El pasado sábado el Estadio de la Cartuja de Sevilla albergó uno de los tótems actuales de la sociedad del espectáculo: La Velada de Ibai. Más allá de la fogosa polvareda conversacional que levantaron los combates entre celebrities del mundo digital, además de las actuaciones de artistas de renombre internacional, hubo un momento que conviene analizar aparte. Mientras Marta Díaz caminaba hacia el cuadrilátero con una cohorte de personas acompañándola, entre ellas su hermano youtuber AlphaSniper, interrumpió su paso, puso a una persona tapada con una túnica a su lado y, tras varios segundos, le quitó la capucha: ¡¡¡¡era Laura Díaz!!!!, la hermana menor de ambos, que nunca había aparecido públicamente. Y que ahora se presentaba al mundo en un evento que tenía más de siete millones de ojos puestos.
Al finalizar la pelea su hermana mayor se dirigió al público pidiéndole “que la trataran bien”. Un poco ingenua Marta Díaz pensando que las redes son un espacio chupiguay, y menos aún con las mujeres, y menos aún para las menores. De hecho, de manera repugnante, ya se están creando con inteligencia artificial vídeos sobre ella. Pero ahí está, oficialmente ha nacido una nueva influencer, y tenían todo medido al dedillo para que su presentación fuera con el mayor nivel de exposición posible. El bautismo del influencer; la tercera venida de los Díaz tras Marta y Alpha; la revelación de un Pokémon legendario con el que las marcas van a aumentar su pokédex colaboraciones y publicidades. Ser influencer ya es un linaje: en menos de 48 horas Laura Díaz aglutina más de 800.000 seguidores en sus redes.
¿Es acaso extraño que haya familias y apellidos con ciertos privilegios sobre otros? Lo que se conoce como nacer en cuna de oro. Pues no, no es nada nuevo. Ejemplos hay a patadas: las Kardashian son uno de los ejemplos más ilustres, pero en España también tenemos a la familia Bardem, Pantoja, Campos o Flores. Absolutamente todas las familias anteriores tenían entre sus filas a alguien cuya aportación a la sociedad trascendió. Actores, actrices, cantantes, bailaoras, deportistas olímpicos…todos aportaron a una cosa que hay por ahí que se llama Cultura, su fama estaba enraizada a ella. Después, lógicamente, muchos de los descendientes aprovecharon la inercia y herencia de fortuna de su familia para vivir lo más acomodados posibles el resto de su vidas.
Ahora al linaje artístico se le une otro: el linaje influencer. Los hermanos de Laura Díaz, ya asentados con una gran comunidad de seguidores, le trasvasan visibilidad y se genera un nuevo tipo de herencia digital exclusiva del paradigma de consumo en redes. El espejito de Black Mirror se rompió por fenómenos como este, porque la realidad siempre supera a la ficción. ¿Si tuviéramos el poder de solucionarle la vida a alguien de nuestra familia, lo haríamos? No hay duda de ello, el bienestar de la familia está muy por encima de debates y moralinas, seamos honestos. Pero ese no es el punto, el problema es más complejo y, como casi siempre, tiene que ver con cómo está montado el tinglado dentro de la sociedad de consumo en la economía de la atención.
Cuando la información y los estímulos abundan, escasea nuestra capacidad de prestar atención. El ser humano no está hecho para procesar activamente el infinito nivel de información que circula actualmente, es imposible, se dispersa digitalmente, se distrae y solo digiere una parte (a veces ni eso), mientras va deslizando frente a todos los demás estímulos fragmentarios de manera pasiva y sin cuestionarse si eso es realmente lo que quiere ver o si por el contrario el algoritmo le ha llevado hasta ahí. La era de la hiperestimulación anula nuestra voluntad, la desplaza hacia lo que el algoritmo quiere que veamos, convirtiéndonos en consumidores pasivos.
Todos los creadores de contenido compiten salvajemente por la atención, llegando a hacer barbaridades. Esta es la cadena: llamas la atención entreteniendo-que se traduce en seguidores-que a su vez genera un poder de influencia-esto a su vez atrae a marcas para que difundas sus productos a través de publicidades pagadas-trabajar con una marca genera estatus y confianza-por último ganas dinero (y no poco, como ya saben). Llegará un momento donde se bombardee tanto la búsqueda de la atención que será como las drogas duras, el nivel de tolerancia será tan alto que para volver a hacer saltar los resortes de la sorpresa en las personas habrá que idear una dosis mucho más fuerte, en términos de creación de contenido: se harán auténticos disparates de vídeos y estrategias (como la de Laura Díaz), y se usará el deshumanizante eufemismo del marketing digital para justificarlo.
A diferencia de los pensadores, escritores o de los linajes artísticos, cuyo centro de creación era la aportación cultural, lanzo una pregunta: ¿la creación de contenido aporta verdaderamente algún valor añadido a la sociedad? ¿Podríamos prescindir de ello y la sociedad seguiría funcionando con normalidad? ¿Cómo se justifica en este sistema que una persona que graba un vídeo abriendo cuatro paquetes de Shein y desayunando cereales por las mañana tenga más libertad económica para comprarse una casa que una persona que trabaja a destajo seis días a la semana en un bar y ni siquiera puede pagarse el alquiler? La respuesta perversa es porque uno entretiene y otro no. Las nuevas divisas, además de la atención, son el entretenimiento y la distracción, que lo han colonizado todo. Crear un contenido que distraiga a la gente de manera tan pasiva que ni se cuestione si eso es lo que verdaderamente quiere consumir y difundir. La era de la distracción. ¿Así funciona este mundo? Así funciona. Resumiendo mucho, puede que tu capacidad económica no dependa ni de los conocimientos adquiridos, ni de lo aprendido, ni del esfuerzo (¡ay la cacareada promesa de la cultura del esfuerzo!), sino de cómo de dispuesto estás a adaptarte a este sistema. La pornografía de la visibilidad. La orgía de la exposición.
La atención plena, la concentración activa y plenamente enfocada en aquello que debemos está hoy más amenazada que nunca por un ejército infinito de estímulos. “Si la primera brecha marginó a quienes no tenían acceso a la información, la brecha actual marginará a quienes sean incapaces de prestar atención. Las tecnologías digitales han convertido nuestra experiencia en un flujo interminable de gratificaciones informativas potenciales. El superávit de información exige una inversión de los términos en que solemos explicar la función de las «tecnologías de la información»: no se trata ya de romper barreras sino de ayudar a construirlas”, comentaba James Williams en su fabuloso libro Clics contra la humanidad: libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica.
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