Un torneo de fútbol sub-14 en República Dominicana puede parecer un escenario extraño para una de las mayores batallas de poder que recuerda la FIFA. No lo es. Gianni Infantino, cercado por una rebelión creciente dentro del organismo que preside, pretende acudir al torneo organizado por la Caribbean Football Union (CFU), según ha publicado The Guardian. Allí tendrá al alcance algo que necesita mucho más que una fotografía junto a jóvenes futbolistas: votos.
La visita llega mientras dirigentes de UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática de Fútbol (AFC) estudian cómo trasladar su ruptura con Infantino al terreno institucional. Todavía no existe una moción de censura formal y tampoco puede darse por hecho que vaya a producirse. Pero el presidente de FIFA tiene incentivos suficientes para empezar a contar apoyos uno a uno.
Y en ese recuento el Caribe adquiere una importancia que difícilmente puede medirse por sus resultados en los Mundiales.
La razón está escrita en las propias reglas de FIFA. Cada una de las 211 federaciones miembro tiene exactamente un voto en el Congreso. España tiene uno. Argentina, uno. Brasil, uno. Alemania, uno. Y Montserrat, un territorio británico de ultramar con apenas unos miles de habitantes, también tiene uno. FIFA reconoce oficialmente a su federación como miembro de pleno derecho. La lista de las 211 asociaciones puede consultarse en la propia FIFA.
Cuando el poder depende de sumar papeletas, el mapa del fútbol cambia por completo.
Cuando el tamaño deja de importar
La FIFA no funciona como una sociedad anónima en la que quien genera más ingresos controla más acciones. Tampoco pondera los votos en función de la población, las audiencias televisivas, los títulos internacionales o el número de futbolistas federados. Su principio básico es “una federación, un voto”.
Los estatutos de FIFA son inequívocos: cada miembro dispone de un voto en el Congreso y solo las asociaciones presentes pueden ejercerlo. Esa igualdad formal permite que países y territorios pequeños no queden sometidos permanentemente a las grandes potencias europeas y sudamericanas. También explica una parte fundamental de la política interna del organismo.
Para alcanzar la presidencia de FIFA no basta con convencer a Inglaterra, Francia, España, Brasil o Argentina. Hay que construir una coalición que atraviese África, Asia, Oceanía, Centroamérica y el Caribe. Y eso convierte a dirigentes de federaciones que rara vez aparecen en una fase final de un Mundial en actores políticos relevantes.
The Guardian ha informado este jueves de que Infantino pretende aprovechar el torneo dominicano para mantener contactos en un entorno donde puede encontrarse con representantes de 21 asociaciones caribeñas con capacidad de voto. La visita se produciría a pesar de que Concacaf, presidida por Victor Montagliani, se encuentra entre los focos de oposición a su gestión.
Ahí aparece otra peculiaridad del sistema. Una confederación puede adoptar una posición política y sus federaciones miembros votar después de manera diferente. Concacaf no dispone de un gran botón que active todos los votos de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe. La decisión final corresponde a cada asociación.
Para ganar FIFA hay que saber contar hasta 211
Infantino no descubrió ahora la importancia política de las federaciones pequeñas. Su ascenso y consolidación en FIFA han estado ligados a una estrategia de proximidad con asociaciones de África, Asia, el Caribe y Oceanía y, sobre todo, a una fuerte expansión de los programas de desarrollo.
El instrumento más importante es FIFA Forward. Según las cuentas oficiales del organismo, el tercer ciclo del programa, correspondiente a 2023-2026, contempla 2.250 millones de dólares para desarrollo del fútbol. Cada una de las 211 federaciones puede acceder durante ese periodo a hasta 3 millones de dólares para proyectos, además de hasta 1,25 millones anuales para gastos operativos y ayudas adicionales destinadas a viajes y equipamiento para las asociaciones con menos recursos.
En territorios con estructuras futbolísticas reducidas, ese dinero puede representar una diferencia enorme. Sirve para construir campos, pagar selecciones juveniles, financiar ligas femeninas, mejorar sedes federativas o simplemente permitir que una selección viaje a disputar sus partidos.
Montserrat es un ejemplo revelador. La propia FIFA atribuye 2,25 millones de dólares de financiación para infraestructura a proyectos comprometidos en el territorio dentro de Forward. El desglose puede consultarse en el mapa de impacto de FIFA.
Sería incorrecto concluir de ahí que FIFA “compra votos”. No existen pruebas que permitan establecer esa relación automática y los fondos están sujetos a reglamentos, proyectos y mecanismos de fiscalización. Pero sería igualmente ingenuo analizar la política de FIFA sin tener en cuenta el peso que adquiere para una federación pequeña la institución que financia una parte considerable de su desarrollo.
