La protesta pacífica corre el peligro de convertirse en la escenografía más educada de nuestra impotencia. Llevo 30 años en Madrid y de una cosa estoy seguro… Bueno, de dos: Madrid no es de los madrileños y en Madrid sabemos cómo usar las calles. Ser gato ya no es solo una identidad de los que somos de aquí, porque en Madrid ocupamos las calles gatos de todo el mundo que nos enamora disfrutar de su aire, de su periferia y de su roce con el tumulto del Rastro. Madrid es una ciudad ocupada tanto como yo, que vivo en el centro cada día más lleno de turistas, pero que si me salgo del centro un poco, cada día hay más gente que se ha ido del centro porque no le queda otra opción, pero que sigue resistiendo en la periferia porque Madrid todavía mola.
Madrid se llena con España y el Mundial, con Eurovisión, con el Orgullo, con San Isidro y las fiestas de los barrios, con cada evento que no es nuestro pero que tiene cabida porque, aunque el evento no sea nuestro, cabe en Madrid porque Madrid es de todos. ¡Y ES REAL! Peeeeeeeeroooo… Lueeeeegoooo… Cuando Madrid necesita que la defiendan si se la comen y nos la quitan, porque pierde identidad y todo eso que hace que la amemos se nos pierde, ¿dónde estamos?
¡Pues estamos! Estamos ahí, a pie de calle, luchando y defendiendo. Y sí, lo veo en redes y lo veo en la conversación diaria con las amigas en confianza, pero “I couldn’t help but wonder”: ¿Defendemos Madrid como Madrid se merece que la defendamos?
Yo, gente, confieso y me declaro poco manifestante porque cada manifestación que hay me toca en un horario en el que tengo que trabajar. ¿Soy parte del problema porque no dejo mi trabajo para manifestarme? Mis tres últimas manifestaciones fueron la del alquiler, que me volví pensando que está genial hacer sonar las llaves, pero en realidad no resuena nada. Recuerdo la manifestación por Palestina, que casi tenemos que salir corriendo porque hubo una trifulca no identificada y no quería llevarme un pelotazo porque tenía que trabajar al día siguiente, y recuerdo la manifestación porque mataron a Samuel, en la Puerta del Sol, en la que yo solo quería quemar los cuerpos de los que mataron a Samuel a golpe de maricón.
De estas tres manifestaciones, como individuo, siento que no conseguimos NADA. Fui, estuve, grité, lloré, me afectó, sentí que luché, pero al final, cuando me fui a casa y pasaron los días, nada cambió, así que, entonces, me juzgo y me digo que soy un falso porque me han engañado. He aliviado mi rabia, pero mi rabia ha sido aliviada por una protesta que no se ha hecho tangible porque no hemos tenido poder en la protesta. ¡Joder! He gritado y me ha servido para llevarme la conciencia tranquila a casa, pero me han dado gato por liebre. Me han dicho: “Sí, hazlo”, pero no han servido mis gritos de rabia nada más que para lo que ellos querían, que me desahogue y continúe con mi vida.
Hemos convertido la manifestación en una actividad que está perfectamente integrada dentro de la agenda de la ciudad. Nos dicen dónde empieza y dónde acaba, nos ponen un horario y, si no lo respetamos, tenemos lío. Tenemos un cordón y vigilancia policial para defendernos controlarnos y, al terminarla, el alquiler cuesta lo mismo; Samuel sigue muerto y en Valencia 12 descerebrados casi matan a un chaval por gay y en Palestina siguen bombardeando y y y y y y y…
Me manifiesto y el lunes vuelvo a trabajar a mi oficina tan tranquilo como los políticos llegan a la suya. ¡Guay! ¡Tranquila! Una semana de datos en redes sociales y luego… ¿Qué? La mierda sigue debajo de la alfombra. Nos han concedido el derecho a gritar con una condición: que el grito no interrumpa demasiado.
¿De verdad hacemos presión manifestándonos? ¿Conseguimos algo? ¿Tenemos que cambiar la forma en que jugamos nuestras cartas como pueblo? ¿Tenemos que arriesgarnos a la porra si la porra va a llegar igual? A nosotras, con pensamientos progres, la porra es el límite cuando la misma porra actúa de protección para los que manifiestan lo que no compartimos y entendemos. Nos comportamos bien, como personas educadas, y es delicioso, pero ¿qué hemos conseguido? De verdad, piénsalo. ¿Qué has conseguido siendo una bruja buena? ¿Eres una bruja buena o una bruja mala?
Francia aparece como referente cuando hablamos de protestas porque allí existe una conciencia que en España parece que no es posible. Allí, una manifestación no es solo una reunión multitudinaria, sino una demostración de dependencia. Allí se pone en jaque toda la ciudad cuando hay que luchar. Los transportes y servicios públicos se unen a los manifestantes para que se entienda que SIN NOSOTROS, VOSOTROS, políticos, NO PODÉIS HACER NADA. Te bloqueo la ciudad entera y entonces entiendes que yo soy el jefe. Yo, como pueblo, funciono como individuo que desea y, luego, consigue porque tengo a más individuos como yo.
¡Chicas, sin nosotros, esto no funciona!
