Durante tres años, la transformación del fútbol saudí tuvo nombres propios. Cristiano Ronaldo, Karim Benzema, Neymar, Mané. La imagen del proyecto fue la llegada de futbolistas que hasta entonces parecían fuera del alcance de una competición situada lejos de las grandes ligas europeas. Pero mientras los focos estaban en los aeropuertos y las presentaciones, Arabia Saudí estaba construyendo algo menos visible y probablemente más importante para entender qué pretende hacer con su fútbol: un nuevo mercado de propietarios.
El último movimiento se produjo este miércoles, 19 de agosto. El Ministerio de Deportes saudí inició el proceso para transferir al Public Investment Fund (PIF) el 25% de Al-Hilal, Al-Nassr, Al-Ittihad y Al-Ahli que todavía permanecía en manos de las organizaciones sin ánimo de lucro vinculadas a cada club. También se disuelven los consejos de administración de esas organizaciones. El fondo soberano ya poseía el otro 75% desde la gran reorganización anunciada en 2023.
La operación deja a los cuatro gigantes encaminados hacia una fase distinta. El PIF pasa de controlar ampliamente las sociedades a concentrar su propiedad antes de facilitar la entrada de inversores. La palabra empleada oficialmente desde el nacimiento del proyecto resulta reveladora: privatización.
La aparente paradoja es una buena puerta de entrada al modelo saudí. Para privatizar una parte importante de su fútbol, el Estado decidió primero tomar su control.
Primero el Estado, después el mercado
En junio de 2023, el Gobierno saudí presentó el Sports Clubs Investment and Privatization Project. La transformación de los cuatro grandes clubes fue una de sus medidas centrales: Al-Hilal, Al-Nassr, Al-Ittihad y Al-Ahli dejaron atrás su estructura anterior y fueron convertidos en sociedades, con el PIF como propietario del 75% y una organización sin ánimo de lucro asociada a cada entidad conservando el 25% restante.
El reparto accionarial no era el único elemento novedoso. La estructura diseñada entonces reservaba cierta capacidad institucional a esas organizaciones. Sus asambleas incorporaban a miembros procedentes de las antiguas asambleas generales de los clubes, elegían sus propios consejos y podían nombrar dos de los siete integrantes del consejo de administración de la sociedad deportiva. Uno de esos dos representantes ejercía además como presidente. Los otros cinco consejeros eran designados por el PIF.
No era un sistema comparable al de un club español propiedad de sus socios, ni un contrapeso capaz de discutir el control empresarial del fondo soberano: con tres cuartas partes del capital y cinco de siete consejeros, el PIF disponía desde el principio de la posición dominante. Pero aquel 25% representaba algo más que una anotación contable. Conservaba dentro de la nueva arquitectura empresarial un vínculo formal con una estructura no lucrativa del club. Ese elemento es precisamente el que ahora desaparece.
La explicación oficial del proceso iniciado en 2023 era que la entrada del fondo proporcionaría capital, conocimiento de gestión, mejores estructuras operativas y capacidad para generar nuevos ingresos. La Saudi Pro League sostiene que la transformación posterior ha producido resultados: dentro de su programa PACE, la competición afirma que el valor agregado de mercado de los clubes aumentó un 221% y que los ingresos conjuntos de clubes y competición crecieron un 353% durante la primera fase del programa. Son cifras de la propia liga y deben leerse como tales, pero ilustran la dimensión empresarial que el proyecto atribuye a estos tres años de intervención.
Ya no se trata únicamente de conseguir que una competición desconocida internacionalmente contrate a algunos de los futbolistas más famosos del planeta. El objetivo declarado es que los clubes generen más por patrocinio, entradas, mercancía y explotación comercial y que el fútbol aumente su peso dentro de una economía que Vision 2030 pretende diversificar más allá del petróleo.
En ese esquema, el PIF funciona menos como un propietario deportivo convencional que como instrumento para transformar activos que después puedan interesar a otros inversores.
Al-Hilal enseña el camino
Si existe un club que permite observar el ciclo completo, es Al-Hilal. El pasado 16 de abril, PIF y Kingdom Holding Company (KHC) anunciaron un acuerdo vinculante para que el grupo inversor presidido por el príncipe Alwaleed bin Talal adquiera el 70% del capital de Al-Hilal Club Company. La operación toma como referencia una valoración empresarial de 1.400 millones de riales saudíes para el conjunto del club, unos 320 millones de euros al cambio aproximado actual. El cierre todavía depende de las autorizaciones regulatorias y de las condiciones previstas en el acuerdo, por lo que no puede darse aún por consumada la transferencia.
Más interesante que el comprador es la justificación que ofrece el propio vendedor. El comunicado del PIF sostiene que, desde que se convirtió en accionista mayoritario de Al-Hilal en julio de 2023, impulsó cambios en gobernanza, rendimiento operativo, instalaciones e infraestructuras, y que ese proceso se reflejó en crecimiento comercial mediante patrocinios, merchandising e ingresos de los días de partido. El fondo explica además que la venta encaja en su estrategia para maximizar retornos y “reasignar” capital dentro de la economía saudí.
En lenguaje futbolístico, el Estado ayuda a hacer crecer el club. En lenguaje financiero, invierte en un activo, aumenta su capacidad comercial, da entrada a otro inversor y recicla el capital.
La similitud con algunas estrategias del private equity resulta tentadora, aunque conviene no exagerarla: PIF no es un fondo privado sino un fondo soberano, con objetivos económicos y políticos ligados a la estrategia del Estado saudí. Precisamente por eso el proceso es peculiar. El mercado que Riad quiere desarrollar no surge de la retirada del poder público. Es el propio poder público quien lo está construyendo.
