Empiezo este artículo parafraseando a un gran amigo mío y director de cine que se llama Ismael Núñez Serramos y que escribió esto en 2018 y me ha dado licencia para que lo leáis a día de hoy:
“Embajadores, el barrio de moda. Puede parecer una buena noticia, algo de lo que enorgullecerse y de lo que presumir si además vives aquí... pero en mi opinión: el principio del fin.
Y es que es cierto, zonas como Embajadores y Lavapiés tienen mucho encanto: calles adoquinadas, casas de colores, cuestas imposibles, arte callejero... Pero ¿qué hay o hubo detrás de esto?
Clase obrera, miniviviendas, inmigración, pobreza, pequeño comercio... Es irónico, porque lo que hoy es tendencia, "el barrio de moda", hasta hace poco era considerado un barrio marginal y peligroso. De esto palpa el verdadero "encanto" y espíritu del castizo barrio de Lavapiés. Algo que en muy poco tiempo se ha olvidado y de lo que se pretende hacer un gran lavado de cara.
De alguna forma se da la vuelta a la moneda: alquileres imposibles, gran comercio, presencia policial, redadas... y es que los tiempos cambian y así es la vida: por lo que un día no dabas un duro, hoy te puede hacer ganar mucho dinero... ¡Y si para ello hay que relegar o echar al marginado, pues se hace!
Y así, complejos hoteleros, peluquerías de moda, grandes franquicias de moda o alimentarias de comida rápida... se van sumando y haciendo hueco por las plazas y calles. Reclamos que ayudan y sirven como herramientas para que el turista que lea la revista Time Out y aún no haya escogido destino para sus vacaciones no tenga ninguna duda de que sea Embajadores/Lavapiés. Barrios que poco a poco se irán rehabilitando en imagen y degradando en personalidad.
Así que, gente del barrio, escojamos destino. ¿Qué nueva zona queremos poner de moda?”
Ahora yo en 2026. Soy de Madrid. Con orgullo y desde Madrid, al suelo y al cielo. En todos lados. Alcantarillada viva y subida en un monumento. He vivido en la Comunidad de Madrid desde que tengo uso de razón. Bueno, desde que nací, básicamente. ¡Qué tonta soy!
Me independicé con 23 años y corría el año 2016. Conseguí una habitación por 280 € con gastos incluidos. El piso estaba machacado, sí. Evidentemente, siendo tan barato… No era bonito, no era moderno, no era para nada para portada de I+D, pero era mío. Compartido pero mío y, mejor dicho, era accesible.
Trabajaba en una discoteca y cobraba alrededor de 900 €. No daba para tirar cohetes, pero sí para vivir. Daba para tener una vida modesta y barata, pero vivida. Daba para sentir que Madrid también era mi casa.
Diez años después, tengo 33 años y sigo viviendo en Madrid. Tengo suerte. Mucha suerte. Vivo en el mismo edificio y pago 350 € por una habitación. Comparto piso con tres amigas y con mi gato. Es barato… ¡Muy barato para los tiempos que corren! ¡Y lo sé! Es un lujo que no todos pueden tener…
El edificio es de un único tenedor. Vivimos personas mayores, vecinos que nos conocemos, que nos cuidamos en el portal, que convivimos y nos preguntamos si necesitamos algo y nos ofrecemos una mano de ayuda en caso de que sea necesario, azúcar y sal. Es, dentro de todo, una pequeña resistencia de lo que antes era Madrid. Me siento así… y así es triste por la situación. Pero incluso ahí, algo ha cambiado.
En la cuarta planta (no la película) está el típico piso de estudiantes que rota constantemente. No son turistas. Son estudiantes. Y aun así, ese piso es el mejor del edificio. Es el que probablemente el casero utiliza para sacar más rentabilidad. Y lo entiendo, pero no lo comparto ni lo critico. Yo también lo haría. Lo que sí me duele, y de verdad, es otra cosa: no puedo vivir sola. Cuando tenía 20 años compartir piso era lo más y ahora que tengo 33 años compartir piso es una puta mierda, y no por mis compañeras, que son fantásticas, sino por mis necesidades que son otras.
