La crisis de FIFA ha encontrado un nuevo escenario: las gradas. Football Supporters Europe (FSE) ha respaldado una petición internacional que reclama la dimisión de Gianni Infantino y una profunda reforma de la gobernanza del organismo. La iniciativa llega en plena escalada de tensión alrededor del presidente, después de la polémica por su fallido proyecto para vender una participación de los derechos comerciales del Mundial a inversores privados.

La petición no puede destituir a Infantino ni activar por sí misma ningún procedimiento formal dentro de FIFA. El presidente es elegido por el Congreso, donde votan las federaciones nacionales. Pero su importancia está en otro lugar: los aficionados organizados están reclamando un papel en las decisiones que afectan al fútbol mundial.

Y la pregunta que dejan sobre la mesa va mucho más allá del futuro de Infantino: ¿qué poder tienen realmente los aficionados en el gobierno del fútbol?

Una voz que hasta ahora estaba fuera de la mesa

FSE reúne organizaciones de aficionados de distintos países europeos y desde hace años intenta convertir las reivindicaciones de las gradas en una cuestión institucional. Ahora, junto a Football Supporters Africa y el Independent Supporters Council de Norteamérica, reclama más transparencia, controles sobre el poder ejecutivo y estándares de gobernanza más sólidos en FIFA.

La protesta resulta especialmente significativa porque el fútbol tiene una estructura de poder muy definida. Las federaciones nacionales forman el Congreso, las confederaciones tienen una enorme influencia y los clubes y las ligas participan en distintas estructuras de representación. Los aficionados, en cambio, no cuentan con un órgano equivalente dentro de FIFA que les permita intervenir directamente en las grandes decisiones.

Eso genera una paradoja. Los hinchas son imprescindibles para el funcionamiento económico y cultural del fútbol, pero su capacidad formal para decidir cómo se organiza ese negocio es muy limitada.

Compran entradas, abonos y productos oficiales, viajan a los partidos y mantienen vivas las identidades de los clubes y las selecciones. Sin embargo, cuando se decide quién dirige FIFA o cómo se gestionan sus grandes competiciones, su papel se reduce normalmente a la presión pública.

UEFA demuestra que existe otra fórmula

No todos los organismos deportivos han mantenido la misma distancia con los aficionados. UEFA integró en 2023 representantes de Football Supporters Europe en sus estructuras de gobernanza, con puestos específicos en determinados comités permanentes y grupos de trabajo.

El modelo no concede a los aficionados el control de UEFA, pero sí les proporciona un espacio institucional desde el que participar en cuestiones relacionadas con competiciones, seguridad, entradas, desplazamientos, estadios, sostenibilidad y experiencia del espectador. La propia organización reconoce que los aficionados aportan experiencia y conocimiento que deben formar parte del proceso de decisión.

La diferencia es importante: no es lo mismo escuchar a los aficionados que sentarlos en la mesa.

Ese modelo también plantea una cuestión para FIFA. Si UEFA ha considerado necesario incorporar a los seguidores a sus estructuras, ¿por qué la máxima institución del fútbol mundial no cuenta con un mecanismo equivalente?

Alemania e Inglaterra ofrecen otros caminos

La representación de los aficionados tampoco se limita a tener presencia en comités. En Alemania, la conocida regla 50+1 mantiene, como principio general, la mayoría de los derechos de voto en manos de los miembros de los clubes. El sistema parte de una idea sencilla: el club no debe convertirse exclusivamente en un activo controlado por inversores.

En Inglaterra, la discusión ha avanzado alrededor de la participación de los aficionados en la gobernanza y de mecanismos destinados a proteger elementos fundamentales de los clubes, como el estadio, los colores o la identidad. La revisión independiente de la gobernanza del fútbol británico defendió reforzar la consideración de los aficionados como stakeholders y no únicamente como consumidores.

Son modelos diferentes y ninguno es perfecto. Pero todos comparten una idea: el fútbol no es solamente una industria, también es una comunidad.

La crisis de Infantino acelera el debate

La petición llega además en un momento especialmente delicado para FIFA. El proyecto de inversión privada vinculado a los derechos comerciales del Mundial generó una fuerte oposición y terminó siendo abandonado. Desde entonces, las críticas al liderazgo de Infantino se han multiplicado y distintas confederaciones estudian incluso fórmulas para plantear una moción de censura.

La presión no procede únicamente de los aficionados. También han aparecido divisiones dentro de las propias estructuras del fútbol, mientras algunos dirigentes cuestionan la concentración de poder alrededor de la presidencia.

En ese contexto, la entrada de los hinchas en el conflicto tiene una dimensión simbólica importante. La discusión sobre Infantino deja de ser únicamente una pelea entre dirigentes y empieza a convertirse también en un debate sobre quién representa al fútbol.

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