En el fútbol hay pocas preguntas aparentemente tan sencillas como esta: ¿de qué equipo eres? La respuesta, en teoría, debería ocupar dos o tres palabras. Del Atleti. Del Madrid. Del Betis. Del Depor. Del equipo de mi ciudad. Del que me enseñó mi padre. Pero basta rascar un poco para descubrir que la relación entre un aficionado y el fútbol rara vez cabe en una casilla.
Hay quien tiene un solo club y no concibe mirar con simpatía a ningún otro. Quien heredó unos colores en la infancia y ha permanecido junto a ellos durante décadas, independientemente de ascensos, descensos, propietarios, entrenadores y jugadores. Pero también hay quien tiene un equipo principal y después acumula pequeñas lealtades: el club del barrio donde vivió unos años, el conjunto extranjero que descubrió viendo una eliminatoria europea, el equipo de la familia materna, aquel al que llevó por primera vez a sus hijos o uno diminuto al que empezó a seguir durante unas vacaciones mientras jugaba al FIFA. Todas esas formas de vivir el deporte existen. Y ninguna necesita necesariamente invalidar a las demás.
Hace unos días, The Guardian abrió precisamente esta conversación entre sus lectores. Uno de ellos, Michael Opitz, explicaba que su equipo siempre había sido el Millwall, vinculado además a su propia familia, pero que el paso del tiempo fue incorporando otros nombres a su particular geografía futbolística: Tottenham, Arsenal, Freiburg, Celtic y hasta el modesto Gala Fairydean Rovers. Cuando alguien le pregunta de qué equipo es, sigue respondiendo Millwall. Pero necesita añadir un “pero”.
Ese “pero” quizá explique mejor el fútbol contemporáneo que muchas declaraciones de fidelidad eterna.
El equipo que se hereda y los equipos que se encuentran
Ser de un equipo puede funcionar como ser de un lugar. Uno no siempre lo elige. El primer escudo puede llegar a través de un padre, una madre, un abuelo o un hermano mayor. A veces aparece antes incluso de entender las reglas del fuera de juego. La camiseta está en casa, los partidos se escuchan en la radio, los domingos tienen una determinada rutina y un día alguien te lleva de la mano hasta un estadio. Cuando quieres darte cuenta, la elección ya se ha producido.
Por eso hay aficionados para los que cambiar de club resulta prácticamente inconcebible. No porque consideren que su equipo juega mejor, sino porque ese equipo contiene personas y momentos de su propia vida. Porque no, este deporte jamás fue y jamás serán 22 tíos dando patadas a un balón.
Otro lector de The Guardian, vinculado al Queens Park Rangers, lo explicaba desde esa perspectiva: su relación con el club estaba unida a los partidos junto a su padre y a más de 50 años siguiendo al mismo equipo. Presidentes, futbolistas y entrenadores pasan; los aficionados permanecen y custodian una parte de la memoria de la institución.
Es una forma perfectamente reconocible de entender el fútbol. Pero no es la única. Porque después está todo lo que ocurre mientras uno vive. Puedes mudarte. Puedes enamorarte de una ciudad. Puedes emigrar. Puedes tener hijos. Puedes conocer a alguien que te lleva a un campo al que nunca habías prestado atención. Puedes empezar a seguir una liga extranjera porque durante años sus partidos eran los únicos que podías ver los sábados por la tarde.
Y entonces aparece otro equipo. No necesariamente sustituye al primero. Ocupa otro espacio. El fútbol también puede construirse por acumulación.
Quien nació en Zaragoza pero pasó diez años trabajando en Londres quizá continúe siendo del Zaragoza y, al mismo tiempo, haya terminado sintiendo algo por el Crystal Palace. Quien creció con el Athletic puede disfrutar siguiendo al Celtic por razones culturales que poco tienen que ver con una clasificación. Un español que vivió en Buenos Aires puede volver con una camiseta de San Lorenzo y consultar sus resultados durante décadas sin dejar de sufrir por el equipo de su infancia.
