Hubo un tiempo en que la Liga empezaba, más o menos, el domingo a las cinco. No todos los partidos ni todas las jornadas, pero sí lo suficiente como para que aquella hora se convirtiera en una forma de medir el fin de semana. Había transistor, carrusel, entradas de papel, dorsales del 1 al 11 y marcadores que tardaban en actualizarse. El fútbol ocupaba un espacio concreto en el día y en la semana.
Ahora la jornada se reparte entre viernes, sábados, domingos y lunes. Y han respetado el resto de días porque coincide con los encuentros europeos. Los goles aparecen en el móvil antes de que termine de celebrarlos la grada. Las alineaciones llegan por notificaciones de Twitter, los estadios tienen apellido comercial de burgués y el aficionado puede saber casi todo antes incluso de que empiece el partido.
No significa que antes fuera mejor. Significa algo más interesante: hemos aprendido a ser aficionados de otra manera.
El tiempo lento del fútbol
Pocas expresiones explican mejor una época que “domingo, cinco de la tarde”. Había excepciones, partidos televisados y horarios distintos, pero eran eso: excepciones. Durante décadas existió una sensación hoy difícil de reproducir: buena parte del campeonato estaba sucediendo al mismo tiempo y a lo largo y ancho de todo el país.
Eso convertía cada jornada en una experiencia colectiva. Mientras jugaba tu equipo, también estaban jugando casi todos los demás. Y si no estabas en el estadio, muchas veces el fútbol llegaba por la radio. El transistor obligaba a imaginar. El narrador decía que el extremo había llegado hasta la línea de fondo y el oyente construía el resto. Carrusel Deportivo, Tablero Deportivo y las radios locales hicieron que varias generaciones entendieran partidos que no podían ver.
También estaban los goles de otros campos. “Gol en Balaídos”. “Penalti en El Sardinero”. “Ha marcado el Zaragoza”. El carrusel convertía diez encuentros en uno solo a golpe de pequeños micro infartos. Hoy basta abrir una aplicación para conocer el marcador, el minuto, el goleador y cómo cambia la clasificación. Es más preciso y mucho más cómodo. Pero se ha perdido aquella pequeña incertidumbre de no saber exactamente qué estaba pasando hasta que alguien lo contaba. Ya saben, la belleza y el caos.
Algo parecido ocurrió con los dorsales. El 1 era el portero, el 9 estaba cerca del área y el 10 tenía un significado especial. Con la numeración fija, el dorsal dejó de explicar una posición para convertirse también en identidad y marca personal. El futbolista empezó a apropiarse del número.
Y luego estaba la entrada. Un objeto sencillo que podía acabar arrugado en un bolsillo o guardado durante veinte años en un cajón. Hoy el acceso vive en el teléfono. ¿Qué clase de persona va a coleccionar ahorra un QR?. Es más práctico, pero menos material. Antes el partido podía dejarte literalmente un recuerdo en la mano.
También había que esperar. Esperar al resumen para ver un gol de otro estadio. Esperar a que cambiara el marcador. Esperar al lunes para mirar la clasificación cerrada en el periódico. Esperar a que el locutor confirmara una alineación que ya se había filtrado a medias. Esperar a que el partido de las cinco terminara para poder saber qué había pasado en el de las siete. Esperar incluso a que el teletexto actualizara una cifra que a veces tardaba minutos en moverse. El fútbol tenía pausas, silencios obligados, tiempos muertos que formaban parte de la experiencia tanto como los goles.
Y esa lentitud convivía con un mundo que todavía no había acelerado del todo, pero que ya empezaba a hacerlo. Hoy todo empuja en dirección contraria: inmediatez, consumo constante, notificaciones que no descansan, la necesidad de saberlo todo al instante. El fútbol, como el resto de la vida, se ha visto arrastrado por esa fiebre de velocidad y de consumo extremo, donde ya no se espera nada porque todo está diseñado para ser visto, comentado y olvidado en segundos.
Cuando el fútbol se hizo industria
No solo ha cambiado la manera de seguir la Liga. También ha cambiado el paisaje que la rodea.
Hubo una época en que algunos presidentes eran casi tan reconocibles como los delanteros. Jesús Gil, Manuel Ruiz de Lopera, Augusto César Lendoiro o José María Caneda aparecían constantemente en radios, periódicos y televisiones. El palco también jugaba.
Hoy el poder puede ser (y es) incluso mayor, pero a menudo resulta menos visible. Hay clubes controlados por fondos, grupos empresariales o estructuras de multipropiedad. Antes conocíamos al presidente; ahora a veces hay que consultar un organigrama para saber quién manda.
Los estadios también cuentan esa historia. Muchos siguen conservando nombres históricos como San Mamés, Mestalla, Riazor o El Sadar, pero otros incorporan denominaciones comerciales. El naming rights aporta ingresos, aunque también toca algo delicado: los nombres son memoria y pertenencia. Una empresa puede comprar durante unos años una fachada; la afición decide después cómo llama realmente al lugar. Ejemplos claros de este fenómeno son el Spotify Camp Nou (antes Camp Nou), el Cívitas Metropolitano (antes Wanda Metropolitano), el Reale Arena (antes Anoeta), el Power Horse Stadium en Almería (antes Juegos Mediterráneos) o el Estadio Abanca-Balaídos en Vigo. En todos los casos, el nombre comercial convive con el uso popular, que rara vez olvida el original.
Las camisetas han recorrido un camino parecido. De uniforme han pasado a ser producto, identidad, soporte publicitario y pieza de moda. Hoy cuestan como si estuvieran bordadas en oro, con precios que insultan al aficionado mientras se libra una guerra solemne contra las falsificaciones, como si la culpa fuera del que no puede pagar y no del que ha convertido el escudo en un artículo de lujo. Hay primeras, segundas y terceras equipaciones, reediciones históricas, colaboraciones con los artistas más pegados del hoy y del ayer y lanzamientos pensados para aficionados que quizá nunca pisen el estadio.
Incluso el césped ha cambiado. Los terrenos actuales son mejores, más seguros y más homogéneos. Es difícil echar de menos un campo impracticable, pero basta revisar imágenes antiguas para recordar que jugar en enero en el norte podía significar algo muy distinto de hacerlo junto al Mediterráneo. Los estadios tenían también una estación del año. Hoy, en cambio, aunque son más grandes, más modernos y más espectaculares, han dejado de ser templos del fútbol para convertirse en paradas turísticas: espacios diseñados tanto para la visita, la foto y la experiencia global como para el partido en sí.
Y, sobre todo, ha cambiado quién puede sentirse aficionado. El fútbol sigue siendo profundamente local: Vallecas explica al Rayo, Bilbao al Athletic, Sevilla al Betis y al Sevilla. Pero hoy alguien puede seguir cada jornada desde Tokio, Buenos Aires o Nueva York. El club sigue necesitando un barrio, aunque también aspire a tener millones de seguidores lejos de él.
La Liga de nuestros padres ya no existe porque tampoco existe aquella forma de esperar el fútbol. Antes tenía una hora, una radio, una entrada y más silencios. Ahora tiene notificaciones, plataformas, estadísticas y conversación permanente. No era necesariamente mejor. Era otra manera de ser aficionado.
Y quizá esa sea la gran diferencia cuando vuelva a rodar el balón este fin de semana: los equipos siguen jugando a lo mismo, pero nosotros ya no vemos, escuchamos ni esperamos la Liga de la misma forma.
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