Con 14 años yo jugaba al fútbol, no en el recreo del colegio, sino en las clases de educación física, por obligación, vamos, porque en el recreo tenía dos opciones: o jugar al fútbol o irme con mis amigas a hablar y cotillear. ¿Os acordáis del pelotari? Pues mi colegio era uno de esos donde los mayores que iban a bachillerato; le quitaban la pelota a los que estábamos en la ESO para tirarla lo más alto posible y reírse de nosotros mientras la perseguíamos de una punta a otra del patio. Para mí el futbol tiene algo de eso, de nocivo, de burla y de violencia. Aunque también tiene mucho de amistad. De la amistad primera que  da a ver que no estás sola y que formas parte de un equipo. Una amista que nunca se olvida. Mis amigos, cuando jugábamos al fútbol en el colegio en educación física y llegaba la hora de elegir a los equipos siempre estaba el dilema este de a ver si no eres el último al que eligen. ¿Que qué? Se escogen a dos capitanes y, luego del restante, se van cogiendo uno a uno a los integrantes de cada equipo hasta que llega el último, que se va donde le toca por descarte, algo cruel y solitario. Y que seguro nos llevábamos a casa a quienes nos pasaba, pero yo no lo recuerdo como habitual sino como anecdótico, porque a mí, a pesar de ser literalmente un paquete, porque soy un paquetillo en los deportes, todo sea dicho, no era de los que escogían los últimos, no como norma, porque en los equipos tenía amigos, amigos que iban a apostar por mí aún sabiendo que lo único que podía hacer era quedarme en la defensa y esperar que el balón viniera con el enemigo detrás y hacer de barrera para que no pasara, hacer de muralla. Me gané un mote y todo: El Candado”, después de ir en contra de Roberto Iglesias, del equipo oponente, y casi provocarle un esguince por pegar al balón a la vez que él. Lo siento, Roberto. ¿Pero cómo no darlo todo por mi equipo si mis amigos lo habían dado todo porque formara parte de él?

Con menos de 14 años, tendría la edad de hacer la comunión o por ahí; recuerdo ir a los palcos en el Bernabéu con mi padre y con mi hermano, comer jamón y tomar Coca-Cola, o ir a la zona de entrenamiento del Real Madrid en un día cualquiera a ver a Raúl, Fernando Hierro y todos estos (estaba ENAMORADÍSIMA de Raúl) a hacernos fotos porque mi padre era amigo de uno de los fisios del equipo. Vamos, que el fútbol se me presentó como un sitio de lujo y hermandad hasta cierto punto en una temprana edad.  Pero el fútbol, en sí mismo, como deporte, me empezó a producir rechazo poco a poco hasta el día de hoy, siendo un ambiente en el que no quiero verme, pero que, joder, luego lo pienso y me entretiene, pero que me expulsa por todo el ecosistema que le rodea. Un ecosistema que he visto que provoca peleas entre familiares, coches destrozados, insultos a personas que cinco minutos antes del pitido inicial no sabías que existían… Y no tengo en mente otro ámbito cultural que produzca ese efecto con tanta naturalidad. Nos volvemos locas porque Bad Gyal mueve el culo pero no nos liamos a puñetazos contra alguno que prefiere a Rosalía antes.

Y ha día de hoy, sí que me produce rechazo, y ojalá en vez de rechazo fuese indiferencia simplemente, indiferencia tipo “oye, que gane España, ole, ole”, pero es que no, es que me da rabia. ¡NO ME DA RABIA ESPAÑA! Me da rabia que el fútbol genere un ambiente nocivo. No digo un ambiente nocivo porque me lo invente o porque lo vea en redes, no. Lo digo porque he trabajado como camarera en bares donde la típica pantalla da espectáculo a más de 200 personas a la vez. Y en estos bares es donde he entendido una teoría que siempre me rumia por la cabeza cuando hay fútbol, que es que, cuando hay fútbol, todo vale.

Cuando hay fútbol, da igual que el bar donde lo veas supere el aforo permitido. Da igual la masificación de las calles o que se generen tumultos que impidan el tráfico. Todo vale, todo se permite porque estamos celebrando a nuestro país o a nuestro equipo autonómico (lo llamo así porque, chicas, como ya habéis comprobado, yo de fútbol sé poco, poquito, poco; me falta llamarlo balompié).

Pero claro, ya ahora pongo en entredicho y en tela de juicio a mí y a mi opinión, porque el fútbol a mí no me ha hecho nada; me lo ha hecho el alrededor que lo secunda. La cultura que se ha generado en sus lindes. ¿Cómo este mariquitouse va a querer ir a ver un partido si el insulto de maricónes usado para denigrar a los jugadores cuando no performan una jugada o no se desempeñan como lo que sus forofos esperan? Pues, chico, para eso me voy a ver Drag Race, que me provoca, casi seguro, la misma adrenalina, pero si escucho ‘maricón’, no irá con despectiva connotación.

También te digo que no a todos nos tiene que interesar todo, y que no voy a ver el fútbol masculino porque si voy en tacones me pondrán la zancadilla, pero que tampoco voy a ver el femenino, que seguro que ahí no tengo ningún tipo de problema. ¡Ah! ¿En el masculino tendría problema por ir en tacones y en el femenino no? ¿Entonces el problema es el ambiente que se genera por los hombres en vez del de las mujeres? Tengo que salir a investigarlo. Pero no me extraña que luego no salgan gays en el fútbol masculino. Para tener problemas, ¿por qué b Pues buscarlos? Pues los entiendo.

Y hablando del fútbol femenino, ya que estamos en estas, sí es un negocio antes que un deporte, pero en el fútbol femenino, la desigualdad no puede explicarse únicamente por la facturación. La facturación es también consecuencia de décadas de decisiones sobre quién recibe estadios grandes, retransmisiones periódicas, periodistas comprometidos, inversión descomunal y legitimidad cultural. A las futbolistas se les pide que generen dinero para demostrar que merecen inversión.  La institución exige primero la prueba individual (enséñame que si invierto en ti obtendré beneficio) antes de cambiar las condiciones estructurales que hacen tan difícil producir esa prueba. 

El fútbol se presenta como una meritocracia donde juega quien vale y cobra quien genera, pero las posibilidades de mostrarse, competir y generar valor nunca se han repartido en igualdad de condiciones.

Ojalá todos nos uniéramos por otras causas que nos afectan todos los días tanto como nos unimos por un partido que nos une durante unas horas.

Ojalá romper la rueda.

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