestión es otra: la estrategia entra en una fase en la que cada activo debe justificar mejor su coste, especialmente después de años en los que la prioridad fue ganar visibilidad, posición internacional y capacidad de influencia con una velocidad difícil de alcanzar por otras vías.
Ahí aparece inevitablemente el sportswashing. Organizaciones como Amnistía Internacional llevan años denunciando que Arabia Saudí utiliza el deporte para mejorar su imagen exterior mientras mantiene graves problemas en derechos humanos, libertad de expresión, derechos de las mujeres, derechos LGTBI o condiciones de trabajadores migrantes. La candidatura al Mundial de 2034 fue descrita por la propia organización como un intento de blanquear el historial del país y como una propuesta insuficiente frente a los estándares de derechos humanos exigidos por FIFA. Amnistía Internacional cuestionó abiertamente la candidatura saudí al Mundial de 2034.
El primer gran agujero del imperio deportivo saudí
Pocas inversiones explican mejor la nueva fase que LIV. El PIF ha aportado más de 5.000 millones de dólares desde el nacimiento del circuito, una cantidad que permitió levantar una competición global casi desde cero, ofrecer premios fuera de escala y convencer a algunas de las principales figuras del golf para abandonar el ecosistema tradicional. Reuters cifra en más de 5.000 millones la inversión recibida por LIV desde 2022.
El dinero consiguió alterar el tablero. LIV obligó al PGA Tour a reaccionar, rompió consensos, desencadenó litigios y convirtió una competición recién creada en uno de los grandes temas del golf mundial. Pero atraer estrellas es solo una parte del negocio. Para mantenerse hacen falta derechos audiovisuales, patrocinadores, audiencias, entradas, inversores y una estructura capaz de sostenerse cuando el propietario deja de cubrir todas las pérdidas.
Ese momento ha llegado. El PIF comunicó este año que no mantendría su financiación más allá de 2026, al considerar que nuevas aportaciones dejaban de encajar con sus prioridades estratégicas. LIV tuvo que buscar inversión externa y rediseñar su futuro alrededor de una estructura en la que los propios jugadores ganarían peso accionarial. Reuters explicó en agosto el giro de LIV hacia la independencia financiera del PIF.
La entrada de BC Partners Credit puede aportar hasta 300 millones de dólares para respaldar ese proceso, pero el dato importante no está únicamente en la cifra. Está en quién tiene que poner ahora el dinero. El circuito que nació como demostración del poder financiero saudí necesita convencer a inversores privados de que existe un negocio detrás del experimento.
Durante los primeros años, el retorno de LIV podía medirse también en términos de influencia. Arabia Saudí consiguió que su nombre apareciera semana tras semana asociado a algunos de los mejores golfistas del mundo, introdujo su marca en mercados occidentales y se aseguró un lugar central en una disciplina en la que apenas tenía peso anteriormente. Esa capacidad para comprar presencia internacional explica también las acusaciones de sportswashing: aunque la explotación comercial tardara en responder, la inversión podía seguir siendo útil como instrumento de imagen.
Ahora ese retorno político y reputacional empieza a convivir con una exigencia más clásica. La visibilidad ya no basta para justificar indefinidamente las pérdidas.
El día después de Cristiano, Benzema y Neymar
El fútbol saudí empieza a hablar un idioma parecido. La llegada de Cristiano Ronaldo al Al-Nassr a finales de 2022 abrió una etapa que se aceleró un año después con los fichajes de Benzema, Neymar, Mané, Mahrez o Kanté. En apenas unos meses, la Saudi Pro League pasó de ocupar un espacio periférico en el fútbol internacional a convertirse en uno de sus mercados más agresivos.
El desembarco estuvo acompañado por una transformación de la propiedad. El PIF asumió el control mayoritario de Al-Hilal, Al-Nassr, Al-Ittihad y Al-Ahli dentro de un plan para elevar la calidad de la competición y convertir el fútbol en una pieza relevante de la economía saudí. Desde 2023, los clubes de la liga habían gastado ya más de 1.500 millones de dólares en fichajes cuando la propia competición empezó a introducir un concepto que durante la fase inicial parecía secundario: sostenibilidad. Reuters explica las nuevas reglas financieras de la Saudi Pro League.
