En pleno clima de polarización cultural, el Super Bowl 2026 ya no es solo un evento deportivo: se ha convertido en un escenario simbólico donde se enfrentan dos visiones del mundo. La confirmación de Bad Bunny como artista principal del espectáculo de medio tiempo y de Green Day en la ceremonia de apertura ha provocado una reacción inmediata desde el ala más conservadora del espectro político estadounidense. Entre las voces más ruidosas, la de Donald Trump, que no ha dudado en posicionarse abiertamente en contra.

En una reciente entrevista, el expresidente fue tajante: aseguró que no verá el Super Bowl y calificó la elección de los artistas como “terrible”, afirmando que “solo siembra odio” (según sus declaraciones en New York Post). Además, confirmó que no asistirá al partido, marcando distancia no solo física, sino ideológica, con un evento que históricamente ha funcionado como escaparate de unidad nacional. Esta vez, sin embargo, el espectáculo parece incomodarle más de lo habitual.

Las declaraciones de Trump no surgen en el vacío. Tanto Bad Bunny como Green Day han sido críticos públicos de su figura y de sus políticas, y representan una cultura popular que ya no busca neutralidad. En el caso del artista puertorriqueño, su presencia en el escenario del Halftime Show simboliza mucho más que música: habla de identidad latina, de orgullo lingüístico —con una actuación previsiblemente en español— y de una masculinidad que no responde a los códigos tradicionales del poder.

Hace unos dias, circularon rumores sobre el posible vestuario de Bad Bunny, llegando a especularse con la idea de que podría usar un vestido. Aunque la producción ha desmentido esa opción (según TMZ), la sola posibilidad fue suficiente para encender un debate que va más allá de la moda. No se trata de una prenda, sino de lo que representa: una forma de expresión masculina que desafía las normas rígidas y que, precisamente por eso, genera rechazo en determinados sectores.

Este episodio vuelve a poner en el centro una cuestión que ya atraviesa la cultura contemporánea: la feminización de la moda masculina como gesto político. Figuras como Bad Bunny, Harry Styles o Pedro Pascal han demostrado que vestir de forma ambigua, sensible o alejada del canon tradicional no es una provocación gratuita, sino una declaración de libertad. En ese contexto, la reacción de Trump funciona como síntoma: no es miedo a la música, sino a lo que esa estética comunica.

El Super Bowl, con su audiencia global y su peso mediático, amplifica el mensaje. Que uno de los mayores eventos del entretenimiento mundial esté encabezado por un artista latino, queer-friendly y abiertamente político supone un cambio de paradigma. Ya no se trata de agradar a todos, sino de reflejar la diversidad real del presente. Y eso, inevitablemente, incomoda a quienes siguen defendiendo una idea cerrada de identidad, género y nación.

La ausencia anunciada de Trump en el estadio de Santa Clara es, en sí misma, un gesto simbólico. Frente a un espectáculo que celebra la pluralidad cultural y la libertad creativa, el rechazo se convierte en una forma de reafirmar fronteras ideológicas. Sin embargo, la conversación ya está en marcha, y trasciende al propio evento.

Al final, la pregunta no es si Bad Bunny usará o no un vestido, ni siquiera si Trump verá el partido. La verdadera cuestión es por qué, en 2026, la expresión libre del cuerpo masculino sigue siendo percibida como una amenaza. Y quizá la respuesta esté precisamente ahí: en el poder transformador de la cultura pop cuando deja de pedir permiso.