El caso Al-Hilal elimina, además, la posibilidad de considerar la privatización una vaga intención de futuro. Hay una operación concreta y firmada. Si finalmente supera las condiciones necesarias, Kingdom Holding se convertiría en accionista de control con un 70%, mientras PIF seguiría dentro del capital.
La siguiente pregunta es qué fórmulas se utilizarán con Al-Nassr, Al-Ittihad y Al-Ahli y quiénes estarán en condiciones de comprarlos.
El mercado de propietarios que Riad quiere construir
Reducir todo el proceso a los equipos de Cristiano Ronaldo o Benzema también sería quedarse corto.
En junio, el Ministerio de Deportes y el National Center for Privatization & PPP pusieron formalmente en el mercado otros cinco clubes: Al-Riyadh, Abha, Al-Fateh, Al-Tai y Al-Shoulla. Las autoridades saudíes aseguraron entonces que ya habían recibido más de 80 expresiones de interés relacionadas con 22 clubes. Según el Ministerio, una vez que existe interés por una entidad, el procedimiento de oferta y transferencia puede extenderse durante entre ocho y diez meses.
Otros clubes habían avanzado antes. El proyecto, por tanto, no busca solamente encontrar un propietario rico para cuatro gigantes: pretende convertir la propiedad privada de equipos en una pata estructural del nuevo deporte saudí.
Eso cambia también la forma de interpretar el gasto de los últimos años. Las grandes contrataciones fueron fundamentales para elevar rápidamente la visibilidad de la Saudi Pro League, pero el Gobierno necesita que esa notoriedad termine produciendo una economía deportiva menos dependiente de una inyección permanente de dinero público. Para ello hacen falta espectadores, patrocinios, derechos audiovisuales, ingresos comerciales y, finalmente, inversores convencidos de que poseer un club saudí puede tener valor económico.
La SPL asegura haber incrementado un 115% sus ingresos comerciales centralizados durante la primera fase de su programa de transformación. De nuevo, son datos facilitados por la propia competición y no sustituyen a unas cuentas consolidadas y homogéneas de todos los clubes, pero ayudan a entender qué indicador quiere exhibir Arabia Saudí ante posibles compradores: no únicamente crecimiento deportivo, sino capacidad de monetización.
Mientras tanto, el Estado sigue lejos de abandonar el escenario. El Ministerio de Deportes presentó este mismo agosto su estrategia de apoyo a clubes para la temporada 2026-27, basada en siete áreas que incluyen financiación directa, gobernanza, asistencia de público, instalaciones, transformación digital y aumento de los ingresos comerciales. Privatización y apoyo público no aparecen así como políticas incompatibles, sino como partes simultáneas del mismo modelo.
¿Qué queda del club cuando llega el inversor?
Hay una segunda lectura menos financiera y quizás más incómoda.
Cuando comenzó el proyecto de 2023, las organizaciones sin ánimo de lucro mantenían aquel 25% y designaban dos miembros del consejo de administración de cada sociedad. El modelo otorgaba al PIF el control real, pero conservaba una vía institucional diferenciada de la del accionista público.
Con la transferencia anunciada ahora, esa participación se integra en el fondo soberano y los consejos de las organizaciones se disuelven. El objetivo es facilitar una estructura de propiedad más atractiva para la siguiente fase inversora.
Y aparece una cuestión conocida en buena parte del fútbol europeo: qué mecanismos quedan para representar al entorno social de un club cuando la entidad se transforma en un activo negociable.
La comparación debe hacerse con cautela. El modelo saudí no procede de una tradición asociativa idéntica a la española o alemana y sería engañoso presentar ese 25% como si equivaliera a la propiedad de los socios del Athletic, Barcelona, Real Madrid u Osasuna. Pero sí existía una estructura no lucrativa con representación propia dentro del nuevo diseño societario. Esa estructura pierde ahora su participación.
El contraste con Europa resulta sugerente. Alemania intenta proteger la influencia de los socios mediante el 50+1. En Inglaterra, el crecimiento de fondos y multimillonarios ha generado debates sobre regulación y sobre la protección de estadios, nombres, colores e identidad. En España, la transformación en sociedades anónimas deportivas dejó cuatro grandes excepciones históricas.
Arabia Saudí está construyendo su mercado en sentido contrario y a una velocidad mucho mayor: del club tradicional a la sociedad, de la sociedad al control del fondo soberano y del fondo soberano al futuro inversor privado.
El proceso tampoco supone necesariamente que el PIF vaya a desaparecer. El acuerdo con Kingdom Holding prevé que continúe como accionista de Al-Hilal, y el fondo mantiene inversiones deportivas dentro y fuera del país. Además de los cuatro clubes saudíes, está detrás del consorcio que controla Newcastle United y su cartera deportiva se extiende a proyectos como LIV Golf.
Por eso quizá sea impreciso describir lo que sucede simplemente como una retirada del Estado. Arabia Saudí no está desmontando el sistema que levantó en 2023. Está intentando llevarlo a su siguiente fase.
Los grandes fichajes consiguieron atención internacional. La inversión pública ayudó a transformar las estructuras. Ahora toca comprobar si esa transformación es suficiente para que empresarios y fondos estén dispuestos a pagar por los clubes y bajo qué condiciones. Al-Hilal ya tiene un comprador para el 70% sujeto a autorizaciones. Otros 22 clubes han despertado, según el Gobierno, algún tipo de interés inversor. El resto del experimento todavía se está escribiendo en despachos bastante más silenciosos que un mercado de fichajes.
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