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Las elecciones legislativas de Estados Unidos del 3 de noviembre, más conocidas como midterms, llegan con un panorama confuso para el presidente estadounidense, Donald Trump. El republicano afronta estos comicios con los demócratas por delante en la intención de voto y un creciente desgaste político que se ha notado incluso entre los miembros de su propio partido. La batalla por el Congreso amenaza con convertirse en un examen directo a su segundo mandato, cuya aprobación es cada vez más limitada entre los estadounidenses.
A una semana de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, el tycoon neoyorquino llega a la recta final de la campaña en una posición delicada. El presidente, que pretendió convertir su regreso a la Casa Blanca en una demostración de fuerza política, especialmente en la clave geopolítica, se enfrenta ahora a unos sondeos desfavorables para los republicanos y al riesgo de perder el control de una o ambas cámaras del Congreso. El resultado del 3 de noviembre determinará el margen de maniobra de la Administración durante los dos últimos años de su mandato.
Las encuestas dibujan un escenario complicado para los republicanos en la Cámara de Representantes. La media nacional de intención de voto publicada por Call the Map sitúa a los demócratas con una ventaja de 7,7 puntos en el denominado voto genérico al Congreso, mientras que la valoración neta de Trump se encuentra en terreno negativo, en torno a los 25 puntos. Tal retroceso tiene una lectura política: las elecciones de mitad de mandato suelen funcionar como un plebiscito sobre el presidente y su acción, incluso cuando su nombre no aparece en las papeletas. En esta ocasión, la polarización que caracteriza a la política estadounidense hace todavía más difícil separar las candidaturas locales de la figura de Trump, que ha mantenido un papel central en la estrategia republicana, para bien y para mal.
La Cámara de Representantes, el principal frente de riesgo
La primera gran batalla se libra en la Cámara de Representantes, donde los republicanos defienden una mayoría estrecha. Los demócratas necesitan recuperar un número limitado de escaños para hacerse con el control y convertir el Capitolio en un contrapeso efectivo a la Casa Blanca. Las previsiones publicadas por Reuters el 19 de octubre apuntaban a una ventaja demócrata en esta cámara, mientras que la disputa por el Senado se presentaba mucho más ajustada. Si los demócratas recuperan la mayoría, podrán intensificar las investigaciones sobre la Administración, citar a responsables gubernamentales y someter las decisiones presidenciales a un escrutinio más severo. También podrían bloquear iniciativas legislativas republicanas y utilizar las negociaciones presupuestarias para presionar al Gobierno, por lo que el lado hacia el que caiga la Cámara es determinante en estos sentidos. Trump conservaría, no obstante, importantes herramientas de poder ejecutivo y su capacidad de veto. Por eso, perder la Cámara de Representantes no significaría el final de su agenda, pero sí elevaría considerablemente el coste político de sacarla adelante.
En cuanto al Senado, la situación es menos concluyente. La composición territorial de la cámara, con estados que presentan perfiles electorales muy diferentes, impide trasladar automáticamente la ventaja demócrata nacional a una mayoría parlamentaria. Los republicanos tienen incentivos para concentrar sus esfuerzos en los estados donde las contiendas permanecen ajustadas, mientras que los demócratas necesitan convertir el descontento nacional en crecimiento en la representación. La movilización de los votantes indecisos y la participación en los distritos competitivos pueden resultar decisivas. Con ese telón de fondo, una eventual victoria demócrata en ambas cámaras supondría el escenario más adverso para Trump. Además de dificultar la aprobación de leyes, la oposición podría ejercer una influencia mayor sobre los nombramientos y las prioridades presupuestarias. Sin embargo, incluso en ese supuesto, las reglas del Senado y el poder presidencial seguirían limitando las posibilidades de transformar por completo la política federal. Por el contrario, una victoria republicana permitiría al presidente reivindicar que conserva el respaldo suficiente para continuar su programa y sacar pecho.
La economía y el desgaste presidencial
Más allá de la aritmética parlamentaria y de la desaprobación que ha generado el presidente incluso entre los miembros de su partido, con algunos candidatos alejándose de sus postulados, la campaña refleja dos cuestiones de fondo: hasta qué punto los votantes consideran que el Gobierno está respondiendo a sus preocupaciones cotidianas y hasta qué punto la Casa Blanca cuenta con la aprobación ciudadana para los asuntos internacionales y económicos. La economía, el coste de la vida, la percepción de estabilidad y la injerencia en el extranjero son factores que pueden pesar más en la decisión electoral que los mensajes de movilización partidista.
El presidente necesita convencer a sus seguidores de que su programa está produciendo resultados y, al mismo tiempo, evitar que los electores menos comprometidos interpreten los comicios como una oportunidad para expresar su descontento. La oposición, por su parte, intenta presentar las elecciones como una evaluación de la gestión de Trump y no como una simple disputa entre candidatos locales. Los sondeos de septiembre del instituto Marist ya mostraban la dimensión del problema: los demócratas aventajaban en 12 puntos a los republicanos en la preferencia para el Congreso y la aprobación presidencial permanecía por debajo del 40%. Aunque las cifras pueden variar entre encuestas y periodos de recogida de datos, la tendencia apunta a dificultades para los candidatos oficialistas. A ello se añade un factor institucional apreciable en un reciente sondeo de The Washington Post, ABC News e Ipsos publicado el 20 de octubre. El estudio señalaba que el 70% de los encuestados tenía poca confianza en que Trump aceptara los resultados si los republicanos perdían las elecciones.
Una semana para cambiar el relato
Con la campaña entrando en su fase decisiva, a una semana de las urnas, Trump afronta el desafío de conservar las mayorías en un contexto que no le es favorable de acuerdo a las sociométricas. La participación será determinante y los republicanos confían en movilizar a su electorado más fiel, mientras que los demócratas necesitan mantener el impulso entre los votantes descontentos y evitar que su ventaja nacional se diluya en distritos concretos. Sea como fuere, los resultados marcarán un punto de inflexión para el segundo mandato de Trump. Una derrota republicana en la Cámara Baja abriría una etapa de mayor confrontación con el Congreso y obligaría al presidente a negociar en condiciones más difíciles.
Trump llega, por tanto, a la última semana de campaña con mucho más que unos escaños en juego. Se examinan su liderazgo, la confianza en su gestión y la capacidad del movimiento republicano para mantener el control de Washington. Los sondeos dibujan una advertencia: el presidente necesita remontar si quiere evitar que las elecciones de mitad de mandato se conviertan en el primer gran revés de su segundo término. De fondo, la economía, la inflación, el precio de la vida y un conflicto bélico abierto con índices de popularidad peores que los de Vietnam.
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