Un tipo armenio que simpatiza con el Barça desde Madrid por llevar la contraria a su padre puede perfectamente estar al tanto de los resultados del Sunderland porque le cogió caiño con el documental de Netflix Sunderland 'Til I Die o con el Once Caldas de Colombia por sus hermanos cafeteros. El problema surge cuando intentamos ordenar sentimientos con el reglamento de una competición.
El carné invisible del buen aficionado
Existe desde hace tiempo una especie de policía informal de la autenticidad futbolística.
Hay que ser de un equipo. Hay que haberlo sido siempre. Preferiblemente debe ser el equipo de tu ciudad o el de tu familia. No debes cambiarlo. No puedes simpatizar demasiado con su rival. Si empiezas a seguir a un conjunto extranjero cuando comienza a ganar, corres el riesgo de recibir uno de los insultos favoritos del fútbol moderno: “Plástico”.
Hay algo comprensible detrás de esa vigilancia. La fidelidad constituye una parte central de la cultura futbolística. Seguir a un equipo durante los años malos tiene un valor emocional precisamente porque uno podría haber elegido algo más sencillo. Hay aficionados que han recorrido cientos de kilómetros para ver partidos en Segunda B, que han soportado administraciones desastrosas o que han seguido acudendo al estadio cuando ya no quedaba ninguna posibilidad de éxito. Reducir esa relación a consumir victorias sería absurdo.
Pero el problema llega cuando una experiencia personal se convierte en requisito para todos los demás. Porque ni siquiera todos vemos el deporte por la misma razón.
Hay personas cuya principal relación con el fútbol es territorial. Otras llegan por la familia. Algunas se enamoran de un jugador y, a partir de él, conocen un club. Otras disfrutan sobre todo del juego y son capaces de ver un Girona-Villarreal sin sentir ninguna pertenencia especial por ninguno de los dos. Están quienes viajan visitando estadios, quienes coleccionan camisetas, quienes ven fútbol femenino pero apenas siguen el masculino y quienes pueden recitar la plantilla completa de un equipo de tercera categoría inglesa mientras desconocen quién ocupa la mitad de la tabla en Primera. También está quien sólo ve a su equipo. Y quien prácticamente ve todos los partidos menos el de su equipo porque los nervios se lo impiden.
No hay un examen de acceso para ser aficionado. Querer a uno no obliga a odiar a los demás. Quizá parte del problema provenga de una idea muy instalada en el fútbol: la pertenencia necesita necesariamente un contrario. Durante décadas, buena parte de la cultura del aficionado se ha construido mediante antagonismos. Real Madrid-Barcelona, Sevilla-Betis, Oviedo-Sporting, Celtic-Rangers, Boca-River.
Querer a uno no obliga a odiar a los demás
El fútbol convierte fácilmente el “nosotros” en un “ellos”. Y esa rivalidad, que Panenka exploró recientemente en una de sus tiradas, puede ser extraordinariamente divertida cuando permanece en el terreno adecuado. El problema aparece cuando asumimos que apreciar a otro equipo disminuye automáticamente la autenticidad del vínculo con el propio.
No tiene por qué ser así. Se puede querer profundamente a un club y sentir curiosidad por otros. Se puede celebrar un ascenso ajeno porque nos gusta esa ciudad. Se puede desarrollar simpatía por el equipo de nuestra pareja o nuestros hijos. Incluso se puede cambiar.
El fútbol suele tratar el cambio de camiseta como una pequeña apostasía, cuando las personas modifican prácticamente todas las demás cosas importantes de su vida: ciudades, trabajos, amistades, ideologías, gustos musicales o maneras de entender el mundo. Hay quien jamás cambiará. Hay quien sí. Ambos pueden haber sido aficionados sinceros.
Al final, cuando alguien pregunta “¿de qué equipo eres?”, muchos seguirán respondiendo con un único escudo. Otros necesitarán añadir aquel “pero” de Michael Opitz. Del Millwall, pero también miro al Freiburg. Del Betis, pero desde que viví allí me tira el Cádiz. Del Madrid, pero mi abuelo era del Rayo. Del Depor, aunque cada domingo compruebo cómo quedó aquel equipo escocés que conocí durante un Erasmus.
Puede que el fútbol siga prefiriendo respuestas simples. Las vidas de quienes lo ven casi nunca lo son.
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