Y no puedo vivir sola porque Madrid se ha convertido en un lujo. Hace unos días conocí a un chico que pagaba 780 € por un estudio de 25 metros cuadrados (no sé ponerlo abreviado en mi Mac de 1800 €). Él estaba encantado y le daba gracias al cielo de haber encontrado ese piso. ¡Encantado! ¡No me jodas, nena! El piso tiene el sofá pegado a la cocina, no cabe una televisión y el baño es tan pequeño que apenas puedes lavarte la cara. Y aun así, encantado.
¡Nos hemos vuelto completamente majaretas!
En mi calle, además, hay dos pisos turísticos. Están a pie de calle, cumplen la normativa. Perfecto. Legalmente, nada que decir. Pero la realidad es otra: cada semana llegan grupos distintos. Lunes, martes, miércoles, da igual el día de la semana, la hora o la estación. A las tres de la mañana, a las cinco, fumando en la puerta, gritando, riéndose, entrando y saliendo. No viven aquí. No tienen que madrugar al día siguiente. No tienen que convivir con nadie. No tienen que cuidar el barrio. Vienen, me quitan la paz y se van. Y ese es, quizás, el mayor problema de los pisos turísticos. No solo el acceso a la vivienda, sino también la convivencia. Esto es fuerte porque, mientras algunos viven Madrid, otros lo consumen, y consumir una ciudad no es lo mismo que vivirla.
Durante las entrevistas, un chico que trabajaba en Amnistía Internacional me hablaba de otro dato que lo cambia todo: alrededor de un millón de viviendas en España pertenecen a bancos y fondos de inversión y no están en el mercado. Son viviendas que están vacías. Viviendas que están cerradas y guardadas a cal y canto y que nosotras, como usuarias habituales de la ciudad, ni siquiera sabemos que existen… Porque si salieran todas, los precios bajarían. Porque si hubiera más oferta, la vivienda dejaría de ser un negocio tan rentable. Porque si la vivienda dejara de ser un negocio, volvería a ser lo que debería ser: un derecho.
Y claro, entonces empiezas a entender muchas cosas. Empiezas a entender por qué hay gente que decide ocupar. Empiezas a entender por qué estamos hasta la chocha de la gestión municipal y gubernamental.
En las entrevistas, otro chico me decía algo que se me quedó clavado: cuando se le acabe el contrato, si su casero le sube el precio, tendrá que irse de Madrid. ¡CAMBIAR DE COMUNIDAD! Y si no, tendría que pagar hasta 1.800 € él solo. ¡Estamos majaretas! Esos 1800 € estarán, si él quiere, destinados a pagar un techo… No para comprarse un coche o viajar. No para invertir. ¡Para vivir!
Y entonces te das cuenta de que Madrid se está convirtiendo en un lugar donde vivir es un privilegio. Es triste, ¿no?
Y lo más curioso es que esta ciudad sigue siendo la misma. Las calles son las mismas. Los bares son los mismos, los que aún se mantienen y no han sucumbido a convertirse en una “Fresería”. Los vecinos, cada vez menos, pero aún quedan. Lo que ha cambiado es quién puede permitirse quedarse porque Madrid, poco a poco, se está convirtiendo en un lugar para visitar, no para vivir, y eso, para quienes nacimos aquí, tiene algo profundamente extraño, como si, sin darte cuenta, te hubieras convertido en turista en tu propia ciudad.
Y quizá, también, falta algo importante en este debate sobre los pisos turísticos: la contradicción en la que caemos nosotros mismos, porque es muy fácil señalar al turista que viene a Madrid, pero ¿qué pasa cuando somos nosotros los que viajamos? Yo acabo de venir de Barcelona y, aunque no haya sido mi caso, porque me quedé en casa de mi amiga, soy completamente consciente de que, si no hubiera sido así, probablemente habría terminado en un Airbnb. Y entonces, ahí, sin quererlo, hubiese representado exactamente lo mismo que estoy criticando en mi propia ciudad. Porque el problema no es solo el turista extranjero… no, no, no… El problema es el modelo de consumo que todos estamos alimentando y en el que todos estamos jugando. Porque lo barato sale caro, pero sale caro para que el que vive en esa ciudad, no para tí o para mí que vamos a pasar un rato.
