Madrid, como Barcelona y las Islas Canarias, llevaban semanas engalanándose para acoger la primera visita de un Papa en tres lustros. Había previsiones sobre multitudes, exhaustivos protocolos de seguridad cuasi sin precedentes y un menú degustación de actos institucionales. Pero uno de los focos de atención del primer día del viaje de León XIV a España se situó sobre sus discursos. Apenas transcurrieron unas horas desde que el Sumo Pontífice puso un pie suelo nacional – sin recurrir a la iconografía de Juan Pablo II de arrodillarse y besar tierra -, cuando lanzó su primer órdago a la ultraderecha desde el Palacio Real. Mensajes controlados para neutralizar esas ideologías “identitarias” que no hacen sino separar y lastrar los principios doctrinales de una Iglesia Católica que persigue la solidaridad, la caridad y la acogida. Narrativa que el propio Prevost redondeó desde el CEDIA 24 horas de Cáritas en Madrid, desde donde abrazó la humanidad frente a los relatos racistas de odio y de “prioridad nacional” de Vox que el Partido Popular ha asumido tras el último carrusel electoral.
No ha necesitado citar directamente a los protagonistas. Ni Vox, ni Partido Popular ni por supuesto – en una mirada más amplia – Donald Trump o Vladimir Putin aparecen mencionados en sus intervenciones. Tampoco la llamada prioridad nacional, uno de los conceptos troncales con el que los de Santiago Abascal tratan de remontar el vuelo electoral. Su primer día en España ha sido, de principio a fin, una reivindicación de todo aquello que ese planteamiento cuestiona: acogida al migrante, solidaridad con los excluidos, cooperación frente a la confrontación y defensa de una sociedad abierta frente a identidades cerradas.
La imagen más potente, quizás, se produjo lejos de los escenarios de mayor relumbrón. Ni en el Palacio Real ni en la Plaza de Lima, pese a que en el imponente enclave monumental madrileño soltó sus primeras píldoras. La fotografía no podría tener mayor significado. Desde el obrero barrio de Lucero (Carabanchel), rodeado de personas sin hogar, migrantes, voluntarios y trabajadores sociales, León XIV proyectó el mensaje más clarividente y contundente de una jornada histórica. Un salmo contra las “ideologías mundanas” que llevan a realizar “injustas generalizaciones” y a alcanzar “conclusiones engañosas”, después de escuchar – sin perder detalle – los testimonios de una madre migrante o de un ciudadano senegalés que logró regularizar su situación, así como de una voluntaria que acompaña a mujeres víctimas de la trata de blancas. Historias concretas, con nombres y apellidos que desarbolan las abstracciones de la conversación política actual.
León XIV fue más allá al lamentar que la caridad pueda llegar a ser ridiculizada o despreciada, y reivindicó que la ayuda a los más vulnerables constituye el núcleo mismo de la misión cristiana. Una reflexión difícil de separar del clima político europeo, donde los discursos contra la inmigración y las políticas de acogida ocupan cada vez más espacio. Pero la impugnación de los relatos identitarios comenzó horas antes, durante su intervención en el Palacio Real. Ante los Reyes, Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo y el propio Santiago Abascal, el Papa lanzó una defensa explícita de la reconciliación, el diálogo y la complejidad frente a la polarización.
“Invito a todos a abandonar las narrativas divisivas”, afirmó. También pidió huir de los enfoques identitarios que pretenden simplificar la realidad y terminan poblando el espacio público de enemigos imaginarios. Una frase que resonó especialmente en un contexto político marcado por la creciente influencia de discursos que presentan la diversidad cultural, la inmigración o incluso el pluralismo territorial como amenazas existenciales.
La acogida frente al relato del odio
León XIV reivindicó una España capaz de armonizar diferencias y recordó que la historia del país demuestra que “no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad”. No es casualidad que también alabara la convivencia histórica entre culturas y religiones en la Península Ibérica, una referencia que descoloca a quienes construyen su relato político sobre la idea de un choque permanente entre civilizaciones.
El mensaje adquiere aún más relevancia porque llega en un momento en el que Vox ha convertido la inmigración en el principal eje de su estrategia política, contagiando al Partido Popular por convención electoral. La formación de Santiago Abascal lleva meses defendiendo la “prioridad nacional” como principio rector de las políticas públicas, una fórmula que implica otorgar preferencia a los nacionales frente a los extranjeros en ámbitos como las ayudas sociales o el acceso a determinados recursos.
El Papa ha respondido con una visión radicalmente distinta. No desde la confrontación ideológica, sino desde la doctrina social de la Iglesia. La tarjeta de residencia entregada por un migrante senegalés durante la visita a Cáritas fue para León XIV el símbolo de una historia de humanidad, honestidad y acogida. No vio una amenaza. Vio una persona.
Esa mirada atraviesa toda la jornada. Desde la defensa de la educación pública y de calidad hasta su crítica a los muros y a las soluciones simplistas. Desde su llamamiento a fortalecer los vínculos comunitarios hasta su insistencia en que la seguridad no nace del aislamiento, sino de aprender a caminar junto al otro. Paradójicamente, el primer día de la visita papal deja a Vox frente al espejo de su contradicción; desnudando los aplausos de su líder a un Pontífice que supone el enemigo público número uno para su agenda política.
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