Antonio Gamoneda lanza un suspiro como quien predica una revelación. Cuando se sienta a la mesa, parece aferrarse al borde pulido de la madera como un gesto de resistencia. Sus pasos tienen el leve tintineo del que conoce bien los años y sus injustos compases. Antonio Gamoneda, premio Cervantes, decenas de obras publicadas, premios, galardones, es un hombre de ochenta y tres años en las manos. Y suspira aferrándose a la mesa como quien se aferra a la tierra con su adobe. Como un gesto inútil. Y lo sabe. Le han invitado a un encuentro en la Casa del Lector de Madrid para hablar de su amigo, el también poeta Ángel Crespo, y recitar un poema de su obra. Crespo fue también un escritor recostado en su propio incendio de la carne, otro viejo que resistió al olvido de una época -no sabemos si aullando en un código propio o como epístola de su derrota-  y que veinte años después de su muerte, es su obra la que pretende -no por avaricia, sino por la justa benevolencia de los años- resistir. Pero Gamoneda, que sabe que puede saltarse las normas del protocolo, admite sincero que no puede hablar de su amigo sin hablar también de él; y los ojos se le encienden como a un niño. "Crespo era mi amigo, y lo era porque éramos cercanos en lo cotidiano". Entonces sus palabras podrían convertirse en un manifiesto, en una obra sagrada, en otra revelación. Las palabras de alguien que tiene los resquicios de la vida entre los labios son como la luz definitiva de un retablo a punto de finalizar. Y las palabras de un poeta con el sencillo vértigo del misterio de la sangre en las mejillas,  son como una herida de acero. Casi como ignominia, busca en los bolsillos de la chaqueta -una americana, elegante y oscura- hasta que encuentra un papel arrugado con los versos: "Ignorancia de otoño", se titula el poema. Y los recita sin mirar. Entonces, esa cotidianeidad de Crespo, que es también la suya, se va deshaciendo con cada palabra: Aún no ignoras bastante /Temes el vuelo de ese pájaro / obstinado / ¿Transcurren, pues, las estaciones /o eres tú, tan absorto, el tiempo?/ Sabes ya que la lluvia / no importa, que nada vale el plazo /de la espera / Lo sabes /e ignorar es el alimento / del hombre -el de esta brisa / que no se sabe aire. Gamoneda, que hace suyo ese poema, ha regalado su secreto último, su verdad más absoluta: él, premio Cervantes, decenas de obras publicadas, galardones, seminarios, recitales, es un hombre de ochenta y tres años que dice que no sabe, que no entiende, que ignora. Él es el hombre en la propia exaltación de su condición y su derrota. (...) Cuando nos preguntamos sobre lo simbólico en literatura, el libro es quizá uno de los símbolos más utilizados, tangibles y fascinantes al mismo tiempo. La historia de la literatura y la historia del libro se entrecruzan y divergen por una simple razón material, pero tienen particularidades diferentes. La materialidad del libro, su tacto y su morfología, constituyen también una forma simbólica concreta, como advirtió E. Panofsky en La perspectiva como forma simbólica. Y como todo símbolo, su corporiedad es en sí misma un conjunto de valores, una representación concreta del mundo. La historia del libro y de la literatura son dos corrientes que luchan inquisitivas encontrándose sobre el ciego paisaje de un pasado que aclimata el porvenir. Si la historia de la literatura es la historia de los llantos de una época, de las traiciones, de los sueños inconclusos de unos y de los triunfos insomnes de otros, la historia del libro es la historia de  la articulación de las ideas, del trazado metodológico donde se esboza la realidad de un tiempo. Foucault llega a utilizar la literatura como símbolo de la ruptura de una época a otra de la historia. Así, el Quijote será para el filósofo francés el símbolo del paso del Renacimiento al Neoclasicismo, y Justine y Juilette, los personajes del marqués de Sade, del neoclasicismo a la