La feminización de la moda masculina atraviesa hoy una línea delicada entre la disidencia y el mercado. Lo que hace apenas una década era motivo de burla o sospecha, hoy se celebra —o se consume— desde portadas, alfombras rojas y campañas de lujo. Pero la pregunta ya no es si los hombres pueden habitar lo femenino, sino por qué ahora y a quién beneficia realmente esa visibilidad.
Cinco años después del vestido de Harry Styles en Vogue, el gesto dejó de ser excepcional para convertirse en lenguaje. A su alrededor orbitan figuras como Bad Bunny, Pedro Pascal o Timothée Chalamet, que han construido una masculinidad menos rígida, más emocional y estéticamente permeable. A ellos se suman nombres como Jacob Elordi, cuya transición hacia códigos más suaves y vulnerables ha sido leída tanto como evolución personal como estrategia de posicionamiento cultural.
Y ahí surge la grieta. ¿Estamos ante una alzada de voz colectiva que amplía los márgenes de lo queer, o ante una moda cuidadosamente empaquetada porque lo ambiguo, hoy, vende? La industria cultural no es inocente: convierte en tendencia aquello que antes fue marginal solo cuando deja de ser peligroso. Lo queer, una vez digerido y estetizado, se vuelve rentable.
El caso de Lil Nas X expone esta tensión con crudeza. A diferencia de otros artistas que coquetean con la feminidad desde una posición cómoda, él ha sido cuestionado de forma constante por “usar” su identidad para vender música. La acusación es reveladora: cuando lo queer es explícito, sexual y no tranquiliza al espectador heterosexual, deja de ser celebrado y pasa a ser sospechoso. No se cuestiona tanto el gesto, sino quién lo ejecuta y desde dónde.





El caso de Sam Smith termina de tensar esta conversación. A diferencia de otros artistas que han sido celebrados por suavizar la masculinidad desde cuerpos normativos, Smith ha sido duramente cuestionado cada vez que se ha mostrado feminizade, sexual o vulnerable. La diferencia no está solo en el gesto, sino en el cuerpo que lo ejecuta. Cuando la feminidad se encarna en un cuerpo gordo, no normativo y abiertamente queer, deja de leerse como sofisticación y pasa a ser catalogada como exceso, provocación o mal gusto. La reacción es reveladora: no incomoda lo femenino en sí, sino lo femenino que no puede ser estetizado según los códigos dominantes. Sam Smith expone así uno de los límites más claros de esta aparente apertura cultural: la industria tolera la ambigüedad siempre que siga siendo deseable, aspiracional y fácilmente consumible. Cuando lo queer no se puede domesticar, vuelve a ser castigado.
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Aquí el privilegio importa. No es lo mismo feminizar la masculinidad desde un cuerpo leído como heterosexual, blanco y normativo, que hacerlo desde una identidad abiertamente queer o racializada. En el primer caso, la suavidad se interpreta como sofisticación; en el segundo, como provocación o exceso. La industria premia la ambigüedad controlada, no la disidencia que incomoda.
Eso no invalida todos los gestos. Sería injusto negar que esta apertura estética ha ampliado el imaginario de lo posible para muchas personas. Pero tampoco podemos ignorar que existe una versión market-friendly de lo queer: descafeinada, elegante, aspiracional. Una feminidad sin amenaza, sin política explícita, sin memoria de violencia.
La reacción conservadora lo confirma. Mientras las pasarelas y las alfombras rojas se llenan de siluetas fluidas, la manosphere y los discursos reaccionarios refuerzan una masculinidad basada en la dureza y el control. Paradójicamente, es esa reacción la que delata el poder simbólico de estos gestos. Si no importaran, no provocarían tanto rechazo.
La clave está en diferenciar visibilidad de transformación. La moda puede abrir puertas, pero no sustituye al activismo. Puede normalizar imágenes, pero no garantiza derechos. Puede suavizar el imaginario, pero también vaciarlo de contenido. La pregunta no es si lo queer está de moda, sino qué queda cuando la tendencia pase.
Quizá estemos viviendo ambas cosas a la vez: una ampliación real del lenguaje de género y una apropiación comercial que intenta domesticarlo. La tensión no es nueva, pero hoy es más visible que nunca. En ese equilibrio inestable entre gesto político y producto cultural, la feminización masculina se mueve como un espejo incómodo: refleja avances, pero también límites.
Vestirse sigue siendo un acto político. Pero no todos los cuerpos pagan el mismo precio por hacerlo. Y ahí, precisamente ahí, es donde la conversación sobre lo queer deja de ser estética y se vuelve urgente.