El escritor Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), Premio Cervantes 2017, fue uno de los ideólogos de la revolución sandinista que acabó con la dictadura de Anastasio Somoza. Llegó a ser vicepresidente de Nicaragua bajo el mandato de Daniel Ortega entre 1985 y 1990, pero acabó enfrentado a él y es una de las personalidades más críticas con la deriva dictatorial del líder revolucionario. Hace cinco años se convirtió en un ciudadano non grato en su propio país y, desde entonces, vive exiliado en España. Nos recibe en uno de los barrios más castizos de Madrid, Chamberí, donde vive en un pequeño piso lleno de luz y libros con motivo de la publicación de 'La maldición de Ramfis' (Alfaguara), el cuarto volumen de la serie protagonizada por el inspector Dolores Morales, una ficción con la que retrata la realidad de su país, asolado por la dictadura y la corrupción.

Durante la conversación, Ramírez reflexiona sobre la relación entre literatura y política en América Latina, donde, a su juicio, "la novela negra se convierte en novela política" cuando la normalidad democrática desaparece. El autor aborda también la experiencia del exilio y, haciendo honor a su alter ego literario, Dolores Morales, afirma:  "Duele la ausencia y la imposibilidad de regresar". Su nueva novela es la primera que ha tenido que escribir desde la lejanía, pero nos explica que ha asumido que España es su nuevo hogar: "Durante los primeros meses que viví aquí tenía siempre la maleta abierta por si volvía. Ahora sé que me quedo".

Hemos hablado también con él del auge de la ultraderecha y el populismo en todo el mundo, así como de la inmensa alegría (y responsabilidad) que supone para él ocupar la silla L de la Real Academia Española, en sustitución de Mario Vargas Llosa, fallecido hace un año. 

Entrevista con Sergio Ramírez: "Siento nostalgia por mi país, pero no la urgencia de volver"

P.- ¿Escribirlo le ha costado más que el resto de libros de la serie?
R.- Es la primera vez que me toca escribir sobre este personaje y sus circunstancias desde lejos. La atmósfera sigue siendo la misma: Nicaragua y sus vecindades, la corrupción, la dictadura…, pero tengo que escribir desde la distancia.

P.- ¿Cómo se ha documentado en este caso sobre la realidad en la que se apoya la novela?
R.- Leyendo en la prensa lo que poco que se publica sobre Nicaragua e investigaciones más allá de las noticias. Me di cuenta de cómo la gente trazaba la llegada de vuelos desde lugares muy lejanos a un lugar poco habitual como Nicaragua. Cualquiera puede acceder a estas rutas desde su teléfono. Alguien publicó que llegaban vuelos de Bangladesh, la India, Marruecos y Egipto a Nicaragua, hasta seis vuelos diarios y es un aeropuerto pequeño que no tiene semejantes conexiones internacionales. Se podía intuir que había ahí una gran red de tráfico de migrantes, que pasaban por este aeropuerto para ser despachados a Honduras. En Nicaragua todo es opaco, no hay estadísticas públicas de nada, menos de migración, pero el Gobierno de Honduras publicó los registros y en 2023 cruzaron la frontera desde Nicaragua a Honduras camino de Estados Unidos 350.000 personas. El año posterior al menos 1 millón de personas fueron empujadas a la frontera de EEUU y la administración Biden denunció este tráfico de migrantes. El Gobierno de Ortega eximía de visado a las personas que viajaban a EEUU y, cuando vuelve la administración Trump, se volvió a exigir la visa y se detuvo el tráfico.

Si en América Latina hubiera regímenes democráticos tendríamos que escribir sobre otros temas

P.- Su compromiso social, que siempre marcó su literatura, ¿se ha incrementado con la edad?
R.- Creo que sí. En América Latina, digamos, la normalidad política es muy atractiva para la ficción y la novela negra se convierte en novela política. Si hubiera regímenes democráticos con elecciones periódicas, tribunales independientes, jueces probos, fiscales honestos, respeto a los derechos humanos..., tendríamos que escribir sobre otros temas. 

P.- ¿La novela negra es una buena herramienta para hacer crítica social?
R.- Me parece muy adecuada porque no te involucras directamente. En la realidad, meterse dentro del intríngulis de las situaciones políticas anormales es una tentación rijosa, porque puedes acabar denunciado por el poder, mientras que la novela negra te da la distancia para ilustrar las situaciones de anormalidad política a través de historias de crímenes que deben ser investigados y resueltos por alguien que no pertenece al aparato político. 

