Érase una vez, allá por 1899, un señor llamado Albert von Schrenck-Notzing se subió a un escenario médico para afirmar que había conseguido convertir a un hombre homosexual en heterosexual. No lo hizo con magia, pero sí usó el arte de birlibirloque: 42 sesiones de hipnosis y recurrentes visitas a un burdel de señoritas de dudosa reputación… ¿Quién no se ha visto en un lugar así alguna vez? 

Albert sugería una fantasía muy concreta: la de que el deseo es una cerradura rota que se puede arreglar desde fuera. Esta fantasía ha durado décadas, diciendo a gays, lesbianas, bisexuales y trans que lo nuestro es una enfermedad, una fase, una desviación, un pecado, la herida de un padre ausente o el problema de una madre sobreprotectora, cualquier excusa que sirviera para no poder decir la verdad de que el problema nunca ha estado en nosotros, sino en los que no soportan vernos existir. Y en este momento se le abrió el telón rojo y se nos presentó la palabra terapia”. Donde curar no era sanar, sino romper, y el sanar se degradó a enseñarnos a odiarnos con buenos modales. El monstruo aprendió marketing.

Aunque a día de hoy la sensación que da es que la palabra terapia se añade como complemento para vender bienestar y nos inspira una confianza automática o nos promete crecimiento personal, las terapias de conversión parten de la promesa opuesta, la promesa de que eres un problema y las herramientas de estas terapias para “curarte, “ayudar a controlarte o “acompañar tu malestar, viajan desde la hipnosis, electroshocks y tratamientos psiquiátricos hasta retiros religiosos, sesiones de oración, supuestos acompañamientos psicológicos o encuentros donde se convence a alguien de que, si se esfuerza lo suficiente, dejará de ser quien es.

El 27 de junio de 2026, El País publicó el testimonio de Hugo, un joven que contó que tenía 11 años cuando un profesor de su colegio concertado y religioso, en un pueblo de Valencia, le llamó aparte durante el recreo para preguntarle si de mayor quería tener novia, habló con él sobre los "deseos homosexuales" y después trasladó la conversación a sus padres. Hugo era un niño que todavía no había recibido educación sexual, pero ya había conocido a un adulto convencido de que había algo que corregir en él. Una decisión que ni partía de él y que para nada era una decisión libre. Conoció a un adulto que le dijo que existe una versión de sí mismo más aceptable que la real.

Durante décadas, miles de personas hemos crecido con la certeza de que el problema no era el rechazo que sufrimos, sino nosotros mismos, y que nuestra forma de demostrar amor es un error, que nuestra identidad es una confusión y que la forma de desear es una enfermedad. Muchas personas han aceptado estas prácticas porque han confiado en quienes se lo han propuesto, pero otras han sido empujadas por familiares, comunidades religiosas y amenazadas con la posibilidad de perderlo todo si la terapia no surtía efecto. Imagínate, si estás leyendo esto, que toda la gente que te quiere te dice que hay algo que está mal dentro de ti… Ahí es donde ya no distingues entre lo que es el amor y  la presión.

Con el tiempo, la ciencia ha desmontado todos estos hechos. El primer gran golpe llegó el 15 de diciembre de 1973, cuando la Asociación Estadounidense de Psiquiatría decidió retirar la homosexualidad de su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), dejando de considerarla una enfermedad mental. Años después, el 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), una decisión aprobada por la Asamblea Mundial de la Salud y que hoy se conmemora cada 17 de mayo como el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia.

Si las principales organizaciones médicas y psicológicas del mundo han dejado claro que la homosexualidad, la transexualidad y la bisexualidad no son enfermedades y que intentar modificar la orientación sexual o la identidad de género de una persona no solo no funciona, sino que puede provocar ansiedad, depresión, culpa, aislamiento, estrés postraumático e incluso aumentar el riesgo de suicidio. ¿Qué hace que siga existiendo ente con tales convicciones? Si la ONU ha llegado a calificar estas prácticas como una forma de tortura, ¿por qué siguen existiendo este tipo de prácticas?

Pues por esto, el pasado 25 de junio, la Cámara Baja aprobó una reforma del Código Penal para castigar con penas de prisión las terapias de conversión. Ahora el texto deberá completar su tramitación en el Senado antes de entrar en vigor. Es un pequeño paso para el hombre, pero… ¿Cómo es posible que en 2026 siga siendo necesario legislar contra algo que parte de la premisa de que hay personas que nacen mal? Con esta ley, como con todas, no solo se va a castigar, sino que también vamos a acercarnos un poco más a poder educar a las generaciones venideras y a las existentes, porque esta ley envía un mensaje claro sobre lo que nuestra sociedad considera aceptable y aquello que decide no tolerar que ser LGTBI es un problema susceptible de solución. Si no permitimos que esta idea circule, evitemos herir a los que sufren directamente por estas terapias y no alimentaremos un clima en el que el prejuicio encuentre más espacio para crecer.

Me quedo loco con noticias como la publicada por RTVE el 26 de junio de 2026: doce chavales, incluyendo a menores, fueron detenidos y otro investigado por las brutales agresiones homófobas cometidas en Palencia tras citar a sus víctimas mediante un perfil falso en Grindr. No se puede comparar una terapia de conversión con una paliza, pero sí que las dos tienen un mismo punto de partida, la deshumanización del otro, la idea de que hay personas cuya forma de amar o de existir merece ser corregida o castigada.

Somos animales sociales que desde que nacemos aprendemos que necesitamos el afecto, el reconocimiento y la pertenencia para sobrevivir. Cuando una terapia de conversión entra en la vida de alguien, es para hacerle creer que, para seguir siendo querida por su familia, por su comunidad o por su fe, antes debe dejar de ser quien es, legitimando una violencia silenciosa que obliga a ese ser humano a elegir entre su identidad y el amor de quienes más necesita.

Esta ley no nace de la nada, nace porque estas prácticas para anular nuestras conductas siguen existiendo. Por eso importa que en España el Congreso haya aprobado convertirlas en delito con pena de dos años de cárcel o servicios comunitarios, y que la reforma pase ahora al Senado: porque no estamos hablando de opiniones, ni de libertad religiosa, ni de una conversación incómoda en una casa. Estamos hablando de prácticas que nacen de la mentira que una persona LGTBI tiene que dejar de serlo para merecer amor, familia, Dios, futuro o paz. La consecuencia de que existan no es solo el dolor individual. Es un mensaje colectivo que fomenta el “tú estás mal hecho” y que consigue que durante un tiempo dudes de si mereces ser querido siendo quien eres. Y quizá por eso esta ley no debería celebrarse como una victoria alegre, sino como una reparación mínima. 

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