El llamado cine quinqui es un subgénero cinematográfico que cobra gran protagonismo a finales de los años setenta y principios de los ochenta de la mano de películas como Perros callejeros (1977), Navajeros (1980) o Deprisa, deprisa (1983). Curiosamente, estas películas siguen presentes en el imaginario colectivo e interesan a muchos jóvenes veinteañeros (o incluso de edades menores), habiéndose convertido en verdaderos clásicos cinematográficos que sobreviven al paso del tiempo. La razón de esta vigencia está no solo en su valor narrativo y estético, sino también documental: el cine quinqui representa una ventana a otros tiempos, a una delincuencia muy particular que pertenece a una época muy concreta, la de la Transición.
La época y el contexto que este cine refleja es también muy importante a la hora de explicar la relevancia del mismo. Los españoles seguimos, de algún modo, anclados en la Transición. Esto se debe a varios factores: por un lado la Transición representa la base político-social sobre la que hemos construído nuestra identidad y el marco en el que todavía, a día de hoy, nos movemos; además, la Transición es una época de quiebra, de crisis histórica, a menudo vinculada a fases de ebullición política, social y artística. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, su fase crítica, transicional, su “crisis mimética” (en palabras de René Girard), tiene lugar en los años sesenta, cuando surgen todo tipo de personajes célebres en el ámbito de las artes, la política, etc, vinculados a un fenómeno de cambio social. En el caso de España, esta crisis mimética acontece entre finales de los setenta y principios de los ochenta (entre otras razones, por el retraso cultural que impuso el régimen franquista). La Transición es el periodo de ebullición que caracteriza a nuestra historia reciente, y es por eso, que muchos miran hacia esos años con nostalgia, lo mismo que ha ocurrido históricamente en Estados Unidos en referencia a los sesenta. Ambas décadas representaron épocas de cambio que transformaron la realidad de los dos países.
Por otro lado, el cine quinqui pone el foco en el ámbito delincuencial, un nicho de interés imperecedero para muchos ciudadanos. El crimen y la marginalidad siempre han representado un ámbito fascinante para muchos. La razón de ello no es fácil de descifrar. Lo más probable es que, en una sociedad del bienestar (que antaño llamarían “burguesa”) las cosas resultan excesivamente previsibles, rutinarias, asépticas, y el ciudadano de pie anhela la aventura, el exceso, la violencia, que solo puede contemplar en la distancia, consumiendo productos culturales que, en este caso, son cinematográficos.
Hay que señalar, además, que el cine quinqui es un subgénero del cine de explotación: ese cine independiente cuyo atractivo para el público consistía en ver representados sexo, violencia, delincuencia, terror, excesos, etc. Como me comentó Bernard Seray, actor que trabajó en muchas películas de explotación, incluida Los últimos golpes del Torete (1980): “Ese cine de explotación generó los ingresos que permitieron financiar películas más conocidas o de mayor prestigio”. A su vez, el cine quinqui representaba una inversión de valores con respecto al pasado franquista. En este sentido, la crisis mimética o época de transformación es literalmente carnavalesca, puesto que es entonces cuando los jóvenes se rebelan contra los mayores, las normas tradicionales dejan de prevalecer y la autoridad queda invertida (todos fenómenos típicos de esos años setenta y ochenta en España). En el marco concreto de nuestro relato, esto implica que los maleantes prevalecen sobre Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. El carnaval es un ritual que trata de representar una realidad tangible, la realidad de la crisis mimética (donde no hay normas y el exceso prevalece); crisis, que en el caso de España, representó la Transición. Tras consolidarse esta, las viejas y anquilosadas autoridades fueron superadas y pasaron a mejor vida, al menos en lo que a su autoridad explícita se refiere. De ahí que, como dijera el fotógrafo Miguel Trillo: “Cuando vi Perros callejeros en el cine, el público aplaudió cuando un guardia civil caía frente al Torete”. Gran parte del pueblo español estaba, por entonces, más que harto de la autoridad hasta entonces inquebrantable del régimen anterior y sus fuerzas de represión.
El cine quinqui representa un fenómeno antiautoritario, hiperrreallista (de donde emana su valor documental) y alternativo (en su sentido literal) que supo capturar la realidad marginal de una época que a día de hoy (y probablemente en el futuro) es particularmente significativa para multitud de españoles. Por mi parte, si tuviese que elegir tres películas del referido subgénero, sin duda elegiría Navajeros, Colegas y Deprisa, deprisa; las dos primeras, películas de Eloy de la Iglesia (quien aspiró a ser el Pasolini español) y la última de Carlos Saura, uno de los directores más prestigiosos del cine español. Si les interesa la temática, no duden en verlas.
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