Gianni Infantino puede marcharse de la FIFA y, aun así, muchas cosas pueden permanecer exactamente en el mismo sitio. Esa es probablemente la pregunta más importante que ha dejado la rebelión interna que amenaza con terminar con una década de presidencia del dirigente suizo: si el fútbol internacional está preparando una reforma de su sistema de gobierno o simplemente una nueva distribución del poder entre quienes ya lo ocupan.
Los adversarios de Infantino han empezado a hablar de transparencia, consulta, controles y límites al presidencialismo. También de una FIFA en la que el máximo dirigente deje de concentrar tanta capacidad de decisión. Según un documento de trabajo publicado por Le Monde, representantes de UEFA, la Confederación Asiática (AFC) y Concacaf han estudiado incluso una fórmula que sustituiría al actual presidente ejecutivo por una figura esencialmente representativa, con mandatos rotatorios de dos años, mientras un consejero delegado asumiría buena parte de la gestión ordinaria.
Es una modificación de enorme calado. También encierra una paradoja difícil de ignorar. Los dirigentes que ahora presentan el presidencialismo como un problema no observaban la FIFA desde fuera mientras Infantino acumulaba poder. Gobernaban las principales confederaciones del planeta, ocupaban puestos en el Consejo de FIFA y participaban en una estructura cuya fragilidad institucional no apareció con el fracasado intento de introducir capital privado en el negocio de los Mundiales.
Eso no convierte sus críticas actuales en falsas. Sí obliga a examinarlas con el mismo rigor con el que durante semanas se ha examinado al presidente.
Diez años sentados en la misma mesa
La fotografía actual resulta especialmente reveladora. Aleksander Ceferin preside la UEFA desde septiembre de 2016, apenas siete meses después de que Infantino llegase al poder. Victor Montagliani gobierna Concacaf desde mayo de aquel mismo año y además es vicepresidente de la FIFA. Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa dirige la AFC desde 2013, ocupa una vicepresidencia de la FIFA y fue precisamente el hombre al que Infantino derrotó en las elecciones presidenciales de 2016: 115 votos frente a 88 en la segunda ronda, según la información de Reuters sobre aquel Congreso.
No forman, por tanto, un grupo de recién llegados que acabe de descubrir cómo funciona Zúrich. Salman lleva más de una década dentro del núcleo institucional. Montagliani y Ceferin han recorrido prácticamente en paralelo toda la presidencia de Infantino. Y durante esos años la FIFA no ocultó precisamente la dirección que estaba tomando.
El programa FIFA Forward, una de las herramientas que más ha reforzado la relación entre la organización mundial y las federaciones nacionales, distribuyó aproximadamente 2.800 millones de dólares entre 2016 y 2022, según los datos oficiales de FIFA. En el ciclo 2023-2026 cada asociación podía acceder a hasta ocho millones de dólares para proyectos y otras ayudas. La institución defendía el mecanismo como una inversión histórica en desarrollo; sus críticos llevan tiempo señalando que semejante capacidad distributiva también concede a la presidencia una formidable herramienta de influencia política. La propia FIFA detalla aquí el funcionamiento del programa.
El proyecto que terminó desencadenando la revuelta llevaba esa lógica mucho más lejos. FIFA Forward Enterprise (FFE) pretendía reunir buena parte del negocio comercial de la organización en una compañía valorada en unos 20.000 millones de dólares y abrir hasta el 20% de su capital a inversores externos. La propuesta aspiraba a recaudar alrededor de 4.200 millones y prometía elevar las aportaciones directas del siguiente ciclo desde ocho hasta 20 millones por federación, con la posibilidad de acceder a otros 20 millones adicionales mediante otro programa. Reuters explicó la estructura económica del proyecto y la propia FIFA había detallado públicamente esas cantidades.
La operación terminó retirada ante una oposición extraordinaria. Y ahí se produjo el cambio de lenguaje.
UEFA, AFC y Concacaf acusaron conjuntamente a Infantino de haber quebrado la confianza y reclamaron una revisión completamente independiente del proceso. En la carta difundida el 10 de agosto denunciaron que el presidente se había situado por encima de la decisión colectiva.
La crítica es grave y concreta. Pero también plantea una pregunta anterior: ¿por qué los mecanismos ordinarios de gobierno no frenaron antes una concentración de poder que ahora se describe como intolerable?
FIFA tiene un Consejo de 37 integrantes: el presidente, ocho vicepresidentes y 28 miembros elegidos a través de las confederaciones. Su diseño surgió precisamente de las reformas posteriores a la crisis de corrupción que derribó el régimen de Sepp Blatter. Hay límites de mandato, comités, controles financieros y órganos internos que debían impedir que el poder volviese a concentrarse alrededor de una sola persona. La composición y las competencias del Consejo pueden consultarse en la web oficial de FIFA.