En España, bueno, en Madrid, que es de lo que puedo hablar, porque creo que en otros sitios como en el País Vasco o Barcelona son capaces de lo que en Madrid no somos, puedo jurar que en Madrid hemos aceptado que el civismo es la solución, pero no entendemos que el civismo es la inocuidad. Somos pacíficos, sí. Pero somos pacíficos, mal. Nos manifestamos de una manera tan respetuosa y la normalidad que la normalidad apenas tiene motivos para respetarnos a nosotros. Madrid tiene un problema adicional y que no se expone en un habla diaria. Yo soy de Madrid y acepto que Madrid es de todos, pero también que parece no ser de nadie.
En esta ciudad vivimos quienes nacimos aquí y quienes llegaron desde Extremadura, Castilla-La Mancha, Andalucía, Galicia, Colombia, Venezuela, Marruecos, Italia u Oriente y de allí y allá. Vamos, que Madrid ya no es de los madrileños. Madrid ha construido una riqueza multicultural que le sobrepasa y, justo por esto, un Madrid actual y de 2026, que está formado por personas que conservan sus raíces en muchos otros lugares, necesita construir conscientemente una identidad común para que Madrid no se convierta en un territorio de uso.
¡Todas queremos vivir aquí, pero no todas luchamos para decidir cómo queremos vivir aquí! Para empezar, la mitad estáis empadronadas fuera. ¡Chica, vota aquí, te necesitamos!
En 2011, el 15M levantó, en lo que ahora es la sartén de Madrid, una pequeña ciudad política en la que se sucedieron asambleas, cocinas, enfermerías, comisiones y miles de personas preguntándose por qué la democracia consistía en votar cada cuatro años y pasar el resto del tiempo obedeciendo. No estábamos de acuerdo; acampamos. ¡Acampamos! Paramos la puta ciudad con nuestro coño/rabo plantado en el suelo.
Ahora Sol ha pasado de ser un lugar en el que permanecer a ser un lugar por el que pasar.
Marsha P. Johnson fue la cara del ladrillo que dijo basta a la opresión contra el colectivo LGBT el 28 de junio de 1969, porque los derechos no nacen de pedir educadamente que alguien nos los conceda, sino que nacen de personas que dijeron NO a continuar como antes.
Las protestas contra la participación del equipo Israel-Premier Tech en La Vuelta de 2025 demostraron que en Madrid miles de personas no permitieron expresar el acuerdo y permiso del gobierno de la Comunidad de Madrid con Israel. Se podrá discutir la acción, sus riesgos y sus consecuencias. Pero nadie puede decir que no se enteró. Fuimos imposibles de administrar y de controlar, y se generó una barrera que hizo un estamento al que el gobierno teme que pueda volver a pasar. Marcamos un límite muy claro de la mano de la rebeldía.
En Palma, decenas de miles de personas han copado este julio las calles contra un modelo turístico que deforma su territorio, encarece su vida y vivienda y consume sus recursos de tal manera que ha habido cargas policiales, personas heridas y un fotoperiodista golpeado en la cabeza. En Valencia, un agente fue imputado después de empujar por la espalda a una profesora durante una protesta educativa. En lo público, la policía hace de perros del Estado y nos pega, pero en lo conservador y privado les permite hablar. ¡Estamos jodidas si no cargamos en su contra! Somos cómodas, previsibles y fácilmente desalojables si no hacemos el ruido.
El compañero con el que grabé estas entrevistas me dijo que no se puede ver a un representante (o sea, yo. Porque no soy periodista, por eso me llamo representante) o periodista, en este caso Scrolling en El Plural, incitar a la violencia y la revolución.. Yo no incito a la violencia, incito a la organización de la rebeldía. A la entropía. Organicémonos dentro del caos que somos para conseguir lo que queremos.
En Madrid no necesitamos indignación, necesitamos comunidad. Vives aquí y no eres un huésped temporal. Las plazas son nuestras y podemos usarlas, pero nos han quitado los bancos que usaríamos para hablar o tomar una cerveza y divagar. El otro día estuve en la Plaza de Chueca y, en lo que tardaban en llegar mis amigos, mis posibilidades eran o sentarme en una terraza consumir o sentarme con los yonkis a tomarme una lata. Consumo. ¡No hay ni un banco de piedra o madera de los de siempre que como ciudadano pueda usar para descansar mis piernas! Y doy fe de que esos bancos hace pocos años existían. Madrid, y nosotras, necesitamos dejar de comportarnos como huéspedes para ser habitantes que demandamos usar nuestras calles. Las plazas no son para cruzarnos, son para encontrarnos.
La derecha sabe unirse y de eso tenemos que aprender los de la izquierda. Unidas podemos y somos más fuertes.
Y luego, chicas, si leéis esto, nosotras como pueblo podemos ser fuertes. No somos débiles porque carezcamos de poder, sino porque no vamos juntas en bloque y no estamos coordinadas para conseguir.
Si María Jiménez dijo que “se acabó” y puso tacones, cola y límite, ¿nosotras no podemos hacer lo mismo siendo tantas? Amaral canta: “Por todas las canciones que empiezan nacer para no ser escuchadas y al fin lo van a ser. Cantadas con rabia por los que siempre callaron. Siento que llegó nuestra hora. Esta es nuestra revolución. Somos una luz cegadora”.
Encontré esta canción que quiero compartir en este artículo. Está en Spotify y es: ¨Señora azul¨ de Canovas, Rodrigo, Adolfo y Guzman. Una canción catalogada como prohibida por Radio 5 el 23/08/2014. Fuente: Spoty y la web RTVE. Es deli y graciosa y, también, verdad.
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