Durante años, el enfrentamiento entre Nicki Minaj y Miley Cyrus fue tratado como un simple beef de celebrities: egos, indirectas y ruido mediático. Sin embargo, observado desde el presente —con Minaj mostrando un apoyo cada vez más explícito a Donald Trump y al universo MAGA— aquel conflicto adquiere una lectura más profunda, ideológica y cultural.

La tensión entre ambas no nació de la nada ni fue un episodio aislado. En 2015, Miley ya había sido señalada por apropiarse de discursos feministas y raciales de forma superficial, algo que Nicki Minaj criticó públicamente. Años después, en 2019, el conflicto volvió a activarse cuando Cyrus mencionó a Nicki en una letra musical. La respuesta llegó desde Queen Radio, el programa de la rapera, donde se refirió a Miley como “Perdue Chicken”, un comentario despectivo que reducía a la cantante a una caricatura burlona y deliberadamente humillante.

No fue un momento improvisado ni una salida de tono en una alfombra roja. Fue una decisión consciente, pronunciada desde un espacio de control total del discurso.


Misoginia selectiva y poder

Más allá del insulto, lo relevante es desde dónde se lanza. Nicki Minaj siempre ha reclamado su lugar como mujer poderosa en una industria hostil, pero su ataque a Miley no fue un ejercicio de crítica estructural, sino una exhibición de desprecio personal. Una forma de marcar jerarquías entre mujeres: quién merece respeto y quién puede ser ridiculizada.

Ese patrón encaja con lo que hoy resulta más visible: una misoginia selectiva, donde el empoderamiento propio no implica necesariamente sororidad ni coherencia política. El problema no es la confrontación, sino la dirección del golpe.

El giro MAGA que reordena el pasado

El actual apoyo de Nicki Minaj a Donald Trump, sus gestos públicos de simpatía hacia el trumpismo y su cercanía a discursos conservadores han provocado desconcierto entre parte de su fandom. Pero también han servido para reinterpretar episodios pasados que, en su momento, se minimizaron.

El trumpismo no es solo una postura política: es una cultura basada en la confrontación, el desprecio público, la ridiculización del otro y la normalización del ataque, especialmente hacia mujeres que representan ambigüedad, libertad sexual, pensamiento crítico o disidencia estética. Miley Cyrus encarna todo eso.

Vista desde hoy, la agresividad verbal de Minaj hacia Miley deja de parecer un arrebato puntual y empieza a leerse como un síntoma temprano de afinidad con valores autoritarios, donde el poder se ejerce humillando.

El contraste con Miley

Mientras Minaj ha ido abrazando discursos conservadores y posiciones cada vez más cercanas a la derecha estadounidense, Miley Cyrus ha transitado el camino contrario: revisión crítica de su pasado, apoyo sostenido a la comunidad LGBTQ+, y una evolución artística menos complaciente con el sistema.

Ese contraste explica por qué hoy muchos reinterpretan aquel episodio no como una simple anécdota pop, sino como un punto de inflexión. No fue solo un insulto: fue una señal.

Cuando el pop deja de ser neutral

El caso Minaj–Cyrus demuestra que el pop nunca es inocente. Las palabras, los silencios y las alianzas construyen relatos que, con el tiempo, se ordenan solos.

La Nicki Minaj que hoy coquetea con el trumpismo es la misma que en 2019 decidió ridiculizar públicamente a otra mujer desde una posición de poder. No porque haya cambiado, sino porque el contexto ahora permite leer lo que antes se quiso ignorar.

Y cuando las piezas encajan, el relato deja de ser incómodo y se vuelve evidente.