El elevado coste de la vivienda, enmarcado en una imperante deriva especulativa y unido a los bajos salarios, es el principal problema que enfrenta la clase trabajadora española. Los partidos sistémicos no están consiguiendo dar respuesta a la crisis habitacional y recurren reiteradamente a fórmulas que no perturben la estructura económica dominada por el capital. Entre las grietas cada vez más evidentes del modelo neoliberal penetran alternativas revolucionarias, con formaciones y movimientos comunistas o socialistas, pero también la contrarrevolución encarnada por una extrema derecha disfraza de obrerista.
La opciones y grupúsculos ultraderechistas, aupados por el mismo capital al que aseguran combatir, necesitan de un amplio apoyo social para tener la posibilidad de implementar sus políticas reaccionarias y devolver el favor a las fortunas que los alumbran, siempre en detrimento de la clase trabajadora. Sin embargo, previamente necesitan que los pájaros sigan y elijan a las escopetas y para ello recurren al populismo barato y el patrioterismo racista, llegando incluso a disfrazar su discurso con críticas a las grandes fortunas que simulan una defensa del “obrero español”. Nada más lejos de la realidad.
Detrás de la palabrería y los exaltados llamados a la emancipación, basada en lógicas ultraconservadoras de familia tradicional y subordinación laboral que sostengan el consumo, no existe ninguna propuesta ni política de cambio. El inmigrante suele representar siempre el papel del enemigo en su dualidad schmittiana, pero cuando resulta excesivamente complejo cargar a esta figura problemáticas como el coste de la vivienda, aunque lo han intentado, aluden en abstracto al poder económico, evitando indagar en el germen del problema. Este proceder es muy evidente en partidos como Vox y algo más disimulado en grupúsculos fascistas como Núcleo Nacional.
La dificultad de acceso a una vivienda digna ha atravesado la historia de Europa y, antes de las actuales deformaciones, el fascismo italiano y el falangismo español ya desarrollaron la arquitectura y el urbanismo propagandístico, basado en la segregación y un orden social estricto que sustentase las lógicas de poder y la no alteración del mandato del capital. Vox ha querido recuperar los aires joseantonianos con el fichaje de Carlos Hernández Quero, pero su dependencia del capital extranjero, su postura cipaya ante la injerencia de superpotencias internacionales y, sobre todo, su historial de actuaciones reales les delata.
La formación de Santiago Abascal ha corrido a lamer la bota de Donald Trump, más allá de por su imperialismo, tras el anuncio del compañero de fiestas de Jeffrey Epstein de una propuesta para evitar que los grandes inversores puedan adquirir viviendas unifamiliares. Quero tiraba de ironía para mostrar su apoyo, pero los ultraderechistas han recibido un baño de realidad casi instantáneo cuando se ha recuperado la postura que mantuvieron hace menos de un año ante una propuesta de similares características.
“Implicaría el fin del parque imaginado, el fin del parque de vivienda futuro y el fin del parque de vivienda que necesitamos”, bramaba el representante de Vox. El problema, a parte del verdadero relacionado con la financiación del partido, era que la propuesta llevaba la firma de Sumar. “Impone el fin de la inversión en vivienda”, apuntalaba Quero. Pareciera que Vox, en abril de 2024, era favorable a que las grandes fortunas penetrasen en el mercado inmobiliario y que tan solo apoyan la medida del inquilino de la Casa Blanca por el dolor que generaría a su espalda deshacer la genuflexión. Pero qué sabe nadie.
El parche del parche del PP
Vox, al igual que el resto de partidos sistémicos, no es creíble cuando asegura querer abordar la crisis de la vivienda y contar con recetes que no alteren el libre mercado, pero que terminen con la crisis habitacional, y por ello ve como surgen grupúsculos afines que, a priori, parecen tener las manos más libres para incurrir en tácticas incendiarias. Uno de ellos es Núcleo Nacional, que ha presentado la que será su línea estratégica, probablemente alumbrada este pasado fin de semana en el chiquipark ubicado a 40 kilómetros de Barcelona en el que se refugiaron, y la vivienda aparece como la piedra angular.
“Black Rock y los fondos de inversión internacionales que compran España a precio de saldo mientras nos arruinan”, denuncian en sus redes, haciendo un llamado “contra la usura internacional y en defensa de nuestro pueblo”. La diferenciación por nacionalidad siempre está presente y no hace falta rascar mucho para descubrir que su posicionamiento “contra el capital”, del cual son parte dominante algunos de los líderes del grupúsculo, se pierde entre magufadas y Soros, un clásico de la intelectualidad ultraderechista. Por el contrario, los multimillonarios nacionales que exprimen a la clase trabajadora son españoles de bien en su discurso a los que no señalar.
Black Rock, un fondo buitre despiadado, es el enemigo fácil que ha elegido Núcleo Nacional, que, lejos de posicionarse verdaderamente contra el capital, ha defendido políticas liberalizadoras en otros momentos y ha callado ante ataques a los trabajadores. “No puedes permitir que te quiten tu futuro, que no puedas independizarte porque no hay sueldo que pueda pagar un alquiler. Hay que señalar a cada uno de los culpables, empezando por su brazo ejecutor”, espetan ahora, aunque no presentan propuestas teóricas ni prácticas.
Las pretensiones pueden imaginarse revisando planteamientos del siglo XX y los nombres que se ocultan detrás de las balaclavas o que impulsan el discurso aprovechando su fama. Los nazis Alberto Pugilato, Isabel Peralta y Enrique Lemus o el clan de los Rico (David e Iván Rico Olivares y su padre exconcejal del PP, Enrique Rico Pérez) son algunos de los sujetos vinculados a este movimiento con falsa bandera obrerista, impulsado y subordinado del capital y que representa la peor de las reacciones.