Da la impresión de que hay un regreso de lo castizo a las calles de Madrid. En una era de globalización y desconexión con respecto a lo concreto y material (vivimos inmersos en la gran red de representación que supone internet), este retorno podría interpretarse de dos maneras básicas: por un lado, las personas necesitan volver a sentirse vinculadas a lo local como compensación a una vida digital y mundializada; por otro, los poderes fácticos están promoviendo dichas estéticas y celebraciones (pensemos en las recientes fiestas de San Isidro en la capital) para sacar rédito económico y fomentar el consumo, al tiempo que atraen participantes extranjeros que generan lucro económico.
Como antropólogo y observador de las mutaciones callejeras de esta ciudad, veo en este fenómeno un síntoma profundo de nuestro tiempo. Lo que hoy presenciamos —jóvenes participando de las verbenas, pinchando pasodobles y resignificando la estética de la parpusa (gorra tradicional vinculada a las fiestas de San Isidro), el safo (pañuelo) y el gabriel (chaleco típico asociado a este arquetipo)— es una forma de reapropiación simbólica de lo castizo. Es la respuesta de una generación que busca desesperadamente un anclaje en un Madrid cada vez más hiperglobalizado, corporativo e idéntico a cualquier otra capital europea. Dicho esto, el neo-chulapismo no deja de promoverse en redes sociales, como podemos comprobar al analizar los perfiles de muchas de las personas implicadas. Por ejemplo, muchos influencers se han subido al carro del chupalismo con la intención de obtener más likes, atención y dinero. La paradoja del fenómeno reside en que esta búsqueda de autenticidad se produce mediante código estéticos propios de la cultura digital.
Durante décadas, la globalización ha fomentado identidades flotantes y cosmopolitas. Madrid se ha ido transformando a golpe de franquicias, alquileres turísticos y cafeterías de especialidad clonadas (cosa, que da la impresión de ir a peor). En ese proceso degenerativo, la ciudad corre siempre el riesgo de perder su alma, su tipismo, convirtiéndose en un no-lugar plano. El nuevo casticismo del que hablamos surge, en parte, como una insurrección identitaria.; eso sí, inevitablemente mediados por redes sociales y promoción personal. En un mundo donde todo ocurre en la pantalla y las interacciones son globales pero virtuales, el suelo, el barrio y la fiesta popular (también los vecinos y las redes de socialización vinculadas al espacio material de cercanía) devuelven el cuerpo a la experiencia humana. Bailar un chotis o compartir una gallineja en las Vistillas es un acto de resistencia casi física contra el algoritmo.
Lo bueno de este resurgimiento radica en la reinvención del arquetipo principal que tratamos: el chulapo. Históricamente, el chulapo encarnaba una dualidad que conectaba las clases populares con una dignidad altiva. Era el obrero que se vestía con orgullo para plantarle cara a las élites (las cuales, curiosamente, copiaban ciertas estéticas y conductas de estas clases populares); hoy, el orgullo de barrio es cosa también muy común (de hecho, gente de barrios de clase media se mudan a zonas más obreras y se sienten parte de las mismas, algo que afirman con cierta altanería). Pensemos en el fenómeno del majismo, movimiento estético y social dominante en España a finales del siglo XVIII donde la alta aristocracia copió, adoptó e idealizó las costumbres, formas de vestir, hablar y comportarse de las clases bajas. Digamos que hemos vivido un resurgir de este tipo de fenómeno hace algunos años con la difusión de la estética trash y la vindicación de estéticas callejeras y marginales por parte de artistas musicales, los más relevantes siendo, sin duda, Rosalía o C Tangana. Aunque estos no pertenezcan a una aristocracia clásica, sí son los nuevos “aristócratas”, al menos en términos de éxito cultural y económico. Ellos también han adoptado estéticas de clases sociales a las que no pertenecen, de las cuales se hallan enormemente distanciadas dada su importancia como artistas y figuras públicas.
Hoy, la juventud trata de leer la esencia chulapa para perfilar al chulapo como una figura macarra-elegante. Este tipo no es un figurante de postal turística, aunque tampoco un auténtico chulapo. Cuando las gentes contemporáneas se caracterizan como chulapos, lo hacen, ciertamente, disfrazándose, no identificándose plenamente con el personaje, algo muy posmoderno: los “madrileños” actuales son chulapos siempre desde un distanciamiento irónico.
Existe un hilo conductor antropológico muy claro que conecta este fenómeno con las subculturas ibéricas del pasado reciente. Venimos de analizar el fenómeno quinqui y macarra de los setenta y ochenta (antaño, la palabra “macarra” tenía el mismo significado que el término “chulo”: hacía referencia al proxeneta) y la posterior explosión del bakalismo en los noventa. Estas identidades eran eminentemente periféricas, aceleradas, y respondían a realidades de exclusión o evasión hedonista. El paso del bakalismo y lo quinqui al nuevo casticismo refleja una evolución lógica en la búsqueda de la autenticidad callejera (aunque esta sea cada día menos asequible). Aquellas subculturas buscaban la ruptura y el choque mediante la velocidad y la marginalidad (también a través del uso de la violencia como herramienta y prueba material de que uno habita el plano de lo real); el neo-casticismo actual, por su parte, busca el choque mediante la preservación del patrimonio emocional y local. El elemento común sigue siendo la calle como hábitat predilecto y el rechazo implícito a las normas impuestas por la cultura oficial dominante. Lo castizo aspira a ser el nuevo underground aunque inevitablemente sea absorbido por las dinámicas comerciales y digitales contemporáneas.
Dicho esto, cuando los jóvenes recuperan las verbenas, están, en parte, ejecutando un simulacro folclórico, no expropiando el espacio público para devolvérselo a la comunidad. Aunque, en parte, representaría la reapropiación de la fiesta frente al ocio privatizado y las discotecas de reservado exclusivo. En un mismo espacio, el anciano del barrio y el chaval con tatuajes comparten el mismo suelo de asfalto y jolgorio. Se genera así un espacio de resistencia frente a la gentrificación que expulsa a los vecinos y vacía los bloques de pisos.
Como cronista de las subculturas, entiendo el atractivo de este movimiento. Lo castizo ofrece algo de lo que el diseño corporativo carece por completo: realidad, aspereza y verdad histórica. El peligro, por supuesto, siempre reside en la asimilación comercial, en que el mercado coopte la parpusa y la convierta en otra tendencia de consumo rápido para turistas en busca de "experiencias auténticas" (algo que ya hemos comentado).
En conclusión, el regreso de lo castizo es la constatación de que, al menos en parte, Madrid se niega a ser una ciudad genérica. Es el triunfo de la memoria viva del barrio sobre la uniformidad del plano urbano moderno, algo que debemos fomentar desde el ámbito de las artes, la crónica urbana y el terreno audiovisual y documental. Urge recuperar la intrahistoria (esa que no suele aparecer en grandes medios o en la llamada “actualidad”) de los barrios para que no se pierda la identidad de estos en su devenir histórico. El activismo chulapo demuestra que, para mirar al futuro en un planeta interconectado, a veces lo mejor consiste en mirar hacia abajo, hacia los adoquines que pisamos, y reivindicar la belleza de lo propio.
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