“Cultura, culturita, ¿dónde estás tú tan bonita?” La pregunta la solté simplemente para tener un inicio de video un poco entretenido, pero es verdad que he estado pensando bastante en ella. ¿Dónde estás, oh, tú, cultura mía? ¿Dónde está la cultura en mi vida? Porque cuando dejo de hablar de cultura así de manera grandilocuente y abstracta y bajo al terreno de lo cotidiano y del día a día, me encuentro con una realidad menos idealizada y romántica: no es que no queramos consumir cultura, es que muchas veces no podemos permitirnos hacerlo como nos gustaría. Todo esto os lo escribo mientras mi compañera de piso le está dando un cuarto de LSD a un amigo suyo y aconsejándole cómo tomárselo para que disfrute del viaje en un festival de música donde va a ir a hacer bolas de barro. Al parecer, las bolas de barro son un concepto japonés para el mindfulness y la expresión de la creatividad. Como podéis ver, cada loco con su tema. Así que vamos con el mío.
En los discursos públicos, la cultura ocupa un lugar jugoso y llevado por bandera que se vincula a la formación, la educación, la identidad o al poder desarrollar un pensamiento crítico. Ir al teatro, al cine, leer, escuchar música, visitar museos: todo forma parte de una idea de ciudadanía plena; pero, sin embargo, esa imagen de plenitud se sostiene sobre una premisa, la premisa de disponer de tiempo, de estabilidad económica y de margen mental para poder elegir.
Cuando no tienes un sueldo fijo, cuando no sabes cuánto vas a ingresar el mes siguiente, la cultura deja de ser un hábito y pasa a ser una variable. Todo os lo hablo desde mi experiencia, no puedo hablarlo desde otro lugar. Primero va el alquiler, luego la comida (fíjate la prioridad) y, si queda algo, entonces aparece la posibilidad de hacer cualquiera de los planes mencionados en el párrafo anterior. No como rutina, sino como excepción. Y esto no significa falta de interés, para nada, sino que a muchos nos gusta ir al cine, al teatro, a un concierto o leer un libro, pero entre que un libro puede suponer apretarse el resto del mes, que un concierto puede costar lo mismo que una semana de compra o que un vinilo se ha convertido en un objeto de lujo, la decisión deja de ser cultural y pasa a ser económica.
La cultura, en muchos de sus formatos de acceso, es cara. Los conciertos alcanzan cifras que hace unos años eran impensables. Los vinilos no bajan fácilmente de los treinta o cuarenta euros (si no se ha muerto el cantante o si se acaba de lanzar al mercado). No se trata solo de costes de producción o de impuestos; hay también una estrategia de mercado que ha convertido ciertos productos culturales en objetos de deseo, más cercanos al coleccionismo que al consumo cotidiano.
En ese contexto, la forma en la que accedemos a la cultura se vuelve irregular, fragmentada y dependiente de factores externos. Yo me he convertido en la persona que va a conciertos porque alguien me invita o porque conozco a alguien en la organización y, a veces, porque compré una entrada meses atrás, en un momento en el que sí tenía dinero. También soy la persona que va al cine cuando la experiencia lo justifica, pero muchas veces prefiero esperar a que la película llegue a una plataforma (no cualquiera, sino a aquella a la que ya estoy suscrito), aunque eso suponga verla dos años después. En el teatro, por ejemplo, mi experiencia y percepción cambian porque, al igual que sigue siendo percibido como caro, también ofrece grietas en el sistema: descuentos para jóvenes, entradas de última hora, localidades en gallinero a precios simbólicos. Ahí aparece otra dimensión de la cultura: cuando el acceso se facilita, la experiencia se intensifica. Aparte de que, entre elegir ver una película que ya podré ver en un futuro o ver una obra de teatro que no se volverá a reponer nunca... el espectáculo en vivo gana siempre. Sin embargo, no solo puedo engancharme y desarrollar mi discurso únicamente desde lo económico; sería injusto y mentira. También existe una cuestión de hábitos que me hace preguntarme hasta qué punto elijo no consumir cultura incluso cuando podría hacerlo. Cuántas veces el dinero que no destino a un libro se va en otras formas de ocio más inmediatas: una caña. Cuántas veces se criticó la falta de lectura mientras yo mismo reconozco que no leo tanto como quisiera. Tengo una contradicción entre el discurso y la práctica y, al final, escribiendo estos artículos, encuentro la comunión entre mis actos y mi incoherencia.
Y aquí abrimos el debate sobre el bono cultural, que no solo afecta a España; como vemos en el video, también en Chile está pasando lo mismo (¡VIVA CHILE!). La intención es clara: facilitar el acceso de los jóvenes a bienes y actividades culturales. Pero su uso real de ese dinero se ha destinado a ocio nocturno o consumo de alcohol, aprovechando los márgenes del sistema. ¿Es un problema? Probablemente sí, en términos de objetivo público. ¿Es sorprendente? En absoluto. Cuando se abre una posibilidad sin restricciones claras, los usuarios la interpretan según sus prioridades, lo que demuestra que las prioridades de muchos jóvenes no son la cultura ampliamente comprendida, sino el ocio, el ocio nocturno y pillarse el pedo el fin de semana, y no les puedo culpar; yo con 18 años y en la universidad… Digo poco, pero se me entiende. Hecha la ley, hecha la trampa. Y de eso en España sabemos mucho, pero, aun así, reducir la conversación a una cuestión de buen o mal uso sería simplificar demasiado. El fondo del asunto sigue siendo el mismo: qué entendemos por cultura, quién puede acceder a ella y en qué condiciones. Porque mientras para algunos es un consumo habitual, para otros sigue siendo un lujo esporádico.
Y, sin embargo, la cultura importa y mucho y, creo, que más en este contexto global que estamos viviendo, tan marcado por la incertidumbre, los conflictos y la saturación y sobreexposición a la información. Me gusta entender la cultura no como un adorno, sino como una herramienta para entender el mundo, para ponerse en el lugar del otro, para ampliar los límites de la experiencia propia y de los demás. Desde el cine hasta la música, desde el teatro hasta la gastronomía, todo aquello que nos expone a otras realidades contribuye a construir una mirada más compleja y, potencialmente, más tolerante. Odio usar la palabra tolerante, pero bueno, chicas, me la enseñaron en catequesis de pequeño y nunca podré deshacerme de ella.
El problema de la cultura, manido ya desde hace tiempo, es que no debería plantearse en términos de consumo, sino de acceso. El problema no ronda sobre si la gente consume cultura, sino sobre si puede hacerlo en igualdad de condiciones, porque la cultura no es un derecho, sino más bien un privilegio, ya que, en el fondo, muchos (yo el primero) sí sabemos qué haríamos si tuviéramos más margen: ir más al teatro, más al cine, más a conciertos; comprar libros, discos, películas; llenar estanterías con todo aquello que hoy se mira desde cierta distancia. El deseo está ahí. Lo que falta, muchas veces, es la posibilidad de sostenerlo en el tiempo.
Y mientras tanto, seguimos moviéndonos en ese equilibrio inestable entre lo que queremos consumir y lo que podemos permitirnos. Entre la cultura ideal y la cultura real. Entre el discurso y la vida. Un besillo, gatuelos.
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