Ir a un concierto ya no es solo ir a escuchar la música en directo y ver el espectáculo de tu artista favorito o de un artista que te guste. Ahora, ir a un concierto se ha convertido en una especie de Juegos del Hambre. Ir a un concierto implica comprar con meses de antelación algo que no sabes exactamente qué será. Tienes que entrar en una cola virtual interminable de horas o días. Pagas precios que hace unos años te habrían parecido absurdos, pero, aun así, lo haces. 

Ahora el ir a un concierto no es comprar música en directo. Es comprar el poder de estar presente. Como siempre, ¿no? Dirás. Pues no. Vamos, yo no lo veo así.

En los últimos años, desde el fin de la pandemia, más específicamente, algo ha cambiado en la forma en la que consumimos ocio. Nos acostumbramos a planificarlo todo, a comprar entradas con antelación, a aceptar que si no decides ya, te quedas fuera. No hay espacio para darle una oportunidad a la improvisación.  Lo que antes era espontáneo, como salir y entrar en un sitio y comprar en puerta a última hora, ahora se ha convertido en una decisión que se toma semanas o meses antes. Y en el momento que dudas, pierdes.

Este modelo, que empezó como una necesidad para controlarnos después de la pandemia y que no se expandiese un virus, se ha convertido en una norma que es, en realidad, una enfermedad que se ha desarrollado más allá de los conciertos, llegando a las discotecas, de los festivales o de cualquier tipo de evento que funciona ya bajo esa lógica de urgencia constante. ¡Compra ahora! ¡Luego ya verás!

El problema es que esa forma de consumir no solo organiza el acceso, sino que también moldea el comportamiento que tenemos dentro del evento que consumimos. El concierto se ha convertido no solo en un espacio para escuchar música, sino en un entorno de producción de contenido. Bueno, vivimos en esa época, ¿vale? Pero compras entradas sin saber si vas a ir o porque tus amigos van, porque si no vas, te vas a quedar fuera, pero, sobre todo, porque, si no estás, lo vas a ver igual. Te vas a comer días de ver a la mitad de las personas que sigues en redes, cómo han estado y ver cómo tú no has estado. A ver, que esto es lo que comento porque a mí a veces me pasa, las menos, pero sí que escucho mucho la típica de: “¡Joder, es que yo quería ir y no he podido y ha ido todo el mundo menos yo!”. Y, claro, yo ahí pienso, ¿pero quieres ir porque va todo el mundo o quieres ir porque quieres vivir el evento?

Esta creo que es una de las claves: el concierto ya no termina en el recinto. Empieza y se amplifica fuera, en Instagram o en TikTok y en cualquier timeline. No vas solo a vivir una experiencia. Vas a generar contenido y esto hace que cambie la forma de ir en sí misma. Las primeras filas ya no siempre son de fans. Son, muchas veces, de quienes necesitan ese plano para vender que la experiencia es más cercana. ¿Por qué utilizas el x8 de la cámara de tu teléfono? ¿Cuántas veces vas a ver ese video después o a enseñarlo a la gente? ¿Vas a ver a Laura Pausini y es ella misma la que tiene que decir que el cámara grabe a la gente que está más lejos porque ellos sí se saben las canciones, que a la gente que está en la primera fila porque no abre la boca ni para una? Pues para eso paga menos euros a la chiquita esa que se hizo viral, que les mandaba fotos a los que la pagaban para que les enviara fotos del concierto en directo para subirlas a sus redes. Estoy muy juzgona y lo sé, y creo que es porque no tengo la solvencia económica como para pagarme el poder ir a todos los conciertos que querría, y os veo a vosotras que sí. No sé. Bueno, sí lo sé. Es eso.

Entiendo que los conciertos en sí mismos se han convertido a día de hoy, más allá de un espacio de comunión y disfrute entre fans de un mismo artista, en espacios económicos de estatus social. Puedes ir a grabar contenido o a vender fotos. Existe la posibilidad de que puedas monetizar tu asistencia o convertir ir a cada concierto en un evento que apoye y haga crecer tu marca personal. ¿Voy a disfrutar o a mostrar que veo que disfruto? ¿Pero si disfruto y no subo nada, de verdad disfruto? Al final, yo como asistente dejo de ser consumidor únicamente para convertirme en el producto y medio que amplifique al artista. Bueno… vale… es el momento en el que vivimos…

Pero la realidad es que, mientras las entradas se agoten, el precio deja de tener que justificarse. Da igual que la experiencia empeore y pagues por peor visibilidad, peor sonido o más masificación. Da igual si acabas viendo el concierto a través de una pantalla gigante rodeado de móviles porque, al final, lo que importa no es cómo vives el concierto, sino que estuviste. 

¡Y aquí entra en juego nuestro querido amigo el FOMO! Porque aunque no ir también es una decisión… es una decisión que te excluye de la conversación, del grupo, del relato colectivo generado. Y para los que sepamos manejar el FOMO, pues perfecto. Pero para los que no… ¡Agárrate que me tiro de los pelos! 

A ver, no es casual que artistas como Bad Bunny o Aitana se conviertan en eventos masivos más allá de lo musical. No es casual. Porque no compramos solo su música. Compramos el momento, sí. Pero no compramos el momento únicamente para poder decir ‘yo estuve allí’. Compramos el momento para poder demostrar que estuvimos allí.

Y mientras tanto, el sistema de consumos nos sigue apretando y la consecuencia es una especie de burbuja donde el valor real importa cada vez menos. Como parece que pasa con todo, todito todo en esta época. ¡OLÉ!

Pagas 600 lereles por una entrada. Pagas 90 por un concierto que antes costaba 20. Pagas por anticipado sin garantías. Pagas, incluso, por cosas que no necesitas. Pagas porque puedes o pagas porque no quieres quedarte fuera, pero al final pagas. 

¡Pero existe otra realidad! Existen conciertos pequeños en salas pequeñas con entradas asequibles en espacios donde la música sigue siendo el centro y donde no hay pantallas, ni colas virtuales, ni necesidad de demostrar nada. Después siguen existiendo, pero no nos preocupamos de buscarlos y de dejarnos sorprender, porque eso no nos pone donde queremos que nos vean. Y, aunque ahí, quizá, la experiencia de ir a un concierto sigue teniendo sentido, no genera lo mismo ya no en nosotros ni en los demás.

Lo que me pregunto, entonces, quizá  no es cuánto cuesta un concierto y si vale lo que pagamos, sino en qué se ha convertido el ir a un concierto y, sobre todo, si en algún momento aceptaremos que la música sea lo de menos.