Modernidad. Una vez más el personaje literario como símbolo de una realidad histórica concreta, de un hachazo, de un alumbramiento. La historia literaria es símbolo de la cosmovisión de una época, y la historia del libro es la historia de la articulación de esa cosmovisión. La naturaleza simbólica del libro reside precisamente en su carácter transversal: es historia de las ideas, pero es también historia de la articulación de esas ideas. El libro como símbolo de la historia y el símbolo del esqueleto de la misma. Y hay algo de ritual en todo esto, entre el autor que escribe el texto, el cuerpo que lo contiene, y el lector que se acuesta sobre sus páginas. Hay algo de experiencia colectiva en esta forma de construir la historia. La naturaleza del libro como símbolo es también, de alguna manera, su condición de finitud. Las páginas tienen la feroz herida de la consumación que vendrá; y la literatura, la incierta garantía de la permanencia. Y eso lo hace tan profundamente humano. Por eso el libro cuando la sed de resistencia al paso de los años, cuando la sospecha del olvido despierta como el estertor que antecede a un terremoto. Por eso en los pies descalzos, cuando la luz es todavía un sonido de pájaros en un atardecer que parece detenerse y volver a empezar. Por eso el libro cuando los bordes de la noche licuándose más allá del día, por eso el libro cuando la catástrofe del café cuando el cuerpo no se reconoce, cuando la levedad de los domingos en que el mundo cabe en una mano y da lo mismo amputar o resistir, porque ambas opciones resultan dolorosamente innecesarias. Por eso el libro cuando un cuerpo amado se apaga y el calor de su hierba huele a almíbar y a verano. Por eso, cuando la fruición de la carne comienza a desligarse de forma incómoda y callada, entonces está el libro. Como un presagio, como una luz atrolladora, como un acto de revelación y de abandono. El libro o la vida no son una disyunción excluyente o dicotómica. Como en el título de aquel libro de Aleixandre, ambos se presentan como una condición necesaria, como una relación de causalidad, inevitable. El libro. La vida. Sin embargo, hay en la lectura ese sabor insípido de encuentro con la vida salpicada y doliente: con la vida vivida. Cuando todos los hombres son Rodolphe Boulanger en su marcha o cuando el primer desengaño todos somos Madame Bobary, es que la literatura ha actuado previamente como oráculo, advirtiendo de la vida, de sus grietas, de su humillante confusión. Cuando llega la huida, los exilios y todos somos el Tomás de Kundera o el extranjero de Camus, es que el libro, y la literatura, han rozado esa condición tan profundamente humana: la de no saber, la de no entender, la de ignorar por qué y para qué. Tirar del hilo de la historia literaria en busca de respuestas  nos lleva a un Baudelaire gritando: ¿qué buscan en el cielo todos esos ciegos? Buscar en la literatura que ahora nos rodea nos lleva de nuevo a los versos de Ángel Crespo: "e ignorar es el alimento / del hombre -el de esta brisa / que no se sabe aire". Como un círculo que parece no cerrarse, como un ritual infinito de búsqueda y desencuentro, de levedad y confusión. (...) Gamoneda se levanta y avanza hacia su sitio, entre el público, sosteniendo el peso de la carne holganada sobre un vastón oscuro y férreo. Los presentes aplauden, le sonríen y alguno se atreve a felicitarle. Pero él guarda el papel arrugado en el bolsillo y se limita a asentir con la cabeza. Podría pensar que nadie ha entendido nada. Entonces parece cambiar el gesto y la bolsa que dibuja sus ojos se estiran al tiempo que traza una leve sonrisa en su rostro. Entonces Gamoneda saluda, abraza, manifiesta estar agradecido. Se sumerge en el otoño eterno que un día dibujó Ángel Crespo y que hoy se presenta inquisitorio, como a pedirle cuentas de amigo a amigo, de hombre a hombre, de edad a edad. El otoño que nadie entiende. Y sin embargo.