P.- No es la primera vez que vive en el exilio, pero el primero fue voluntario, a diferencia de este. ¿Duele el exilio?
R.- Duele la ausencia y la imposibilidad de regresar. Te han cerrado las puertas de tu país y solo lo puedes contemplar de lejos. Es necesario acomodarse a esa situación con el tiempo y después de 5 años de exilio me he ido reconciliando con mi propia situación. Siento nostalgia por mi país, pero no la urgencia de volver, eso se ha ido aplacando en la medida en que me he podido insertar en un medio social y cultural muy benéfico para mí, no he sufrido rechazo ni dificultades. Me siento aquí muy bien.

En Nicaragua, hay un poder absoluto, militar, basado en la corrupción, el poder del dinero, el control de los medios de comunicación, el silencio y el miedo

P:- ¿Le gustaría poder volver algún día?
R.- Cada año que pasa, lo veo más difícil porque no es una situación que sienta que vaya a cambiar de inmediato. En Nicaragua, hay un poder absoluto, militar, basado en la corrupción, el poder del dinero, el control de los medios de comunicación, el silencio y el miedo. Deshacer eso no es tan fácil. Me he acostumbrado a no urgir ningún plazo. Es el síndrome del exiliado, que siempre está queriendo volver.

Quienes hacen los cambios son los jóvenes

P.- ¿Siente que la situación ahora es más decepcionante que cuando en 1979 se unió a la revolución sandinista para acabar con la dictadura de Somoza?
R.- Es más decepcionante porque tienes menos posibilidades de intervenir en la situación. Yo ahora soy un exiliado pasivo, entonces era un exiliado activo y  estaba metido entre la conspiración para botar al régimen de Somoza. Se trataba de dar respaldo político a una lucha armada que era la única manera de hacerlo porque todas las puertas estaban cerradas. 

Hoy estoy aquí, sin posibilidad de intervención y sin voluntad de hacerlo. Creo que es un asunto generacional: quienes hacen los cambios son los jóvenes. 

Nunca aprendí a disparar un arma, pero era parte del aparato político de la lucha armada

P.- ¿En aquel momento participó en la lucha armada?
R.- No, nunca aprendí a disparar un arma, pero era parte del aparato político de la lucha armada y formé parte del gobierno revolucionario después.

P.- Ahora, aunque diga que es más pasiva su intervención, sí actúa a través de las palabras y su literatura. ¿Sus libros circulan por Nicaragua, aunque sea de forma clandestina?
R.- Sí, cada vez que sale un libro mío, inmediatamente está pirateado. Poca gloria eso para un escritor, pero es una forma de que la gente acceda. 

Portada 'La maldición de Ramfis', de Sergio Ramírez

P.- En esta última entrega han cambiado sus circunstancias personales, pero también las de su protagonista, Dolores Morales.
R.- Claro, porque es un personaje contemporáneo a la historia y, por tanto, una dificultad que hay que resolver ya que no está en un espacio histórico abierto, sino que va paso a paso con lo que ocurre en el país. Por eso precisamente se encuentra en el exilio en Costa Rica hasta donde ha sido empujado fuera de Nicaragua, como otros tantos compatriotas. Se volvió sospechoso.

P.- Es como su alter ego, ¿no?
R.- Más o menos, él un poco más joven pero empiezo a verlo ya viejo, lo que estrecha sus posibilidades de actuar en la historia. Podría utilizar el recurso de contar una historia suya del pasado. 

Esta ola conservadora autoritaria utiliza los mecanismos democráticos para llegar al poder, exacerbando el discurso radical que crea miedo en la gente

P.- En general vivimos tiempos complicados en todo el mundo occidental, digamos, con una revolución ultraconservadora que cuestiona los derechos humanos y los pilares de la democracia. ¿Cómo ve esta situación?
R.- Es una situación muy crítica en el mundo, que toca muy de lleno a América Latina. Esta ola conservadora autoritaria utiliza los mecanismos democráticos para llegar al poder, exacerbando el discurso radical que crea miedo en la gente, basándose en situaciones reales que se está viviendo. El gran factor político en América Latina es la inseguridad: los cárteles de la droga no solo controlan las rutas del narcotráfico hacia los Estados Unidos, sino que se han estancado en mercados locales, algo que no ocurría antes. Además, estas organizaciones criminales han diversificado el negocio y llegan a cobrar las vacunas a la gente pobre, a los taxistas, a los dueños de cualquier negocio humilde. La gente vive a merced de estas bandas y tiene un enorme atractivo que alguien ofrezca una gran cárcel para meterlos a todos, como en El Salvador, y poder estar seguros. Este discurso se está repitiendo en Colombia, Perú, Chile, Costa Rica...

