Pese a estar fuera del circuito comercial, ‘El Dragón Verde’, la novela en la que se relata la historia de un policía que investiga unas torturas, está arrasando en ventas. Su autor, Gabriel Trejo, es exjefe de la Policía de la localidad madrileña de Algete y tal y como reconoció recientemente a ELPLURAL.COM, es consciente de que su novela no está gustando a determinados sectores de las fuerzas de Seguridad del Estado.

Y es que aunque ‘El Dragón Verde’ es una novela de ficción, a veces la fantasía es necesaria para hacer florecer la verdad. ELPLURAL.COM publica el primer capítulo de esta obra en la que la Guardia Civil no sale muy bien parada y que puede adquirirse a través de la página web de la editorial Fanes (18 euros).  

Capítulo I: La fría mañana.

Con paso cansado el hombre se acercó a la ventana. Un cielo pálido e inerte intentaba romper la noche con una amalgama de colores rojizos y anaranjados mientras una punzada en el estómago le devoraba esperanzas y recuerdos. Abrió la ventana y el frío del amanecer ofendió su cara haciendo que su cuerpo se estremeciera. Sentado sobre el ordenador intentó ordenar sus ideas. Debía escribir, sentarse y escribir para que se supiera. ¿Pero podía importar a alguien lo que contara?

Para evitar que la pena siguiera lacerando sus entrañas, se con-venció a sí mismo de que todavía quedaba gente con la capacidad de la indignación intacta. Gente a quien le horrorizaba ver cómo seguía habiendo torturadores entre las fuerzas y cuerpos de seguridad. Personas a las cuales le repugnaba comprobar que los garantes de la ley actuaban al margen de la ética y de las buenas prácticas. Jueces que no miraban para otro lado cuando se trataba de defender la integridad y los derechos de los más desfavorecidos. Debía seguir teniendo fe en la sociedad para la que había trabajado tanto tiempo.

Procurando no hacer ruido, se levantó y se acercó a la habitación de sus hijos. Dormían plácidamente con la respiración acompasada de las buenas almas. A duras penas aguantó las lágrimas que empezaban a bajar por sus mejillas. Recordaba el día que comunicó a su hijo que no le habían concedido el indulto y que se quedaba sin trabajo. Aquel día fue uno de los más duros de su vida. El niño se abrazó a él y lloró desconsoladamente. Aunque nunca habían hablado de ello, un descuido al no cerrar el ordenador y la curiosidad propia de la edad, hicieron que su hijo conociera a través de los documentos que vio en el ordenador toda su historia: los titulares de prensa cuando el fiscal pidió ocho años de prisión; el apoyo de muchos de sus compañeros, la campaña de solidaridad vecinal, etc.

Con apenas doce años, el muchacho había aguantado con la estoicidad de la sangre castellana de su madre el envite amargo de la vida y había permanecido mudo más de un año. No dijo nada hasta el día que su padre le comunicó que ya no era policía. El hombre recordó aquella mañana, cuando apretaba a su hijo contra su cuerpo intentando calmar el lloro desconsolado del niño. Odió con tanta intensidad que ralló la locura. 

Sentado de nuevo frente a la ventana encendió el ordenador y, tras respirar profundamente se decidió a escribir. ¿Por dónde empezar? La mejor manera de contar una historia es empezar por el principio.