El Ministerio de Deportes ha reforzado la supervisión mediante un Financial Oversight Committee, mientras la liga reduce plantillas, potencia jugadores jóvenes y acelera su apertura al capital privado. No supone el final de los grandes fichajes, sino una búsqueda de equilibrio entre el espectáculo comprado y una estructura capaz de pagar la factura en el futuro.
La venta del 70% del Al-Hilal a Kingdom Holding es especialmente significativa. La operación, anunciada en abril, valoró el capital social del club en unos 1.400 millones de riales saudíes, alrededor de 373 millones de dólares. Reuters detalla la entrada de Kingdom Holding en Al-Hilal. El movimiento encaja con una estrategia más amplia de privatización y de búsqueda de capital externo en un sector que el Estado quiere convertir en actividad económica y no solo en escaparate.
La incógnita está en si la liga será capaz de transformar atención en ingresos. Derechos televisivos, patrocinios, venta de entradas y explotación comercial deben crecer si el campeonato quiere reducir su dependencia de la financiación pública. Fichar a una superestrella permite comprar notoriedad en un día. Conseguir que millones de espectadores sigan viendo esa competición durante años exige algo mucho más difícil.
El sportswashing no desaparece por ese giro. Al contrario, ayuda a entender por qué Arabia Saudí podía asumir inicialmente inversiones cuya rentabilidad convencional era dudosa. La liga no solo debía generar dinero: tenía que colocar al país dentro del fútbol global, normalizar su presencia en él y vincular su marca a futbolistas con cientos de millones de seguidores. Lo que cambia ahora es la exigencia de combinar ambos objetivos.
Hasta los sueños futuristas pasan por la tijera
La revisión ha alcanzado también uno de los proyectos más llamativos del Mundial de 2034. Arabia Saudí había proyectado un estadio integrado en The Line, la ciudad lineal de NEOM, con capacidad para unos 46.000 espectadores y situado en una estructura diseñada para convertirse por sí misma en una imagen global del torneo.
Ese estadio está ahora aparcado indefinidamente. Reuters reveló esta semana que Arabia Saudí ha frenado el estadio de NEOM previsto para 2034. El proyecto estaba valorado en alrededor de 2.500 millones de dólares y había sido presentado como una de las sedes más futuristas de la candidatura saudí.
La decisión no supone una retirada del Mundial. Arabia Saudí mantiene el desarrollo de 15 estadios en cinco ciudades y los proyectos asociados a esas sedes se valoran en unos 22.700 millones de dólares. Lo significativo es que uno de los grandes emblemas de Vision 2030 puede quedar fuera cuando su coste deja de encajar con las nuevas prioridades.
NEOM tampoco es un caso aislado. Arabia Saudí está revisando otros proyectos culturales y de entretenimiento en medio de una mayor presión sobre el gasto. Incluso los Joy Awards, concebidos como uno de los grandes escaparates internacionales de Riad, se encuentran entre los eventos afectados por los recortes. Reuters ha informado también de ajustes en el sector saudí del entretenimiento.
El contraste es especialmente relevante porque el Mundial permanece en el centro de la estrategia internacional del país. Para sus críticos, representa además uno de los ejemplos más ambiciosos de sportswashing de los últimos años. Amnistía ha cuestionado que la organización del torneo avance sin compromisos suficientes para reformar el sistema laboral, proteger la libertad de expresión o terminar con leyes discriminatorias.
Nada de eso significa que Arabia Saudí renuncie al deporte ni que el sportswashing haya perdido utilidad como herramienta de proyección exterior. El país todavía dispone de un fondo soberano gigantesco, organiza algunos de los mayores acontecimientos deportivos del mundo y prepara un Mundial que extenderá esa estrategia durante la próxima década.
Lo que parece terminarse es otra etapa: aquella en la que ganar visibilidad bastaba para justificar casi cualquier desembolso. Arabia Saudí ya ha comprado buena parte de la atención que buscaba. Ahora necesita demostrar que detrás del escaparate también puede existir un negocio.
El cheque continúa siendo enorme. Lo que empieza a dejar de estar en blanco es la cantidad.



