Hay momentos en los que una carrera cambia sin que nadie lo tenga previsto. En el caso de Yerai Cortés, ese punto de inflexión llegó entre el impacto de La guitarra flamenca de Yerai Cortés, su salto al primer plano junto a Antón Álvarez y, de forma inesperada, una lesión que le obligó a dejar de tocar durante meses. Lo que podía haber sido un paréntesis se convirtió en otra cosa: un desplazamiento creativo hacia la palabra, la voz y una forma distinta de entender su música.
Ahora presenta Popular, un disco que recoge ese tránsito. Un trabajo que nace desde la limitación física, pero también desde una necesidad de replantearse su identidad como artista y como persona. En esta conversación con Revista Bando, Cortés habla de culpa y perdón, de lo popular como forma de verdad compartida y de esa incomodidad constante que, lejos de paralizarle, se ha convertido en el motor de su obra.
Pregunta: ¿Cómo es el sentimiento que se te queda tras todo lo vivido con La Guitarra Flamenca?
Respuesta: Muy bonito. Es algo que solo nos ha traído cosas buenas. La película le cambió la vida a mi familia. Después de todo, nos sentimos más fuertes y más unidos que nunca, y también nos permitió resolver muchas cosas. Un proceso así solo te deja dos caminos, y nosotros salimos por el bueno. Estoy muy orgulloso de los premios y de haber compartido este trabajo con Pucho. Pero, por encima de todo, lo más bonito que me ha dado la película es haberme llevado a un hermano.
P: Me pregunto si necesitabas un proceso de independencia de Tangana.
R: Nunca he sentido la necesidad de independencia ya que siempre la he tenido. Haber trabajado con él ha sido muy bonito y he aprendido mucho. Tengo muchas ganas de este nuevo proyecto porque es la continuación de lo que hicimos. Además, está escrito nada más terminar la película y cuando se estrenó ya llevaba el 70% de las canciones.
P: Este impulso por escribir canciones nace por una lesión en la mano.
R: Estábamos cerrando el edit de la película y me abrí una mano con una copa de cristal.
P: Qué mala suerte.
R: Me rajé el tendón y me tuvieran que operar. Estuve siete meses sin poder coger una guitarra.
P: ¿Habías estado tanto tiempo sin tocar?
R: Nunca. Tuve que empezar de cero a nivel físico. Vas poco a poco reconociendo la guitarra y los movimientos de los dedos van siendo pequeños y débiles.
Sin darme cuenta, estaba escribiendo canciones y descubriendo una forma nueva de expresarme más allá de la guitarra
P: ¿Cómo es la vida de Yeray Cortés sin guitarra?
R: Eso mismo me planteé la misma noche en la que me corté la mano. No pensaba tanto en qué iba a hacer o en cómo iba a tocar, sino en algo mucho más básico: cuál era mi función en la vida sin la guitarra. Nunca me planteé adaptarme, tocar como fuera o reinventarme con un dedo menos. Era más profundo que eso. Era preguntarme quién soy si no puedo hacer lo único que he hecho siempre. Yo no sé hacer otra cosa. Toda mi vida ha girado en torno a esto. Pero, al mismo tiempo, ese parón físico no fue un parón creativo. Al contrario. Creo que ahí encontré la fuerza. No podía tocar, pero sí podía seguir componiendo. Tenía canciones muy vivas dentro, muy presentes, y necesitaban salir ya, escribirse, montarse, grabarse. Y, dentro de todo, fue bonito descubrir que podía seguir creando música igual, incluso sin tener la guitarra en las manos, solo con tenerla en la cabeza.
P: Qué presión para el cirujano.
R: Fernando Polo. Es el mejor. Ha curado a mucha gente cuyas manos son su herramienta de trabajo.
P: Siempre me he preguntado si una persona tan virtuosa para hacer lo que tu haces con las manos, también lo es para otro tipo de trabajos manuales.
R: No sé ni poner una bombilla y me tiembla mucho el pulso. Aunque ya no lo hago, de pequeño me gustaba dibujar. De hecho, era mi segundo arte. Ah, y hago una paella increíble.
P: Por motivos obvios, has tenido que escribir las canciones de tu puño y letra.
R: Siempre me ha gustado que mis canciones tuvieran algo de letra. Normalmente construía la estructura desde la guitarra, dejando un espacio para un estribillo, al principio o al final, y reservando la parte central para desarrollar la guitarra. Pero, al no poder tocar, empecé a llenar ese hueco con texto. Sin darme cuenta, estaba escribiendo canciones y descubriendo una forma nueva de expresarme más allá de la guitarra.
P: ¿Has tenido algún referente para ello?
R: No podría quedarme solo con uno. Me gusta mucho cómo escribe Antonio Gala. También Parrita, El Jeros o Manuel Molina. Siempre me ha inspirado lo popular, esas coplillas de cuatro versos que dicen tanto con tan poco. Por ejemplo: "Ojalá contigo fuera, pero nunca caen los rayos donde la tormenta suena".
P: La presencia de la mujer vuelve a estar muy presente en la obra.
R: Llegamos a esa misma conclusión. Luego lo pienso y veo mis playlists: el 90% de lo que escucho son voces femeninas. Mis canciones favoritas están cantadas por mujeres. Siempre me imagino una canción en la voz de una mujer, y me sale de forma natural. Creo que tiene que ver con cuando me llevaban a los cultos gitanos, donde los coros eran sobre todo de mujeres. También con artistas como Remedios Amaya, La Tana o La Paquera. Y, al final, las voces masculinas que más me gustan también van por ahí: finas, agudas, casi en el registro de una mujer. Esas voces más frágiles, dolientes y con sensibilidad femenina. Pienso en Antonio Molina o Juanito Valderrama.
