Con noventa años, Alain Resnais terminó la que sería a la postre su última película, Amar, beber y cantar, magnífica película con la que reflexiona, desde una ligereza tan sólo aparente, sobre la vida, la muerte, el paso del tiempo y los límites de la ficción y de la realidad mediante un juego visual y narrativo magnífico.


En Vous n'avez encore rien vu (2012), un dramaturgo invitaba a un grupo de actores a ver la representación de una obra que, en el pasado, ellos mismos interpretaron. Así, a modo de espejos escénicos, Alain Resnais multiplicaba a los personajes, hacía que entraran y salieran de escena en calidad de intérpretes, en esa obra, y como personas reales que han ido a ver una representación que, en realidad, está hablando de ellos. La complejidad de la jugada de Resnais era de una gran estilización visual y de una gran complejidad escénica. Pero, sobre todo, de una enorme libertad. Una libertad que el cineasta tuvo durante toda su carrera pero que, en los últimos años, desde On connaît la chanson (1997) fue haciendo de su cine, a la vez, tan reflexivo como desinhibido, como se aprecia en Asuntos privados en lugares públicos (2006), Las malas hierbas (2009), Vous n'avez encore rien vu y, finalmente, en Amar, beber y cantar (2014), a la postre su obra póstuma.



Rodeado de un grupo de actores más o menos constantes en todas ellas, pero siempre cómplices de un autor liberado del peso, quizá, de tener que demostrar algo, Resnais se adentra en este grupo de películas en la vida y en su representación, y en sus límites, tanto de unión como de separación. Lo que viene a denominarse el teatro de la vida. En Amar, beber y cantar, Renais se aleja de la cierta gravedad que presidía Vous n'avez encore rien vu y, a partir de una obra de Alan Ayckbourn –a quien ya adaptara en Smoking/No Smoking y Asuntos privadores en lugares públicos-, construye una comedia romántica de equívocos desde la ligereza y la abstracción que gravita alrededor de un personaje, George Riley, quien nunca aparece en pantalla. La muerte, o su idea, planean en todo momento durante la película, lo cual no deja ser llamativo –o no tanto- teniendo en cuenta que Resnais contaba con noventa años cuando la estaba rodando. Sensación que crece, con la secuencia y la imagen que cierra la película, todo un epitafio que, quizá, el propio Renais se regaló para cerrar su carrera.


Pero ante todo, Amar, beber y cantar, como las últimas películas de Renais, sean más cómicas o más dramáticas, más abstractas o más convencionales en su narración, más o menos (auto)referenciales, lo que subyace en todas ellas es una enorme vitalidad en todas las propuestas y una clara búsqueda de evidenciar la construcción, tanto de la ficción como de la realidad. La irrealidad de los decorados, las interpretaciones, las situaciones y los diálogos apuntan hacia el artificio de lo cotidiano, de la vida. A partir de una comedia estilizada, Resnais nos presenta a unos personajes que parecen vivir una ficción – ¿la de la clase media acomodada?- que ha llegado a un momento de inflexión en el que surgen dudas en las tres parejas protagonistas por diferentes motivos pero siempre con la sombra del enfermo terminal, personaje que ante ellos se presenta casi como un mito, como una leyenda, vehiculando la narración y las acciones de ésta.



Resnais siempre ha estado interesado desde sus inicios en la capacidad de la narración cinematográfica y en la imagen para reproducir la realidad; en sus últimos años, ha seguido, desde otras perspectivas diferentes a sus comienzos, indagando en el tema. Pero lo ha hecho desde la enfatización: para romper la teatralidad de Amar, beber y cantar, Resnais lleva a cabo movimientos de acercamiento a los personajes y primeros planos muy enfáticos que nos llaman la atención tanto por lo que significan como por su descarado y consciente intento de alejarse de los contornos del decorado. También se acerca a los rostros con primeros planos muy enfáticos de los actores, en ocasiones, con un fondo abstracto que acaba convirtiendo el encuadre casi en una viñeta de comic. Pero también se ocupa, en las largas secuencias que estructuran la película, de hacer a la cámara invisible para resaltar las interpretaciones de unos actores que se mueven con pretendida afectación y exageración, pero transmitiendo una complicidad, entre ellos y con el director, fácil de percibir. Porque el drama de las parejas nunca llega a aflorar en toda su intensidad, ya que Resnais no lo pretende, ni en esas secuencias en las que, ya en el interior de las casas, las mujeres se posicionan en lo alto de las escaleras en un recurso tan claramente simbólico como recurrente para la ocasión.



Amar, beber y cantar llama la atención sobre la representación de la vida, sobre su absurdidad, pero lo hace desde una ligereza, no exenta de intención reflexiva, que es muy de agradecer. Una película que cierra, con gran coherencia, una carrera asentada, entre otras cosas, en una mirada hacia las relaciones personales y emocionales, hacia la realidad y su representación, hacia el cine como instrumento para mostrar todo lo anterior y sobre su propia naturaleza. Y, después de tantos años y tantas películas, Resnais parece seguir mirando a sus semejantes como ese topo que en Amar, beber y cantar, como también sucedía en Las malas hierbas, mira a los personajes con asombro.