Nunca me sentí tan español como a 10.713 kilómetros de casa.
Estaba en mis early twenties cuando viví en Chile. En Santiago de Chile, no en un pueblo, sino en una capital de un país, como vivía en España y en Madrid. Allí la universidad organizó una feria internacional y cada grupo de estudiantes tenía que representar a su país. Cuando nos tocó montar el stand de España, dos madrileños, una andaluza y dos personas que ahora no me acuerdo, pensamos de manera individual qué aportar, pero sabiendo que era una representación de un gran común.
Hicimos tortilla de patatas, empanada gallega, sangría, una compañera bailó sevillanas, sonó La Oreja de Van Gogh y hasta nos dio tiempo a reivindicar Madrid con un chotis porque me dejaron hacerlo porque era España, aunque fuese un poco. No discutimos de política para saber qué era lo mejor, ni nos preguntamos nuestros ideales para saber qué hacer. Simplemente fuimos en un momento en común para mostrar lo que era nuestro. Ni que decir tiene que ganamos el premio de quinientos dólares con el que nos fuimos a Torres del Paine, la Patagonia chilena, un lujo que nos regalaron. ¡Y lo ganamos por disfrutonas de lo propio! Nos disfrutamos.
Nadie habló de Franco ni de la Constitución. Mirada desde fuera, España no fue un debate de tertulia. Era comida, música, acentos, tradiciones y un etcétera, una mezcla de tradiciones de autonomías que representan a un país y son capaces de convivir bajo un mismo nombre y símbolo.
Nunca me había sentido tan orgulloso de llevar a mi patria por bandera y de decir que sí que ‘yo soy español, español, español’.
Pero después de un Mundial en el que hemos ganado diez años después, esa misma bandera que me representó puede decir más de mi propio DNI que de mi como individuo. ¿Por qué? Me pregunto tontamente mientras me viene Carrie Bradshaw a la cabeza.
Me tocó trabajar el día del Mundial en la Plaza de Colón con dos amigos, que tengo que decir que son gays porque tiene que ver con el motivo: no había heteros que quisieron trabajar porque querían ver el partido y a nosotras nos daba absolutamente igual. Y vi un uso de la bandera tan emotivo como reivindicador. Además, en el mal sentido.
Mira, yo soy un pedazo de maricón que ese día, sabiendo dónde se metía, se preocupó de disimular. Yo me pinto la raya del ojo; se me ve que soy un pavo, un hombre, y ese día, justamente, decidí no pintarme la raya del ojo, a pesar de ponerme gorra y coleta y sabiendo que tengo un cuerpo sexy y que puedo llevar un crop top. Entonces dije: “¡Claro, Chacha! Vas a trabajar, pero no dejes de ser tú del todo y, además, la gente está allí por el fútbol”. ¡Mal! Mal acertado porque el crop top era de color azul (¡Chicas! Soy gay. Se me olvidó que el color azul es de Argentina (el enemigo). Pero no es excusa.
Ese día me encontré con una España que me dio asco. Y no es justo que sienta esto porque lo que os voy a contar fue lo de menos pero, al final, lo malo sigue pesando más siempre allá donde vaya. Fueron cuatro veces las que un gandul me miró a los ojos y me gritó a la cara “¡Arriba España!”. Dos de ellos tenían la bandera del águila en sus hombros. Vi a chavales de dieciocho años, que no han vivido ni dos legislaturas de las que puedan ser conscientes a nivel autonómico o gubernamental, empezar cánticos en contra de Pedro Sánchez. No te digo que no manifiestes lo que opinas, pero primero, no sabes de lo que hablas por edad y, segundo, no es el espacio en el que reivindicarlo.
Hay algo nocivo en utilizar la bandera española hoy como representación. En estos eventos se caen las máscaras y se muestra a nuestra sociedad. La rojigualda no nació con Franco, pero tampoco se ha desprendido de él y lo entiendo porque durante cuarenta años la dictadura hizo de la bandera española uno de sus principales símbolos políticos y emocionales. La clave está en la emoción, en lo que os cuento. Pienso yo. Cuando llegó la democracia, España recuperó una bandera constitucional y lo que no pudo recuperar de un plumazo es la memoria.
Han pasado algo más de cincuenta años desde la muerte de Franco. O sea, mucho tiempo en años de perros y gatos, pero nada de tiempo en años de humanos. Eso significa que todavía conviven varias generaciones que han crecido bajo aquella educación, que escucharon aquellos discursos o que fueron criados por quienes sí lo hicieron. La historia no desaparece cuando cambia un régimen, sino que queda presente, como una colilla en un bosque que puede empezar un incendio, y permanece en la forma en que miramos los símbolos que nos representan hoy, en los silencios familiares y en las asociaciones que hacemos casi sin darnos cuenta porque así lo hemos aprendido en el colegio.
Un entrevistado dice: "La bandera debería representarnos a todos, no a una ideología”.
Si las banderas no hablan, ¿por qué la bandera rojigualda constitucional habla por sí sola cuando salimos a la calle y la vemos fuera del contexto de una celebración y la juzgamos?
No significa lo mismo una bandera española durante la final de un Mundial que una bandera española en una manifestación convocada por un partido político o en un contexto de manifestación autonómica. Tampoco significa lo mismo una bandera española en la muñeca de una persona si va sola o si va acompañada de una bandera LGBTI. Vemos el mismo símbolo en diferentes contextos, pero cambia radicalmente el significado que proyectamos sobre él aunque el tejido es el mismo.