P: ¿Qué te dice la palabra 'popular'?
R: Me conecta mucho con todo lo que me gustando en la vida y mi forma de entender el arte. Lo popular todo el mundo se lo pone encima y lo siente como suyo. Lo popular es la religión dentro de la guitarra. Hay veces que tienes que ser muy virtuoso y demostrar tu habilidad; sin embargo, cuando se convierte en popular es cuando la gente lo puede tatarear y cantar.
La culpa, en mi caso, ha sido algo constante
P: Sulao es precisamente eso.
R: Yo siempre he partido de ese tarareo. Cuando empecé a llevarlo a la guitarra, se me ocurrían muchas formas de rellenar los espacios, pero intenté mantenerme fiel a lo que había nacido desde la voz. Y ahí te das cuenta de que, muchas veces, con dos cuerdas y un bordón ya puedes construir una frase que funciona. Esa ha sido un poco la base: cómo llevar la guitarra hacia lo popular, hacia algo que cualquiera pueda cantar y reconocer. Que alguien escuche una melodía y diga que es mía sin necesidad de grandes artificios. En el fondo, esa es la “religión” del disco.
P: La culpa juega un papel crucial en el álbum.
R: La culpa, en mi caso, ha sido algo constante. Siempre he tenido que lidiar con ese sentimiento. Muchos de los procesos personales que hago giran en torno a eso, a la culpa en general, en la vida. En el disco también aparece esa tensión: por un lado, la sensación de culpa, y por otro, esa voz que te dice que no sirve para nada. Creo que el disco deja ver una intención de pedir perdón, de moverse hacia otro lugar, hacia otra forma de ser. Está muy atravesado por esa incomodidad de vivir con culpa, de pensar que haces daño a la gente incluso cuando haces cosas que para ti son normales. También me pasa que estoy siempre buscando cambiar, encontrar algo que me saque de lo de siempre, como una especie de impulso constante. Y a veces, por centrarte tanto en eso, te olvidas de lo que tienes alrededor. Ahí aparece otra vez la culpa, la sensación de estar dejando a gente atrás, aunque no sea de forma consciente. Como pequeños abandonos que pueden sentir las personas cercanas, la familia, los amigos. Es algo que me pasa bastante.
P: ¿Te sientes preso de ella?
R: A veces sí. Al final, la culpa no deja de ser un peso. Pero también he aprendido a sacarle algo, a trabajar desde ahí, igual que desde la tristeza. Siempre he escrito y he tocado desde esos lugares. Nunca lo he hecho desde la comodidad, desde estar tranquilo en el sofá viendo la tele.
P: Luego está el perdón.
R: Yo lo veo como la portada y la contraportada de lo mismo. No sabes muy bien dónde empieza una cosa y dónde termina la otra. La culpa no libera, el perdón sí. Y no solo cuando te perdonan, también cuando te perdonas tú. Ahí es donde está el verdadero cambio, cuando asumes lo que ha pasado. En el disco todo gira alrededor de eso. La culpa y el perdón han estado presentes todo el tiempo, forman parte del mismo proceso. Es casi una especie de “post-película”, como lo que viene después de todo lo vivido. También lo he sentido de forma muy física. He estado escribiendo con la mano tal y como la tenía, con una cicatriz que se abrió y que he tenido que ir cuidando poco a poco, con paciencia, aprendiendo a mover otra vez los dedos. La herida se cierra, pero la cicatriz se queda para siempre. El daño ya está hecho.
Sigo roto cada día
P: Cantas en Roto por ti.
R: Yo canto mucho, aunque no me considero cantante como tal. Sí que meto alguna letra, sobre todo cuando tengo algo importante que decir, porque ahí me importa más cómo se dice que cómo se canta. Pero en el día a día, con los amigos, sí que canto más, de forma natural. En el disco lo hago en un momento concreto, en la intro de ese tema que es clave. Resume todo el sentido del proyecto y por eso está colocado al final, como un cierre. Canto ahí precisamente para que se entienda mejor todo el viaje.
P: ¿Sigues roto?
R: Sigo roto cada día. Hay cosas que me rompen, y no siempre son las mismas. A veces abro Instagram o veo las noticias y me parto en mil pedazos, sobre todo con todo lo que está pasando ahora. Luego también hay cosas que te ayudan a reconstruirte y sigues adelante. Pero no es tan simple como eso de “tienes que ser feliz” o “lucha por la paz”. Hay momentos en los que no depende de ti. No es fácil estar bien todo el tiempo. Ese tema habla mucho de eso, de esa etapa de Roto por ti y de todo lo que vino después. Un poco de esa especie de posguerra que vivimos en la peli y de intentar entender por qué.
P: ¿Qué tal tus padres?
R: Muy bien, muy bien. El otro día vinieron los dos a verme a Alicante, que nos dieron un premio a Tania y a mí. También vinieron sus padres y luego nos fuimos todos a cenar. Fue muy guay, la verdad.
P: ¿Cómo llevan el haber salido del anonimato?
R: Bien. Les hace mucha ilusión. Flipan cuando alguien les para por la calle y les dice: “Oye, tú eres el padre de Yerai, ¿no?”. Se hacen fotos y lo viven con mucha alegría.