[[{"type":"media","view_mode":"media_large","fid":"38302","attributes":{"class":"media-image alignleft size-full wp-image-160107","typeof":"foaf:Image","style":"","width":"72","height":"88","alt":"Beatriz Taleg\u00f3n"}}]]Un día, en un lugar cualquiera alguien preguntó si sabíamos cómo se determinaba el valor de las cosas. ¿Sabéis cuánto valen diez euros, qué determina lo que podemos pagar con este trozo de papel? Nadie supo contestar.

“Sin embargo, dedicáis toda vuestra vida a conseguir papeles como éste, y no le habéis dedicado un minuto a pensar en el sentido de tan absurda empresa”. Las palabras retumban y las miradas de incredulidad se quedan por un instante paradas. Puede que sea cierto: estamos inmersos en tan brutal engaño que hasta nos sorprendemos al pensar si todo esto tiene sentido.

Hemos llegado a un punto en el que la economía ha parecido sustituir a la religión. Si no cumplimos con sus mandamientos quedaremos fuera del “paraíso”. Y la dignidad, la honradez, los principios y valores parecen sumergirse entre cifras que pueden llegar a poner precio a lo inmaterial. La consecuencia se hace firme en tierra, no hay esperanza ni tiempo para un “más allá”. Es lo que tienen los nuevos ritmos…

Seguimos escuchando que lo que sucede actualmente en nuestro entorno es consecuencia de la crisis. No lo es. Es consecuencia de un sistema perverso: para que unos ganen en este casino otros tienen que perderlo prácticamente todo. Y la brecha cada vez se hace más grande. El problema es que las reglas del juego las establece quien truca las cartas y se queda con el premio. No hay ética, no hay principios que golpeen en sus conciencias, porque hace tiempo que se las jugaron por billetes.

De nada sirve que nos sentemos frente a ellos para explicarles que así no puede funcionar el juego. Porque aunque nos escuchan, el valor de los principios se somete para ellos al precio que estén dispuestos a pagar. Y para ellos el juego funciona: de hecho, funciona perfectamente. Su objetivo es tener cada vez más.

No sé hasta qué punto la indiferencia a la hora de decidir sobre unos presupuestos y sobre sus consecuencias respecto a quienes más sufren puede atribuirse a falta de humanidad. Lo que sé es que cuando se traspasan determinadas líneas no se puede hablar ya de una ciencia como la economía sino de criminalidad. Estando probado que en el mundo hay suficientes recursos para que ni una sola persona muera de hambre, cualquier decisión que se tome contraria a paliar esta catástrofe es potencialmente delictiva. El hambre de los mercados puede esperar, el hambre de personas con dignidad debería ser la prioridad de los gobiernos, que sea dicho de paso, están formados también por personas que parecen estar hechas de otro material.

Se trata de hablar de ética, de valores que han de regir en cualquier decisión que afecte a personas. De impregnar de humanidad cualquier cuestión que ponga en juego lo más básico y elemental: el derecho de cada individuo a desarrollar su vida con libertad. Éste debería ser el objetivo de los gobiernos, y atender a las cuestiones precisas en la medida en que promuevan estos fines. No hay más.

La “infoxicación” que estamos viviendo, el ritmo frenético que conlleva no poder pensar con calma sobre lo que está ocurriendo nos hace correr, huir hacia delante y no fiarnos de nada ni de nadie. Desde que los valores humanos ya no están en alza cuesta creer en la verdad, en la honestidad y supone un gran esfuerzo defenderlas. Porque siempre se sospecha que todo tiene un precio y nada está ya a salvo de ser comprado (aparentemente). Tampoco se libran de la sospecha los que tratamos de convencer de que otra manera de actuar es posible.

Y en este proceso estamos, así tratamos de construir una regeneración ética. En un gran foro. El fin de semana pasado vio la luz un proyecto ciudadano, comprometido con la regeneración ética. Foro ético comienza su andadura para apostar por los valores humanos, por la dignidad y la democracia entendida en sentido amplio. Por impregnar de humanidad cada decisión que se tome y que pueda afectar a la ciudadanía. Comenzamos el proyecto con ilusión, abriendo las puertas a todo el que quiera sumarse y sumar. Es tiempo de hablar de valores más que del valor de las cosas.

Beatriz Talegón es secretaria general de la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas
@BeatrizTalegon