Diez años después, los dirigentes que ocupan algunos de sus principales asientos sostienen que el sistema no basta.
Después del rey queda el sistema
El riesgo consiste en confundir la retirada de Infantino con una democratización automática de la FIFA.
La coalición opositora tiene razones evidentes para querer reducir el poder presidencial. UEFA mantiene desde hace años disputas con FIFA por el calendario internacional, la expansión de competiciones y el equilibrio entre torneos de clubes y selecciones. Concacaf acaba de organizar el Mundial más grande de la historia en Norteamérica y dispone de un peso comercial creciente. Asia persigue desde hace tiempo una mayor influencia en la estructura mundial. Las tres confederaciones pueden coincidir en que Infantino ha ido demasiado lejos sin compartir necesariamente la misma idea sobre quién debe ocupar el espacio que deje.
La propia rebelión asiática demuestra que ni siquiera las confederaciones hablan con una sola voz. El presidente de la federación de Qatar, Hamad bin Khalifa Al-Thani, miembro del comité ejecutivo de la AFC y del Consejo de FIFA, protestó formalmente porque aseguró no haber sido consultado antes de que la AFC firmase la carta conjunta contra Infantino. Qatar, Marruecos, Egipto, Líbano, Sudán y Mauritania han expresado entretanto su respaldo al presidente.
La división importa porque revela otra característica de FIFA que sobrevivirá a cualquier presidente. Sus 211 federaciones nacionales disponen de un voto cada una en el Congreso. Europa tiene 55 asociaciones, Asia 46 y Concacaf 35, pero ninguna confederación puede disponer automáticamente de sus sufragios. Así llegó Infantino al poder en 2016 pese a que la propia CAF africana había respaldado oficialmente a Salman: varias federaciones africanas rompieron la disciplina del bloque y ayudaron a darle la victoria al entonces secretario general de UEFA.
Ese sistema puede describirse como una de las pocas estructuras igualitarias del deporte internacional: Alemania tiene formalmente el mismo voto que San Marino. También puede verse como el origen de una política basada en la construcción permanente de alianzas y en la dependencia económica de muchas federaciones respecto a los fondos que reparte Zúrich. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Por eso hay algo insuficiente en reducir el debate a quién ocupará el despacho de Infantino.
El propio programa reformista que circula entre sus opositores ofrece pistas interesantes: rebajar la presidencia a una función más ceremonial, limitar el mandato a dos años y entregar la administración profesional a un CEO respondería directamente al enorme personalismo desarrollado por FIFA desde los tiempos de João Havelange y Blatter.
Pero trasladar las decisiones del presidente a un consejo o a un consejero delegado no responde automáticamente a otras preguntas: quién controla a ese ejecutivo, quién nombra a los supervisores, cómo participan jugadores, entrenadores, sindicatos, fútbol femenino o aficionados y dónde termina la función regulatoria de FIFA y empieza su negocio comercial.
Ese último conflicto puede ser más profundo que el nombre del próximo presidente. Un análisis publicado por el Financial Times por un antiguo responsable del comité de gobernanza de FIFA ha señalado precisamente la contradicción de una institución que actúa simultáneamente como regulador mundial, organizador de competiciones y gigantesca empresa comercial. La tensión entre esos papeles existía antes de Infantino y seguirá existiendo después de él si ninguna reforma toca su estructura.
También existe otro dato poco compatible con la imagen de una revolución institucional completa: solo 10 de las 211 federaciones miembro de FIFA están presididas actualmente por mujeres, según Reuters. El fútbol femenino ha tenido un papel importante en las últimas semanas de contestación y varias dirigentes han sido especialmente duras con Infantino, pero su presencia real en los lugares donde se distribuye el poder continúa siendo extraordinariamente pequeña.
Por eso la caída del presidente puede terminar siendo solo la primera parte de la historia.
Infantino llegó a FIFA en 2016 después de la implosión del sistema de Blatter y prometiendo recuperar la credibilidad de una organización devastada por los escándalos. Una década después, sus adversarios vuelven a hablar de reconstrucción, transparencia y confianza. El vocabulario se parece demasiado al de entonces como para no hacerse algunas preguntas.
La más sencilla también es la más incómoda: si quienes han compartido durante diez años los órganos que debían controlar al presidente consideran ahora que la presidencia acumuló demasiado poder, ¿qué van a cambiar exactamente para impedir que vuelva a ocurrir? Echar al rey puede ser relativamente fácil. Lo difícil será demostrar que esta vez la corte no está buscando simplemente otro.
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