Con la ansiedad por la seguridad ciudadana como telón de fondo, exacerban los sentimientos más primitivos de la gente como el rechazo al otro por ser extranjero, y ofrece la panacea de meter a la gente en la cárcel en vez de intentar cambiar las condiciones económicas y sociales, que son las que engendran el crimen. Se gana más vendiendo drogas que con un puesto de trabajo permanente. El promedio de economía informal [economía sumergida] en América Latina es entre el 50-60%.

P.- ¿Cómo percibe esta situación en España?
R.- Yo vengo de una dictadura brutal y esto es una democracia, donde se hable en voz muy alta, con una sociedad muy polarizada, solo basta con ver una sesión del Parlamento, pero las reglas y las salidas democráticas están. Hay riesgos, pero España forma parte de un sistema democrático más amplio que es la Unión Europea, donde los rebeldes de la democracia son apartados,  como acaba de ocurrir en Hungría. 

No creo que las voces voces extremistas antieuropeas, reflejen el sentimiento de la sociedad

P.- Hace años fue un sueño entrar en la Unión Europea y ahora tenemos euroescépticos.
R.- Fue una de las grandes decisiones de la Transición, el ingreso en la Unión Europea y modernizar a España dentro del conjunto de las naciones europeas. Fue un paso fundamental aquí y revertirlo no es tan sencillo. No creo que las voces voces extremistas antieuropeas, reflejen el sentimiento de la sociedad.

Hay minorías xenófobas que difunden bulos como que los extranjeros son dañinos o que vienen a cometer crímenes

P.- ¿Qué le parece la política de la prioridad nacional que defiende la ultraderecha?
R.- Es un discurso que de ha copiado de extremistas de Francia. Pero dónde terminan y dónde comienzan los no españoles. Esta sociedad es ahora muy plural. Sé que existe la xenofobia, pero no es algo que te encuentres en la calle. Hay minorías xenófobas que difunden bulos como que los extranjeros son dañinos o que vienen a cometer crímenes. Trump ganó las elecciones haciendo creer a los estadounidenses que los inmigrantes que entraban en el país venían de cárceles, algo más propio de cómics, como si fuera una verdadera invasión de aliens,

P.- Ha sido elegido para ocupar la silla L de la RAE en sustitución con Mario Vargas Llosa, ¿cómo ha recibido la noticia?
R.- Es un motivo de gran alegría para mí ya que confirma mi papel en España. Me lo han dado por ser ciudadano español, no como nicaragüense. Eso me ha hecho reflexionar sobre mi condición y el proceso que he vivido. Es como si cerrara el traslado de escenario y la seguridad de sentirme en un país propio. 

Durante los primeros meses que viví aquí tenía siempre la maleta abierta por si volvía. Ahora sé que me quedo y aunque esa certeza no termina con la nostalgia hacia mi país, me siento parte de un medio cultural y social como España.

Mario Vargas Llosa fue un maestro y un amigo. Me siento en su silla con cierta reserva por el tamaño que tiene para mí

P.- ¿Qué relación tuvo con Mario Vargas Llosa?
R.- Muy cercana, desde hace muchos años. Me formé leyendo a los escritores del Boom y fue maravilloso, aprendí mucho de los mecanismos y las costuras secretas que tiene la escritura, leyendo intensivamente. Para mí siempre fue un maestro y un amigo. Me siento en su silla con cierta reserva por el tamaño que tiene para mí. 

P.- ¿Tiene ya avanzado el discurso para la toma de posesión?
R.- Voy a hablar precisamente sobre la obra de Vargas Llosa. No lo he empezado todavía y este verano estaré aquí, en Madrid, escribiendo ese discurso.

P.- ¿Qué planes tiene para cuando esté sentado de pleno derecho en su sillón?
R.- Imagínate el privilegio que supone sentarse a hablar de las palabras, que son la fascinación de mi vida. La RAE es un laboratorio de palabras y eso me fascina. Si me preguntas por las reglas de la escritura, no las conozco, pero las aplico estrictamente. Con tantos años de práctica del idioma, metido en sus entresijos de la lengua, puedo decir con seguridad que domino mi lengua.

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