Un bulto inesperado, una molestia leve o una sensación de pesadez pueden parecer inofensivos, pero a veces esconden algo más. El cáncer testicular es el tumor más frecuente entre los hombres de entre 15 y 35 años. A pesar de su rareza general, su aparición en edades tempranas y su evolución rápida exigen atención médica precoz.

Afortunadamente, estamos ante uno de los tipos de cáncer con mejor pronóstico. Detectado a tiempo, se cura en más del 95% de los casos. Las claves están en la autoexploración, la consulta médica sin demora y la rapidez del circuito de diagnóstico y tratamiento, aspectos que ayudan a despejar los miedos del paciente ante una palabra que siempre impone.

Sin embargo, aún existe una gran barrera psicológica. El pudor, el desconocimiento y la creencia de que "será una tontería" retrasan muchas visitas al médico. Por eso es importante conocer, paso a paso, qué ocurre desde que se nota algo raro en un testículo hasta que se recibe tratamiento. Porque cuanto antes se actúa, mayores son las posibilidades de curación y de preservar la calidad de vida.

Un bulto que no debe ignorarse

El doctor Imanol Martínez Salas, especialista del departamento de Oncología Médica, Unidad de Tumores Genitourinarios del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, lo resume sin rodeos: “El síntoma más habitual es la aparición de un bulto o endurecimiento indoloro en el testículo”.

Aunque ese es el principal signo de alarma, hay otros posibles indicios que no conviene pasar por alto. “Otros signos pueden ser: aumento de tamaño o cambio de consistencia del testículo, sensación de pesadez en el escroto y, con menos frecuencia, dolor testicular o inguinal”, explica.

El problema es que, al no causar molestias intensas, muchos hombres no le dan importancia. “Desde la aparición de los síntomas hasta el diagnóstico pueden pasar semanas o meses, sobre todo si el paciente retrasa la consulta, algo relativamente frecuente en hombres jóvenes”, advierte el oncólogo.

doctor Imanol Martínez Salas, especialista del departamento de Oncología Médica, Unidad de Tumores Genitourinarios del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz,
 

Del síntoma a la consulta médica

El primer paso es siempre la exploración física, donde el médico puede detectar anomalías palpables. Pero para confirmar el diagnóstico, se necesitan pruebas complementarias. “La ecografía testicular es la prueba clave y no invasiva para confirmar el diagnóstico”, destaca el Dr. Martínez Salas.

A esta se suman análisis de sangre para medir marcadores tumorales como la AFP, la beta-hCG y la LDH, que aportan información sobre la presencia de tumores germinales. También pueden requerirse pruebas de imagen como el TAC para valorar si existe afectación ganglionar o metástasis a distancia.

Pero el diagnóstico definitivo no llega hasta que se analiza el tejido. “La cirugía (orquiectomía) permite confirmar el diagnóstico histológico”, afirma el especialista. Esta intervención, que consiste en extirpar el testículo afectado, es clave tanto para diagnosticar como para frenar la progresión del tumor.

Orquiectomía y tratamiento personalizado

“El primer paso casi siempre es la orquiectomía radical, es decir, la extirpación del testículo afectado”, señala el Dr. Martínez Salas. Esta operación se realiza mediante una incisión en la ingle, con anestesia general, y no afecta directamente a la función sexual ni a la producción hormonal si el otro testículo está sano.

Tras la intervención, el tratamiento se adapta según el tipo de tumor y el estadio en el que se encuentre. Las opciones incluyen “vigilancia estrecha, quimioterapia (adyuvante o metastásica), cirugía de ganglios o, en algunos casos, radioterapia, que cada vez se usa menos”.

El enfoque es siempre personalizado. “El tratamiento se adapta de forma individualizada y suele ser altamente eficaz”, remarca. Las decisiones se toman en comités multidisciplinares que valoran cada caso en función de su agresividad, extensión y posibles efectos secundarios.

La vida después del cáncer testicular

Superar un cáncer no significa cerrar por completo el capítulo. “El seguimiento es fundamental para detectar recaídas precoces, controlar posibles efectos secundarios del tratamiento y vigilar la salud hormonal y reproductiva”, afirma el oncólogo.

Estos controles suelen mantenerse durante varios años e incluyen análisis periódicos y pruebas de imagen. La mayoría de los pacientes mantiene una vida normal, con plena capacidad sexual y reproductiva. No obstante, en algunos casos, sobre todo tras la quimioterapia, la fertilidad puede verse comprometida.

En este sentido, antes de iniciar el tratamiento, se recomienda siempre la preservación de semen. Un solo testículo suele ser suficiente para mantener niveles normales de testosterona y permitir la paternidad.

El mensaje final es optimista. “El pronóstico es excelente. La tasa de curación supera el 95% en fases iniciales y sigue siendo muy alta incluso en enfermedad avanzada”, concluye el Dr. Martínez Salas.

Autoexploración testicular: un gesto que salva vidas

Aunque no existe un programa de cribado poblacional, los expertos insisten en que la autoexploración puede marcar la diferencia. “Es importante que los hombres jóvenes aprendan a explorarse con regularidad, igual que se hace con las campañas de autoexploración mamaria”, recomienda el oncólogo.

Conocer el propio cuerpo y estar atento a cualquier cambio de forma, tamaño o consistencia de los testículos permite detectar alteraciones a tiempo. La autoexploración debe hacerse idealmente una vez al mes, preferiblemente tras una ducha caliente, cuando la piel del escroto está relajada.

Y ante cualquier duda, el mensaje es claro: mejor consultar de más que de menos.