Galicia vuelve a estar este miércoles en alerta por el temporal Pedro. Son demasiadas ya, a tenor de las sensaciones que muchos gallegos reflejan en medios de comunicación o redes sociales, y sus consecuencias, al margen de las relativas al ánimo de la ciudadanía, son muy graves desde el punto de vista medioambiental.
La Asociación para a Defensa Ecolóxica de Galiza, Adega, acaba de informar de lo que están provocando las intensas lluvias de estas semanas en conexión con la gravísima ola de incendios del pasado verano.
Según sus datos, los fuegos de la época estival dejaron “118.966 hectáreas”, atendiendo a los datos de la propia Xunta, un dato que Adega, siguiendo el indicado en su momento por el programa Copernicus de la Unión Europea, asciende hasta las casi 2100.000 hectáreas.
Las quejas de la entidad ecologista tienen que ver con lo que se había comprometido a realizar el Gobierno de Alfonso Rueda en las zonas arrasadas por el fuego. En concreto, según recuerda Adega, “informó de que tenía previsto actuar con labores de amortiguación de impactos y restauración hidrológico-forestal en unas 200 hectáreas”, un cifra ridícula que supone “el 0,16% de la superficie oficialmente quemada, o el 0,09% de la detectada por los satélites Sentinel del sistema europeo”, algo que la organizaicón naturalista define como “una gota en un océano de erosión”.
Un incendio forestal, además del propio deterioro sobre la fauna y flora del terreno al que afecta, provoca que los montes quemados quedan desprovistos de cubierta vegetal lo que, a su vez, conlleva que “el suelo pierda su estructura y coherencia y sufra un proceso de fuerte escorrentía superficial por las lluvias y vientos intensos durante los temporales”. Y aquí entran en juego los episodios de grandes borrascas que afectan a Galicia desde finales de 2025.
Estos fenómenos, según los cálculos de Adega, han agravado el proceso “al incidir sobre un territorio en el que apenas se han realizado intervenciones”. Esto se traduce en que “los arrastres y la pérdida del sustrato rico en nutrientes” deriven en una “desaparición total del suelo. Se pierden así millones de toneladas de un recurso natural no renovable tan importante y valioso como es el suelo”.
Problemas de salud pública
La Asociación cita a algunos investigadores científicos para exponer la dimensión de las consecuencias de la suma de incendios forestales y fuertes y continuas lluvias. En este sentido, y con alusión a esas investigaciones, “tomando como referencia una cifra estimada (y muy conservadora) de 24 tonelada/hctárea y año, obtenemos que para las 118.966 hectáreas 'oficialmente' quemadas por los incendios de 2025, la erosión eliminará en un año 2,85 millones de toneladas de suelo (5,02 millones si tomamos los datos del programa Copernicus)”.
A lo anterior, Adega añade una denuncia evidente por los efectos de las escorrentías en la salud pública y ambiental,
Una de las provincias más afectadas es Ourense. No obstante, “numerosos lugares se están viendo afectados por los arrastres de cenizas y sedimentos que las lluvias están provocando en los montes quemados”. El peligro se encuentra en que esos materiales llegan a los manantiales, arroyos y ríos, provocando “turbidez y alteraciones de la química del agua, lo que pone en riesgo el abastecimiento de personas y animales”.
La clave negativa de todo esto se halla en “la insuficiente actuación de las administraciones”. Esta parálisis, a juicio de Adega, “contribuye a agravar esta situación, pese a que es responsabilidad de la Xunta y de la Confederación Hidrográfica tomar medidas tanto de impacto, para evitar los arrastres y garantizar la calidad del suministro de agua, como estructurales, para recuperar la funcionalidad ambiental de los territorios quemados”.
El objetivo de Adega es, a través de esta información, lograr la reacción de la ciudadanía, animándola a que denuncie “para recordar a las administraciones sus obligaciones legales y exigirles la adopción de medidas urgentes”, con el fin de “revertir los efectos de las escorrentías”.