Levantarte una mañana y descubrir que la persona con la que llevas años compartiendo vida, brindado, llorando, soñando un futuro, pensando en tener hijos no es quien dijo ser, ni siquiera su nombre, parece un escenario doloroso reservado a una novela. Entender que su único interés era averiguar toda la información posible para hacerte daño a ti y a tu entorno empujaría a cualquiera que sufriera esta situación a un pozo anímico, con sus graves derivadas físicas, del que quizá nuca salir. Desconfianza y miedo de por vida. El día a día de movimientos políticos y sociales de izquierdas y de sus militantes.

Una mañana Manuel o Laura pasan a ser el agente 888888 y todo tu mundo se viene abajo. Tú, con un nombre real y la vida tatuada en la cara, te preguntas cómo pudo estar engañándote durante años. Un supuesto garante de la seguridad ciudadana entrando en tu casa, la de tu familia, la de tus amigos e, incluso, manteniendo relaciones sexuales contigo bajo engaño. “Es un agresor sexual que se ha inventado una vida falsa con la que conseguir mantener relaciones conmigo y poder extraerme más información”, puedes llegar a pensar. 

Tampoco entiendes el motivo, pues tu asamblea está conformada por personas normales que tan solo buscan una vida mejor para sus iguales, sin incurrir en ningún tipo de delito ni motivar indicio o sospecha alguna que justifique la actuación policial encubierta. Realmente sí sabes a qué se debe esta actuación contra la agrupación popular, por eso denunciarlo ante sus compañeros no parece una solución, tampoco acudir a la Justicia que deja pasar estas prácticas. Autodefensa y trabajo de detección precoz parecen la única manera de prevenir.

Persecución al que destapa el engaño

Los medios de comunicación no suelen ser los mejores aliados para descubrir a Judas, aunque para todo hay excepciones. El periódico catalán Directa ha destapado a más de una rata y otros como Vilaweb o Diari de Balears se han hecho eco, decisiones que están pagando duramente. Los policías infiltrados, que no contaban con indicios y tampoco encontraron pruebas, se han ido de rositas, pese a haber llegado a traspasar la barrera sexual con las personas militantes a las que engañaban; sin embargo, los medios que los desenmascararon se enfrentan a grandes multas. 

La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), que no debe tener otra cosa mejor que hacer, ha iniciado un procedimiento sancionador contra Directa, que ha lanzado una campaña de apoyo, por revelar las infiltraciones de cuatro policías sin autorización judicial y sin contar con un marco legal que lo justifique, al ser agentes de inteligencia y no agentes encubiertos, como reconoció el propio Ministerio. Las plataformas que replicaron la información, Vilaweb y Diari de Balears, también están afectadas y todas ellas se enfrentan a multas de miles de euros y a la obligada retirada de las informaciones. 

Sugerencias para Marlaska

Una humilde sugerencia para nuestro excelentísimo ministro del Interior, que mira para otro lado o se hace el sorprendido cuando alguno de sus agentes aparece embozado en una manifestación de Núcleo Nacional o compadrea con los escuadristas fascistas de cualquier empresa de desokupación, es invertir los papeles. Quizá infiltrar a un militante que diariamente lucha por la vivienda y el bienestar de sus vecinos sin buscar un beneficio personal en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado podría hacer aflorar a los ultraderechistas peligrosos con placa y pistola. 

Sobra decir que no hay que sobreentender que todos los uniformados son malos o que determinadas unidades incurren en delitos o malas praxis para que sea justificado infiltrar activistas que conozcan todos los detalles de sus vidas privadas. Ni siquiera hacen falta pruebas o indicios, como sucede a la inversa. El fin lo justifica, pues conocer el gimnasio al que acuden, los cuadernillos que colorean e incluso sus hábitos sexuales puede ser clave para frenar al futuro Villarejo, detener a los socios de narcotraficantes con dinero escondido tras las paredes o evitar tramas político-policiales que persiguen a inocentes llegando incluso a matarlos y enterrarlos en cal.

Si bien es cierto que estos policías armados son casos aislados y manzanas podridas, o eso dicen en todos los medios de comunicación, y en lo que se refiere a los activistas pacíficos del movimiento de la vivienda o de algún sindicato o asociación barrial podemos estar ante peligrosos terroristas que pretendan frenar un desahucio, reclamar salarios más altos, exigir una mayor limpieza de sus calles o pretender que no se cierren sus centros de salud. 

Otra pequeña petición para la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), si hubiese tiempo, es afinar el tiro. No es tan prioritario como dejar de criminalizar y perseguir activistas sin pruebas, pero si, en vez de ajusticiar a periodistas que hacen su trabajo, fuera posible investigar las revelaciones de domicilios, datos personales y otros aspectos de la vida privada que diariamente agitadores ultraderechistas y pseudoperiodistas, cuando no autoridades judiciales, realizan, sería un detalle.

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