Muchas veces elegimos un piso turístico porque es más barato y nos ahorramos 20 € y es más cómodo y no pasa nada, pero sí pasa. Cada vez que elegimos ese tipo de alojamiento frente a un hotel, que está preparado y habilitado para recibir turistas, estamos favoreciendo que ese modelo siga creciendo. Estamos decidiendo regalar nuestro dinero a fondos, empresas o propietarios que convierten viviendas en alojamientos turísticos que, a veces, ni siquiera están presentes; nos dan por WhatsApp un simple código numérico para abrir la puerta, cero contacto humano, cero responsabilidad, cero comunidad, pero para ellos varios ceros en su cuenta a final de mes.
Yo necesito reflexionar y reflexiono gracias a este artículo y lo que escribo: no basta con quejarse cuando ocurre en mi ciudad y luego hacer lo mismo cuando viajo fuera. No basta con señalar el problema si seguimos favoreciendo el mismo tipo de consumo.
Madrid no es una ‘Fresería’ (es que han abierto una debajo de mi casa y no lo entiendo porque, además, siempre la veo vacía) o café de especialidad. Madrid no es hacer cola para tocarle el culo al oso del madroño. Madrid no es un parque temático. Madrid, Barcelona, Teruel, Vigo, Ciudad Real, nuestra casa no es un lugar al que venir, consumir y pirarse sin pensar en quienes vivimos aquí los 365 días del año. Mi casa no está para que te vengas a meter una raya y te pires.
Y lo mismo ocurre cuando nosotros viajamos. Cuando viajamos, también estamos entrando en ciudades que no son decorados, que son casas de otras personas, barrios con vecinos, lugares donde la gente vive, trabaja y descansa.
La solución no está solo en las leyes o en las administraciones. Está en cómo decidimos viajar y en hacernos conscientes de lo que hacemos y en entender que, cuando elegimos dónde dormir, también estamos eligiendo qué modelo de ciudad queremos y qué modelo de ciudad queremos disfrutar. Sí opino yo, espero una ciudad que viva y me impregne de su viveza, unicidades y diferencias.
Yo sigo teniendo suerte porque pago 350 €, aunque comparto piso con mis amigas. Tengo un casero que no nos ha subido el precio. Tengo un edificio donde todavía hay vecinos… Pero también sé que soy una excepción. Y cuando una excepción se convierte en privilegio, algo está fallando. Porque esa excepción que ahora llamo suerte desenmascara claramente la realidad de que, después de diez años viviendo en el mismo piso y en la misma zona, no tengo una aspiración evolucionada. Mi aspiración sigue siendo la misma con una diferencia de una década: el poder vivir de manera normal. No vivir ahogada.
Madrid siempre ha sido una ciudad que acogía. ¡Tía! Somos las personas más abiertas y absurdas de España con las que pasártelo bien, pero ahora… Ahora empieza a ser una ciudad que expulsa y lo peor es que no te expulsa de golpe, te expulsa poco a poco y, además, te lo voy a enumerar: primero, no puedes vivir sola; luego, te suben el alquiler; después, tu barrio cambia; luego, ya no puedes pagar el alquiler, el café o la caña y, al final, un día, sin darte cuenta, te vas. Y Madrid se queda… pero ya no se queda contigo. Ahora entiendo a Shakira (sacándola de contexto) cuando decía: ‘Ahí me voy, otra vez, ahí te dejo Madrid… Tus rutinas… (Mis rutinas no son, son las rutinas de los que quieren hacer de mi casa un negocio del que no puedo participar).
Abriría un dilema, ya que no se hacen políticas para ayudar al ciudadano ni al que arrienda una vivienda. ¿Es suerte alegrarse de tener una prórroga de dos años en la que no te puedan echar de tu piso o subir el precio del alquiler si esa prórroga viene provocada por las consecuencias de una guerra? No sé… creo que no.
Y, para terminar, mi amiga, con la que empezaba parafraseando el artículo, y yo pensamos… “¡Joder! ¡Qué fuerte que estemos peor!”. Besos, os queremos.