Aunque 1979 es la fecha inaugural del rap como forma de arte - al menos en términos de explotación económica -, al publicarse Rapper’s Delight, de Sugarhill Gang, el género musical ha pasado por innumerables mutaciones hasta convertirse en el estilo preponderante de la escena mainstream durante los años dos mil. Entre esas transformaciones destaca el auge del llamado gangsta rap, cuyo hito inicial quedó marcado por la publicación de Straight Outta Compton, álbum de N.W.A, en enero de 1989. La aparición de ese disco desencadenó el boom del gangsta rap, un rap de perfil macarra en el que los artistas presumían de cometer toda clase de delitos: desde vender droga y proxenetear hasta robar o matar policías.
Aunque estos artistas proyectaran esa imagen, conviene subrayar que la mayoría - por no decir la totalidad - de aquellos raperos no eran realmente gánsteres ni nada parecido. No eran delincuentes ni pertenecían a bandas callejeras. Puede que algunos miembros de N.W.A procedieran de Compton - que no era precisamente la zona más empobrecida de Los Ángeles -, donde dominaban grupos como los Crips y los Bloods, pero eso no convierte automáticamente a nadie en pandillero. Como todo el mundo sabe, Raúl González Blanco es de San Cristóbal de los Ángeles - igual que Los Pecos o Camela -, pero eso no le convierte por sí solo en macarra o miembro de una banda latina. Lo cierto es que en el rap hay pocos gánsteres auténticos.
Como dijo en su momento el Eight Trey Crip Sanyika Shakur, alias Monster Kody, célebre pandillero ya fallecido: “¡Ice Cube no es un gángster!”. Según este miembro de los Crips y autor de Monster. Autobiografía de un pandillero de Los Ángeles, los únicos gánsteres reconocidos de la escena rap angelina eran DJ Quik y The Game, ambos vinculados a los Bloods. De hecho, ni siquiera Suge Knight, dueño de Death Row y figura temida por su perfil de matón y mafioso - se decía que extorsionó a Vanilla Ice para quedarse con parte de los beneficios de Ice Ice Baby, llegándolo a colgar boca abajo desde una ventana -, formó parte de ninguna pandilla, aunque simpatizara con los Piru Bloods. Mucho menos lo fueron Snoop Dogg o Tupac.
El problema que acompaña a toda publicación - ya sea un artículo, un disco o un documental - es que el público tiende a creer de inmediato lo que ve o lo que lee. Sin embargo, quizá convenga hacer caso a lo que decía Beck en Loser: “Don’t believe everything that you breathe” (“no te creas todo lo que respiras”). Algo no se vuelve real por el simple hecho de quedar enunciado en una publicación. Igual que hoy Rosalía adopta ciertas poses de teóloga o de santa para vender discos, en los años noventa muchos raperos se envolvían en una identidad delictiva para ganar notoriedad y dinero.
El gangsta rap, además, fue un fenómeno profundamente polémico. Las letras de muchos de estos grupos eran violentas y abiertamente hostiles hacia las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. También resultaban explícitas en otros sentidos. En parte, de ahí surgió la famosa pegatina de Parental Advisory, impulsada por Tipper Gore - exmujer de Al Gore - para advertir a los padres sobre el contenido “sucio”, sexual o violento de ciertos discos. Aquella etiqueta, lejos de frenar el consumo, despertó todavía más interés entre jóvenes deseosos de llevar la contraria a sus padres. En ese sentido, contribuyó a una nueva reacción puritana, como tantas otras que se han repetido cíclicamente en la historia de Estados Unidos. Aunque en España el rap ha tenido siempre un componente macarra muy marcado, el gangsta rap, como tantos otros fenómenos de la cultura estadounidense, no llegó a arraigar de verdad.
Para terminar, cabe señalar que, pese a su evidente artificialidad, el gangsta rap sirvió para levantar toda una estética y una producción musical de enorme interés y valor. Representó un hito histórico dentro de la música estadounidense y dejó un impacto enorme, con un alcance claramente global.
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