Los políticos deberían razonar sobre la definición de sexy: sexy es lo espontáneo y popular, lo razonablemente bizarro y cafre, lo independiente y rompedor; sexy es lo que está de moda en las estrecheces de la maravillosa masa, lo que revienta desde abajo como un eructo, lo que salpica sin conformarse; sexy es lo que se escucha sin disimulo y con soltura, lo espontáneo, lo violento, lo inconformista, lo que no pide perdón ni permiso y se larga de casa por su cuenta como un niñato fumador a las tres de la mañana; sexy, en fin, es el antónimo de político. Lo político no es sexy ni debe serlo: debe ser útil, funcionarial, resolutivo – en fin, debe ser muchas cosas que casi nunca son –.

Ha pasado una cosa con Bad Bunny muy similar a lo que ocurre cuando un meme cachondo se hace tan, tan viral en TikTok que llega a las manos de las marcas: que deja de ser sexy. Por ejemplo, hace ya meses se puso de moda la coñita del six-seven, una broma nativa de los centenials y alfas que no significaba literalmente nada; una expresión absurda, sin mayor utilidad que la de descolocar al interlocutor y sacarle los colores de pánfilo, que explotó en los círculos más bizarros del online  hasta llegar a las marcas y los presentadores de televisión, quienes primero en Estados Unidos, pero ahora también en Europa, empezaron a teñir sus leit motivs y publicidades con ella hasta dejarla bien manoseada y chuchurrida: lo irreverente, lo sexy, pierde su gracia cuando se toquetea desde cualquier posición que huela a poder. 

Es lo mismo que está pasando con Bad Bunny, un artista que siempre ha molado por ese aroma irreverente, aunque dentro del mainstream, que ya lucía cuando era calvo voluntario y cantaba lo de “la tengo bebiendo lean, bebiendo leche” – qué tiempos, nene, qué tiempos –; un tipo que ha sabido madurar y evolucionar y hacerse adulto – muy importante: no hagáis a los treinta lo que hacíais a los veinte, que no os engañen con que la edad es solo un número – y mostrar un aparente interés sobre ciertos problemas sociales, como el colonialismo o incluso la vivienda, que nuestros ávidos políticos occidentales han visto y quieren estrujar con esas siglas suyas que tan poquito cachondos ponen, en especial, a los jóvenes – me estoy acordando de Pedro Sánchez citando un verso suyo en el Congreso de los Diputados –. 

Si Bad Bunny es tan útil y necesario en el debate público es porque su basiquísimo discurso social suena a cualquier cosa menos a política; suena a sentido común, esa entelequia tan chula que tanto comprende la derecha pese a que fuese la izquierda quien primero la capitalizara gracias a los cuadernillos de Gramsci. El puertorriqueño es capaz de colar con eficiencia mensajes contra Trump y sus políticas represivas porque lo que canta suena a pop, a lógica, a lugar común; no pretende erigirse como un pilar del progresismo ni embadurnar su música de ese siempre poco sofisticado aceitillo político que restriegan los cantantes militantes de una causa, y, precisamente por eso, llega con muchísima facilidad a lugares que los segundos solo pueden soñar.

Lo que mola del boricua es que suena a chavalillo del montón – perdón si lo defiendo de más, pero todos tenemos un multimillonario favorito – y por ello conecta con tantos otros chavalillos del montón que, quién sabe, igual gracias a él le echan una pensada a si está bien deportar mexicanos a una prisión distópica de El Salvador o vaciar de pobres nativos una isla caribeña para meter a protestantes diabéticos de Tennessee; asuntos de los que no querrían saber absolutamente nada si se los pusiera sobre la mesa el enésimo representante del progresismo institucional. Por eso igual los políticos deberían dejar de citar, manosear y poner como referente a Bad Bunny: para no cargárselo, para que no deje de ser sexy.