Federico García Lorca está de actualidad tras el éxito en el Festival de Cannes de La bola negra (2026), película de los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) inspirada en una obra inacabada homónima del poeta granadino. Lorca es célebre internacionalmente por su obra poética y dramática, aunque no todo el mundo conoce otra faceta muy llamativa no necesariamente vinculada a su producción literaria: aquella que supone su carisma personal. Muchos de aquellos que conocieron a Lorca sitúan su obra en un peldaño inferior a la de su capacidad de seducción, lo que muchos llamarían a día de hoy “aura”.
El aura es un concepto semejante al de nimbo, un halo que aparece en representaciones pictóricas en la forma de una luminosidad dorada que emana de las cabezas de santos y otros personajes ungidos por la divinidad. La corona dorada de los reyes eran una forma artificial de representar ese carisma de origen ultramontano, algo similar al “halo hair” o “halo teñido” que porta Rosalía en los últimos tiempos, ese círculo completo decolorado que luce alrededor de la coronilla de su cabeza. El término “carisma” proviene del griego antiguo “chárisma” que viene a significar “favor otorgado libremente” o “don de la gracia”. Digamos que en la actual sociedad de consumo predomina mucho aura espúreo o falsos carismas, más fruto del marketing que de un verdadero don o aptitud personal.
El laureado poeta Vicente Alexandre decía las muy efusivas palabras que siguen sobre nuestro protagonista: “Algunas veces me han preguntado sobre la manera de ser de Federico, sobre cómo era él en su persona. Todo el mundo sabe, el universo entero… la categoría de este poeta extraordinario, esto es un lugar común de todas las culturas… saber lo que Federico García Lorca representó para las letras del mundo. Pero, quizá, no se sabe tanto lo que representó su persona misma. Poetas grandes España ha dado un número considerable, y en el siglo XX, uno de los más ricos de la literatura española, no han sido pocos los grandes poetas que han honrado esa literatura. En la primerísima fila, en el primerísimo término está Lorca. Pero, no se sabe tanto que en su persona era… En su poesía podía ser comparado con alguien… Pero en lo que no era comparable con nadie era en su persona misma. Era el genio de la personalidad. No he conocido a nadie que tuviera el don de la expresión humana viva, de la presencia, como lo tenía aquel extraordinario ser que era Federico. Tenía una seducción, un poder hechicero, una expresividad corporal tan inmensa, que era sencillamente irresistible. Era un fenómeno… era la simpatía elevada a fenómeno cósmico. Era el máximo de potenciación de la presencia humana”.
Por su parte, en su autobiografía, Buñuel dijo de Federico que “tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse… Su habitación de la Residencia de estudiantes se convirtió en uno de los puntos de reunión más solicitados de Madrid… De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro, ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar a alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama”. Vemos, pues, cómo Lorca destacó, ante todo (al menos entre sus allegados) por una especie de magnetismo de otro mundo que es lo que desde siempre conocimos como “carisma” y que, hoy en día, viene a conocerse como “aura” (al menos, en el actual lenguaje de internet).
Indudablemente, Lorca podría haber sido una especie de líder. En sus textos sobre el concepto de carisma el sociólogo Max Weber define este como una cualidad excepcional y sobrehumana atribuida a una persona, que genera devoción en sus seguidores. Esta autoridad no se basa en leyes ni en tradiciones, sino en la fe ciega en el líder. El líder se convierte en tal, precisamente, porque otros ven en él algo que les resulta atractivo y fascinante. El carisma, por otra parte, es esencial, también, en el mundo del crimen (no solo en el de las artes, la guerra, la religión o la política). Los famosos gemelos Kray, que dominaron el hampa londinense durante los años sesenta, eran particularmente carismáticos, algo que les hacía atractivos a numerosos personajes, no solo del mundo del crimen, sino que eran admirados también entre diversas estrellas y celebridades del mundo del espectáculo. Este tipo de magnetismo es un fenómeno que, en mi caso, he podido observar de primera mano al tratar con figuras como el ex delincuente José Manuel Cifuentes, alias el Panamá, quien tuvo enorme protagonismo en el ámbito delincuencial durante los años ochenta y noventa del siglo pasado, y también en los albores del presente.
Para finalizar, diremos que el carisma es un don natural, una aptitud inconsciente propia de individuos singulares, algo que es necesario oponer al falso carisma sustentado en campañas de marketing y en atributos impostados por aquellos que aspiran a ser lo que no son. Como suele decirse en la calle: “real reconoce real”. Aquellos que carezcan de verdadero carisma deberían abstenerse de tratar de encarnarlo. Vivimos una época en la que proliferan los falsos profetas, algo que dice mucho de nuestro tiempo, y no precisamente algo bueno.
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