La escena pandillera de Estados Unidos cuenta con un impacto cultural notable en distintos ámbitos entre los que destaca el musical, particularmente en el subgénero del hip hop conocido como gangsta rap, que tanto impacto cobró a partir de los años ochenta y noventa del siglo pasado. A pesar de ser un movimiento en gran medida falsario (muchos de estos raperos no eran verdaderos gángsters), este desembocó en las muertes violentas tanto de los raperos Tupac Shakur y Notorious B.I.G, representantes, cada uno a su manera, del sonido de la Costa Este y Oeste (enemistadas a causa de un discurso musical que atizaba el fuego del odio entre los adeptos a uno u otro espacio geográfico, a uno u otro estilo musical). Para entender dicha realidad no está de más analizar la figura de Stanley “Tookie” Williams, co-fundador en South Central Los Ángeles de los Crips (junto con Raymond Washington), la pandilla callejera más grande del mundo.

Como tantos otros afroamericanos durante los años cincuenta y sesenta, Stanley se mudó a Los Ángeles desde el sur de Estados Unidos en busca de oportunidades y en busca de un clima social más abierto y tolerante en términos de raza. El sur de Estados Unidos siempre fue proverbialmente racista, al tiempo que California representaba su contrario, en términos políticos y sociales. En South Central, amplia región de la ciudad de Los Ángeles, muchos barrios antaño diseñados y ocupados por familias blancas de clase media fueron abandonados por estas con la llegada gradual de personas de raza negra.

A la altura de los años setenta, moradores principales de dicha área eran personas de raza negra. A causa de ciertos rasgos sociológicos vinculados al supuesto melting pot de razas y culturas en dicho país, las pandillas vinculadas a personas de diferentes razas y culturas florecieron en el país, generando una cultura violenta en la que grupos de jóvenes han ejercido la “violencia mimética” unos contra otros, y siendo South Central una zona particularmente propicia para el desempeño de dicha violencia. 

A finales de los años sesenta, con la desarticulación de los Panteras Negras por parte del FBI y su programa de contrainteligencia COINTELPRO, una juventud negra sin orientación adecuada y falta de liderazgo en el plano político y cultural crearon diferentes bandas callejeras entre las que destacaron los Bloods y los Crips, con sus respectivos subgrupos. Los Bloods eran conocidos por ser portadores del color rojo, los Crips del color azul. Raymond Washington, un adolscente de la zona fue el principal fundador de los Crips, banda que creció a base de peleas en diversos barrios de South Central (aquellos que perdieran una pelea con Raymond, habían de pasar a formar parte de su pandilla, que fue creciendo exponencialmente). Cuando Washington se topó con “Tookie”, otro matón callejero, ambos unieron fuerzas para formar la pandilla callejera más grande de Los Ángeles, que con los años llegó a tener presencia en muchas otras ciudades e incluso países (Holanda y Japón, siendo algunos de ellos). 

“Tookie” creció para convertirse en uno de los gángsters más potentes de la zona, siendo, además, un culturista con una presencia física imponente. A pesar de formar parte de un programa de lucha contra las pandillas (era tutor en dicho programa), Stanley seguía con sus actividades pandilleras y lucha contra otras bandas como los Bloods. Una noche se cree que cometió cuatro asesinatos por los que luego fue condenado a muerte en 1981.

Durante su confinamiento en el corredor de la muerte de San Quintín, Tookie fue objeto de una especie de conversión, tras lo cual escribió su autobiografía, Blue Rage, Black Redemption: a Memoir (2004) (un libro fascinante aún no traducido al castellano) y diversas obras para niños en los que disuadía a estos de formar parte de bandas callejeras. Antes de su ejecución en 2005, Williams fue nominado al Premio Nobel de la Paz por dicha actividad, honor que, sin embargo, no tuvo peso alguno a la hora de impedir su muerte por inyección letal en la cárcel de San Quintín. Su legado, sin embargo, sigue vivo, ya sea como impulsor de una violencia callejera sin fin o como un escritor cuya obra merece la pena leer a día de hoy como crónica histórica, sociológica y antropológica de una realidad que sigue de algún modo operativa.