Si paseo por Madrid un martes cualquiera y veo una bandera española colgada en un balcón, mi cabeza hace una asociación automática porque pienso que, probablemente, ahí vive alguien de derechas. ¡No digo que siempre sea así! Seguramente me equivoco muchas veces; creo que las menos, pero el mero hecho de que esa asociación exista ya dice algo de nuestro país y, sobre todo, de lo que pienso de mi país.
¿Por qué eso no ocurre cuando veo una bandera italiana en Roma o una francesa en París? Lo he buscado en internet, pero no quiero hablar de ello. Búscalo tú por que mazo interesante. Siendo Europeos no vivimos esos tiempos de la igual manera.
Durante la dictadura en España, una parte de la derecha entendió mejor que nadie el poder de los símbolos nacionales y convirtió la bandera en una herramienta de identidad política y consiguió su propósito, pero, al mismo tiempo, una parte de la izquierda renunció a luchar por ese espacio, quizá porque nunca dejó de ver en ese símbolo la sombra de una dictadura demasiado cercana. ¡Mira, lo entiendo! Hoy, yo necesito justificar que si llevo la bandera en mi muñeca es porque me siento profundamente español, pero que no tanto como para odiar a todo lo que no entiendo. Después de esto me tengo que descubrir: opino que si no uso la bandera como símbolo que me represente es porque la asocio a que quien la usa apoya políticamente a grupos parlamentarios que me odiarán por existir. Yo, que no viví dictadura y que vivo en 2026, siento que la bandera no es mía, sino de aquellos que no quieren que la lleve por bandera. Para mi, llevar la bandera en la muñeca, es la demostración de una exclusión porque la bandera española se muestra aún como la representación de una ideología que debió haber muerto cuando la constitución cambió su símbolo. También culpo a la izquierda de esto, por hacerse grande con la bandera de la Segunda República cuando no es constitucional y cuando se usa para representar ideales de un tiempo que no es. Al final, me veo no queriendo el símbolo de mi país que tanto me encanta porque es un símbolo que se usa de manera politizada, no de representación de identidad. “Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra”. Decía Cecilia.
Pero, claro, el Mundial ha demostrado que, al final, durante unas semanas, miles de personas que jamás colgarían una bandera en su balcón salen a celebrar con la camiseta de la Selección sin preguntar a quién votas antes de abrazarte tras un gol. Durante noventa minutos y mil prórrogas (¡Aquello fue eterno!), la bandera pasa de ser un manifiesto político e ideológico a ser un punto de encuentro y DE UNIÓN. No sé, hay algo precioso en todo esto. ¡Es Chanel en Eurovisión!
Gabriel Rufián, en una conversación con Jordi Évole, dice algo así como que no se puede llamar patriotismo a un proyecto que necesita excluir a una parte de su propio país.
Si uso la bandera de mi país para dar nota de mi deferencia política, uso a mi país como arma. Arma de odio. O sea, nos amamos todos marcando el gol que nos da la estrella, pero tú, como individuo, tienes que imponer tu individualidad porque llevas la bandera del águila. Entonces no te puedo abrazar. ¡Chicas, yo me vuelvo loca!
Es que cuando veo esta bandera, la del águila, en un evento colectivo, no quiero celebrar contigo, quiero luchar por mí porque tú me quieres fuera, aunque debiéramos celebrar la unión. Entonces entiendo que usas la bandera para señalar al inmigrante, al colectivo LGTBI, al independentista o al feminista. Vamos, al que piensa distinto. Me conviertes la bandera en una pancarta en vez de un símbolo nacional. Me conviertes la bandera en un símbolo de distanciamiento y no de celebración por la que unirnos. ¡Me aburro si no te puedo abrazar porque estás a mi lado y porque sí!
¡A mí me dan ganas de pegar! ¡O de quemar la bandera del águila usada en estos eventos! O sea, quemar de fuego y y que ardas. Me dan ganas, no lo hago, pero la voluntad me nace. Siento que me enfrentas y te da igual. Que tú por encima de mi. Entonces, yo por encima de tí.
El patriotismo no debería medirse por el tamaño de una bandera ni por el volumen con el que se canta un himno. Debería medirse por la capacidad de convivir con quien entiende España de otra manera. Me leo y sueno a ChatGPT. Pero es puta verdad.
Me aburro y, no sé, pero a lo mejor aburrirme del tema debería ser lo que nos debiera pasar a todos. Aburrirnos del uso de la bandera de España para no darle un símbolo ideológico, sino emocional. Sentir emoción de la dieta mediterránea, del norte y del sur, de las playas y de los chiringuitos en Caños de Meca. Sentirnos orgullosas del aceite de oliva de primera calidad y de las hortalizas. ¡Qué tomates hay en el Perelló! Sentirnos orgullosas de la jota, de Murcia, del “Acho”, de cagarme en mi puta vida y de Juanito Valderrama cantando ‘El Emigrante’, Marisol y la voz de Joselito. ¡Que viva Rosalía! ¡Que viva Bad Gyal! Tenemos oro en nuestros hábitos y en saber disfrutar del entorno y del presente.
Nosotros, como sociedad, le damos importancia a la bandera y le damos significado, así que, también, somos nosotros los que decidimos usarla para dividir a nuestro país o para unirlo.
Es posible que mañana no me ponga la bandera de España en la muñeca por lo que pienso hoy, pero lo que pienso hoy quizá me lleve a romper como pienso para llevarla en un mañana.
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