En la historia reciente de nuestro país hemos tenido líderes de la oposición críticos, duros y combativos, como corresponde a una democracia sana. Pero nunca habíamos tenido a alguien tan dispuesto a prender fuego a todo cuanto encuentra a su paso si no es él quien gobierna. Feijóo pasará a la historia como un político que no supo estar a la altura, un dirigente incapaz de alegrarse de nada positivo para España y que, en lugar de aportar, se ha dedicado a incendiar la vida pública con sus mentiras, sus amenazas y su mediocridad.
España lidera hoy el crecimiento económico de la Unión Europea. Hay cifras récord de empleo. Se ha fortalecido como nunca el Estado del bienestar. Sin embargo, cada vez que llega una buena noticia para nuestro país, Feijóo reacciona con enfado, con desprecio o con silencio. Prefiere que a España le vaya mal si eso significa que él puede sacar rédito político.
Era difícil superar a Aznar como el dirigente más radicalizado que ha tenido la derecha en democracia. Pero Feijóo lo ha conseguido. Ha dilapidado la imagen de moderación con la que llegó a la política nacional. Prometió distanciarse de Vox, buscar pactos de Estado y recuperar el diálogo institucional. Hoy sabemos que todo era mentira. Feijóo no ha cumplido nada de lo que dijo. El supuesto “mirlo blanco” que iba a regenerar a la derecha española se convirtió muy pronto en un pájaro negro de mal agüero.
Con Feijóo el PP se ha convertido en el partido del “no” permanente. Ha votado en contra de subir pensiones, de aumentar becas y de mejorar la financiación de sanidad y educación públicas. Se ha opuesto a la subida del salario mínimo y al refuerzo de la dependencia. Rechazó las ayudas para el transporte público que han beneficiado a millones de ciudadanos. Incluso se negó a apoyar las ayudas urgentes a las familias afectadas por la DANA en Valencia.
La lógica es simple y devastadora: nada de lo que sea bueno para España contará con el apoyo de Feijóo. Porque para él, si una medida ayuda a la mayoría social, automáticamente se convierte en una amenaza para su estrategia política. La política de tierra quemada se ha convertido en su único plan.
El PP con Feijóo como líder ha demostrado que no sabe gobernar. Y si no saben gobernar ni las comunidades, cómo pretenden gobernar el país. Y si no saben gobernar, apártense. Están demostrando que son un peligro para la seguridad de las personas.
Ningún presidente autonómico del PP ha reaccionado con la urgencia que exige una emergencia. No saben gestionar la sanidad pública, ni las riadas, ni los incendios, ni las residencias de mayores. Y cuando surgen un problema, esconden la cabeza como avestruces. Su prioridad no es proteger a la gente, sino protegerse a sí mismos.
En lo peor de la pandemia, Ayuso permitió que se aplicaran protocolos que negaban atención hospitalaria a miles de mayores en residencias. El resultado: casi 8.000 muertos, y más de 4.000 podrían haber sobrevivido con una mínima atención sanitaria. ¿Ha dimitido alguien por ello? No. ¿Han pedido perdón? Tampoco.
En la Comunidad Valencia, Mazón se fue de comida a El Ventorro mientras miles de valencianos tenían el agua al cuello durante la DANA, con el resultado de más de 200 muertes. Tremendo.
En Andalucía Moreno Bonilla presume de buena gestión mientras dos millones de personas están en lista de espera. Niños sin operar, pacientes sin diagnosticar, personas que mueren por falta de atención. Todo ello acompañado de recortes, privatizaciones y desvió de fondos públicos a clínicas privadas. Eso sí, siempre con la sonrisa puesta, como si no pasara nada.
Mañueco y Rueda deberían haber dimitido ya. No hay excusas. No hay justificación posible. Han mentido, ocultado información e improvisado en plena emergencia. Lo de Mañueco en Cádiz de vacaciones mientras Castilla y León ardía, fue un escándalo. Y lo de Rueda en Galicia, ocultando incendios y retirando bomberos en plena ola de fuego, directamente intolerable.
Así actúan los presidentes autonómicos del PP, con el silencio cómplice de Feijóo cuando no con su aplauso y apoyo. Y es que el expresidente gallego comparte esta forma de hacer política. De hecho, estos días mientras los equipos de emergencias, la UME y las Fuerzas Armadas trabajaban contra reloj, él utilizó la tragedia para atacar al Gobierno.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, tuvo que recordarle en el Senado que en política no todo vale. Las comunidades gobernadas por el PP tardaron días en pedir refuerzos y lo hicieron tras la presión mediática. Galicia, Castilla y León y Extremadura actuaron tarde, mientras Feijóo buscaba la foto en el puesto de mando. Resultado: la UME tuvo que suplir la inacción autonómica. El episodio resume su política: irresponsabilidad, oportunismo y desprecio por la verdad.
Gobernar es dar la cara siempre, también en los malos momentos, Y el PP no hace nada de eso. Se ausentan en los momentos clave porque no creen en lo público porque no sienten la obligación de cuidar de nadie. Solo piensan en el poder por el poder.
A esta deriva contribuye la red mediática que lo protege. Una parte de los grandes medios de comunicación se han transformado en la hoja parroquial de las campañas del PP. No hay crítica, no hay matices, no hay análisis: solo propaganda disfrazada de información.
En lugar de rodearse de moderados o de voces con experiencia, Feijóo ha escogido como núcleo duro a lo más extremista de su partido. Ha situado a Miguel Tellado como secretario general, a Ester Muñoz como portavoz en el Congreso, y como lugartenientes a Bendodo, Cuca Gamarra y Dolors Montserrat. Cada vez que abren la boca es para insultar, esparcir odio o difundir falsedades. ¿De verdad no tienen a nadie mejor en el PP?
Feijóo no solo no ha aportado nada positivo en estos años: ha hecho daño. Ha envenenado el debate político con mentiras sobre la economía, con discursos alarmistas sobre la unidad de España y con bulos sobre la política internacional. Ha normalizado la estrategia de Vox, se ha alineado con sus posturas más duras y ha renunciado a construir un espacio propio. Por eso, mientras el PP pierde apoyo, Vox sube en las encuestas.
Al final, la conclusión es clara: Feijóo es un pirómano de la política española. No es capaz de construir nada, solo de votar en contra, destruir y crispar. Ha hecho del “no” su única ideología, y de la mentira, su único método. Prefiere que España se hunda antes que reconocer los avances de nuestro país.