El dinero destinado al fútbol base es al mismo tiempo política pública deportiva y una de las estructuras que conectan permanentemente al presidente de FIFA con quienes algún día tendrán que decidir si continúa siéndolo.
El dinero que desarrolla fútbol también crea relaciones de poder
La cuestión resulta todavía más relevante porque la financiación está precisamente en el centro de la crisis actual.
A finales de julio, FIFA presentó un proyecto para multiplicar de forma espectacular sus programas de desarrollo. El organismo anunció su intención de elevar la inversión futura por encima de 10.000 millones de dólares mediante una nueva estructura denominada FIFA Forward Enterprise, que agruparía operaciones comerciales y eventos y podría incorporar inversores privados minoritarios.
Según el proyecto oficial, cada asociación podría recibir 20 millones de dólares durante el ciclo 2027-2030, frente a los ocho millones contemplados como máximo en Forward 3.0, además de posibles fondos extraordinarios para proyectos.
Pero la propuesta se ha convertido también en uno de los detonantes del enfrentamiento con Infantino. Sus críticos han cuestionado tanto el diseño de la nueva estructura comercial como la forma en que se planteó la entrada de capital privado y el grado de consulta interna. Lo que para FIFA era una fórmula para multiplicar los recursos disponibles para sus miembros ha terminado entrando en la batalla sobre quién controla económicamente el organismo y con qué controles se toman las grandes decisiones.
La paradoja es poderosa: el programa pensado para reforzar el desarrollo del fútbol mundial forma parte ahora de una crisis que puede amenazar al presidente que lo impulsó.
43 firmas para abrir una puerta que FIFA nunca ha cruzado
Para entender por qué cada encuentro importa conviene volver a las matemáticas. Los estatutos establecen que el órgano ejecutivo debe convocar un Congreso extraordinario cuando lo solicite por escrito una quinta parte de las federaciones miembro. Con 211 asociaciones, el umbral está en 43 federaciones. Ese Congreso tendría que celebrarse dentro de los tres meses posteriores a la petición.
La posibilidad de utilizar ese mecanismo está siendo estudiada por los adversarios de Infantino, aunque una cuestión permanece abierta: FIFA nunca ha celebrado una moción de censura contra un presidente en ejercicio en sus más de cien años de historia y sus estatutos no describen un procedimiento equivalente al de un parlamento nacional.
Eso obliga a distinguir entre tres cosas diferentes. Una es conseguir las 43 firmas necesarias para exigir un Congreso extraordinario. Otra, que ese Congreso incluya un mecanismo jurídicamente viable para apartar al presidente. Y una tercera, bastante más difícil, disponer después de una mayoría suficiente entre las federaciones para ejecutar ese desafío. En todas ellas cuentan los pequeños.
Europa puede formar el bloque de oposición más visible. Estados Unidos, Canadá y México tienen un enorme peso comercial. Brasil y Argentina son dos gigantes históricos. Pero dentro de una urna de FIFA ninguno de ellos posee más votos que Antigua y Barbuda, Barbados, Bermudas, las Islas Caimán o Montserrat.
La batalla no se ganará en Wembley
Ahí adquiere sentido el viaje a República Dominicana. Un torneo sub-14 no va a decidir por sí solo el futuro de FIFA. Tampoco puede afirmarse que los dirigentes caribeños vayan a respaldar en bloque a Infantino simplemente porque el presidente aparezca en el evento.
De hecho, la región no es monolítica. La Federación Dominicana, inicialmente próxima a Infantino durante la crisis, se ha alineado posteriormente con peticiones para revisar de forma independiente algunos de los asuntos que han generado el enfrentamiento, según The Guardian. Y las tensiones con Montagliani muestran que dentro de Concacaf existe una disputa real sobre el rumbo de FIFA.
Pero precisamente ahí está la relevancia del Caribe. El objetivo de cualquier dirigente amenazado no tiene por qué ser conseguir que una confederación entera cambie de posición. Puede bastar con impedir que sus adversarios conviertan el malestar institucional en una mayoría organizada.
Infantino conoce mejor que casi nadie ese tablero. Llegó a FIFA desde una UEFA poderosa, pero consolidó su presidencia construyendo apoyos mucho más allá de Europa. Durante años ha visitado federaciones pequeñas, inaugurado instalaciones financiadas por Forward y defendido un mensaje que conecta especialmente con ellas: el dinero generado por un Mundial no debe quedarse en los países que ya tienen estadios, ligas profesionales y grandes contratos televisivos. Ahora esa misma arquitectura política puede convertirse en su principal defensa.
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